La muerte de Robert Duvall nos devuelve a una verdad no dicha del arte: hay actores que, pese a filmar cien películas, quedan sellados a fuego por un solo papel.
Duvall fue el rostro de una sobriedad inquietante. Aunque su carrera despegó en la TV y tuvo un bautismo de fuego en el cine con THX 1138 —distopía de un George Lucas pre-Star Wars inspirada en el rancio pesimismo de Orwell—, su destino estaba marcado por el apellido Corleone.
A los 42 años, cuando se estrenó El Padrino (1972), Duvall logró lo imposible: no ser eclipsado por el carisma volcánico de Al Pacino o la presencia monumental de Marlon Brando.
Interpreta al «abogado del diablo». Tom Hagen, más que un letrado: el puente moral entre la legalidad del traje gris y la sangre de los caballos decapitados.
El hijo adoptivo que mandaba sin ser un Corleone
La historia es conocida: los Corleone son una familia en plena mutación. Tras el atentado a Don Vito, son sus hijos quienes deben resistir la guerra contra «El Turco» Sollozzo y las otras familias que buscan heredar el imperio de Nueva York.
Pero en esa mesa falta un lazo de sangre. La figura de Tom Hagen que completar el cuadro familiar. Un niño ‘germano-irlandés’ abandonado que Sonny rescató de la calle y que Don Vito integró con una generosidad inquietante: la misma que contrastaba con su frialdad para mandar a matar.
Duvall interpreta a Hagen con quietud aterradora. En la saga de hermanos que formaron Al Pacino, James Caan y el hoy mítico John Cazale (murió joven, dejó un puñado de películas perfectas), Tom es el equilibrio.

Dicen que al diablo no se le reconoce la edad porque el mal es eterno; así es el Hagen de Duvall: un hombre que a los 30 años ya tiene la pronta calvicie y la mirada de alguien que vio todo. Y no se inmuta por nada.
Es el «consigliere». El consejero que no puede ser «Don» porque su sangre no es siciliana, pero cuya palabra pesa más que una ráfaga de metralleta Tommy Gun. Un personaje que, como Belcebú, no le falta humor:
Cuando la joven y naif Kay Adams (Diane Keaton) llega a la casa de los Corleone y pregunta por un auto acribillado que parece un colador al costado del garaje, el abogado le responde con frialdad administrativa de CEO: —“Un accidente, Kay. Nadie resultó herido”. La mentira técnica del abogado profesional.
En la extraordinaria secuencia del final de El Padrino, ese montaje paralelo que ejecuta a los enemigos de los Corleone uno por uno mientras Michael se bautiza, se resume la esencia de Tom Hagen.
El cura pregunta a Michael Corleone si “renuncia a Satán” y la cámara corta hacia la masacre. Hagen no aprieta el gatillo, pero sabemos que es él quien sostiene el libro de actas de esa carnicería humana.

Renunciar a Satán es un trámite; Tom Hagen es el encargado de que el contrato con el infierno esté firmado en tiempo y forma. Una escena celestial.
El Imperio Romano y las venas abiertas de la mafia
En El Padrino II, la película que logró el milagro de igualar a la primera, Tom ya es parte del ADN familiar. Habla en italiano cual nativo con la «Mama», gestiona la corrupción de senadores y planea el desembarque en la Cuba pre-revolucionaria.
Duvall brilla en la escena de un juicio público donde defiende a su hermano por la honra de un imperio que se desmorona.
Hay un diálogo fabuloso donde Hagen visita en la cárcel a Frank Pentangeli, un viejo cuadro que está por traicionarlos. Con una elegancia intelectual, Hagen le «ordena» el suicidio recordándole cómo funcionaba el mundo antiguo:
Hagen: «En el Imperio Romano… cuando una conspiración contra el Emperador fallaba, a los conspiradores se les daba la oportunidad de que sus familias conservaran sus fortunas.
Pentangeli: «Sí, pero solo a los ricos. Si volvían a casa y se mataban, no pasaba nada».

Hagen: «Sí, era una buena salida. Un trato justo».
Entiende el buen Pentangeli. Tanto que se cortará las venas en una bañera tibia. Duvall alcanza la cima de la interpretación con economía de gestos: el ángel de la muerte te habla en voz bajita y sonríe.
El hijo del diablo en la tierra
En la tercera parte de la saga, nos perdimos de ver a Tom Hagen por disputas de presupuesto. «Le podés pagar a Al el doble que a mí… pero no el triple», dicen que le dijo Duvall a Coppola antes de bajarse del proyecto. No pudo ser.
Sin embargo, el guion incluyó un hijo para Tom: Andrew Hagen, el cura. El giro es una metáfora perfecta: el hijo del «abogado del diablo» termina infiltrado en el Vaticano. Es el cierre de sistema para la idea de Duvall: mientras el padre gestionaba asesinatos en las sombras de Nueva York, el hijo buscaba la luz en Roma.
El consejero dejó una herencia que intentó lavar las culpas de los Corleone con agua bendita, aunque en ese universo —como en el cine de Duvall— nadie escapa nunca del todo de su propia sombra.

