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jueves, febrero 27, 2025

“Risa Negra” de Sherwood Anderson: El lamento de una era perdida

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Cada escritor se lanza a capturar en palabras su intuición del mundo. La sospecha de un sentido de la vida perdido es lo que Sherwood Anderson (1876-1941) intenta expresar en las páginas principales de su obra.

Anderson (1876-1941) nació en Ohio, Estados Unidos. Contemporáneo de la industrialización, lamentó la pérdida de la vida rural en manos de la urbanización imparable. Dejó la escuela a los 14 años, trabajó en distintos oficios; fue soldado en la guerra hispo-estadounidense, publicista y periodista; y al final abandonó su familia y rutinas laborales para instalarse en Chicago y abrazar la literatura como su ineludible destino.

Así respiró libre para escribir cuentos, poemas y novelas. Risa negra (1925) es su quinta novela que permanecía inédita en español. Lo que, felizmente, ya no es así por la edición de Risa Negra, de alrededor 300 páginas, por editorial Palmeras salvajes, con traducción de Márgara Averbach, y edición a cargo de Aimé Olguín y Dana Najlis.

En la novela se propagan los ecos del propio itinerario del escritor. Bruce Dudley, cuyo verdadero nombre es John Stockton, también deja a su esposa, vive en Chicago como periodista, y vuelve a Old Harbor, Indiana, junto al río Ohio, en el Medio Oeste (Midwest), región norteamericana que incluye doce estados en el centro-norte del país.

Sensación de vacío

Allí conoce a Sponge, un trabajador negro, quien ríe luego ante las decisiones de Bruce, con quien trabaja en una fábrica. En ese lugar, se presenta Aline, la esposa del dueño Fred, que necesita algo que mitigue su sensación de vacío. Con esa idea, publica una aviso para encontrar un jardinero al que se presenta el verdadero destinario del pedido: Bruce.

Sherwood Anderson. Archivo Clarín.
Sherwood Anderson. Archivo Clarín.

Se constituye así un triángulo amoroso que encubre la problemática que fluye entre líneas: el conflicto entre la normalidad y lo diferente, ya que Bruce “se había desviado un pasito de la senda por lo que camina la mayoría de los hombres”; o el río como símbolo de la frescura perdida: “En su juventud, el Medio Oeste había respirado con la respiración de un río”. Ante el torrente de las aguas en movimiento, y antes de una tormenta, Bruce medita en lo que palpita en lo perdido, y el precio quizá demasiado alto pagado en esa pérdida:

“La rareza y la maravilla de las cosas –en la naturaleza– eran algo que él había conocido de chico y después había perdido de alguna forma. El sentido que perdió por haber vivido en una ciudad … ¿acaso podría recuperarlo? Ahí estaban la rareza y maravilla de los árboles, los cielos, las calles de la ciudad, los hombres negros, los hombres blancos –de los edificios, las palabras, los sonidos, los pensamientos, los fantasmas-. Tal vez el hecho de que hubieran progresado tan rápido en la vida, que hubiera periódicos, publicidad, grandes ciudades, mentes rápidas, inteligentes, que dominarán el mundo, les había costado más de lo que habían ganado”.

Y Mark Twain y sus Las aventuras de Huckleberry Finn (1885), con su aguda descripción de personajes y lugares a lo largo del río Misisipi, es influencia destacada en las inquietudes de Risa negra, que intenta explorar aquello que el escritor satírico no hizo.

Twain fue piloto del Misisipi, y mucho tuvo que haber visto, sentido o pensado en torno a lo que los ferrocarriles habían traído como novedad y cambio que ahogaba la cultura pre-industrial del río. Twain, se lamenta Bruce, debió haber escrito una “épica» como queja ante aquella grandeza escamoteada.

Tuvo que haber escrito “…sobre las canciones muertas, sobre la risa muerta, sobre los hombres arriados hacia una nueva era de velocidad, de fábricas, de trenes rápidos, veloces”. Pero no lo hizo.

Sherwood Anderson. Archivo Clarín.Sherwood Anderson. Archivo Clarín.

Por eso, desde una conciencia nostálgica y veladamente crítica, Risa negra es, en parte, lamento por una forma de vida que se extingue para impeler lo que muchos llaman progreso. Pero el progreso más depende de lo moral que de las nuevas vías tecnológicas del transporte o de la producción, porque “si no podemos producir hombres honestos, ¿de qué otra manera llegaríamos a progresar aunque fuera un poco?”.

Engañosa sencillez

El estilo de la novela es de engañosa sencillez, con la influencia de Getrude Stein. Su historia, despojada de complejidad, rebosa en reflexiones y vívidas descripciones de estados de ánimo de los personajes, o del entorno de la naturaleza.

La inadaptación y la alienación como tema medular de la literatura de Anderson se repite en Winesburg, Ohio: Colección de relatos sobre la vida en un pequeño pueblo de Ohio (1919). Su narración no lineal ejerció posible influencia sobre otros escritores de la llamada Generación perdida que vivió entre la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión: Hemingway, Faulkner, Steinbeck; e incluso luego, Ray Bradbury declaró que Anderson fue importante influjo en la creación de sus Crónicas marcianas (1950).

Y en el devenir de la novela llega el turno de Fred de aceptar la pérdida de Aline. Como Harry Haller, el personaje de Lobo estepario (1927) de Hermann Hesse, Fred primero cree que la respuesta más adecuada ante lo adverso es reír. Pero no lo consigue. Y cuando en esto medita, solo escucha la risa de una mujer de ascendencia africana. Risa negra. Una risa que sabe que lo único que queda es reír ante lo irreversiblemente perdido.

Risa negra, de Sherwood Anderson (Palmeras salvajes).

Redacción

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