«Que nos guarde Dios de vivir en tiempos de cambio». Que Alexander Shchetinin haya elegido una frase del influyente pensador chino Confucio para describir el momento del orden global no fue casualidad. El especialista del Kremlin en todo lo relativo a las relaciones con América Latina regresó a Argentina en un momento crucial para la región, en medio de movimientos recientes en el tablero global: la firma del acuerdo Mercosur-Unión Europea, la guerra en Ucrania, la renovada política exterior de Estados Unidos, tensiones en el Caribe y el estallido de la guerra en Medio Oriente.
«Queremos escuchar lo que piensan los latinoamericanos», sostuvo el director para América Latina de la cancillería de Rusia, quien destacó los lazos culturales entre ambos países, desde las mamuschkas y las olas migratorias hasta la percepción local de cierto hermetismo o desconfianza hacia el gobierno de Vladimir Putin.

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En diálogo exclusivo con PERFIL, antes de dejar Buenos Aires para dirigirse hacia Caracas, Shchetinin señaló que la intención de Rusia es proyectar su presencia en un mundo multipolar, cada vez más democratizado y complejo, y al mismo tiempo reformar la ONU en lugar de reemplazarla con otros intentos, como la Junta por la Paz del presidente estadounidense Donald Trump. «Si se quiere crear un mecanismo adicional para resolver problemas, bienvenida la idea, pero no debe sustituir lo que ya existe, como la ONU», sostuvo.
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Entrevista completa a Alexander Shchetinin
— Más allá de la política y la economía, ¿cómo describirías la relación cultural e histórica entre Rusia y Argentina?
Hay aspectos poco conocidos de nuestra relación cultural con Argentina. Por ejemplo, las matrioshkas rusas, conocidas allá como mamuskas, son algo propio de nuestra tradición. Incluso uno de los orígenes del tango argentino tiene influencia de los puertos de Odessa: los bailes de marineros rusos que llegaban desde el Mar Negro aportaron elementos que se mezclaron con otras culturas y músicos. A principios del siglo XX existía una comunicación marítima directa entre Odessa y Buenos Aires, y participamos en eventos como La Rural con nuestra tecnología agrícola.
Además, la migración rusa hacia Argentina dejó una huella importante. Desde la primera ola de alemanes del Río Volga en los años 1860, hasta migraciones judías, agrícolas y la llamada migración blanca tras la Revolución y la Segunda Guerra Mundial, muchos descendientes de Rusia viven hoy en distintas regiones del país, como Buenos Aires, Oberá o Misiones. Esto refleja cómo Argentina ha sido históricamente un país abierto, con múltiples campos de cooperación y vínculos culturales con Rusia.
— Existe cierta percepción local de que Rusia es un país reservado, con poca apertura. Desde su experiencia y esta visita a Buenos Aires después de varios años, ¿cómo percibe usted esa imagen?
Esa percepción no es culpa nuestra. Lamentablemente, algunos ven un gran peligro mediático en nuestra presencia, lo que dificulta el trabajo de los medios y la divulgación de nuestra información. A veces circula solo una versión tergiversada proveniente de medios occidentales. Nos gustaría que hubiera más comunicación directa, tanto en prensa escrita, televisión e internet. Sabemos que, por ejemplo, la embajada mantiene un buen contacto con medios como PERFIL.
— ¿Cree que existe cierto hermetismo hacia la figura del Kremlin, con la figura del presidente Vladimir Putin?
Nosotros siempre estamos abiertos a la comunicación y a compartir nuestros criterios. En un mundo multipolar y multifacético como el actual, es fundamental que la gente pueda conocer la información de primera mano y formar su propio juicio, sin recibir solo una visión parcial o predeterminada. Por eso buscamos formatos amplios de comunicación, para que se pueda entender lo que pasa en Rusia y en el mundo. Por ejemplo, el presidente Putin mantiene una comunicación anual con la prensa que dura entre cuatro y cinco horas, respondiendo 80 o 90 preguntas en vivo, lo que refleja nuestro interés por el diálogo directo.
La comunicación directa entre autoridades y ciudadanía, a todos los niveles, es esencial para mantener un contacto real, corregir información si es necesario y seguir el desarrollo de los acontecimientos. Esto aplica también a la política exterior: tenemos criterios, experiencia y visión, pero siempre abiertos a un diálogo basado en hechos. La prensa es un instrumento clave porque influye en cómo la gente percibe eventos y personas, y los periodistas merecen respeto y apoyo, pues muchos arriesgan sus vidas por difundir información veraz. El derecho a la comunicación y a recibir información fidedigna es, de hecho, una de las premisas de cualquier régimen democrático.
— ¿Qué factores hacen a este mundo «sofisticado» y «multipolar»?
Existen hay muchos actores, países, religiones, intereses económicos y etnias. El mundo se ha democratizado mucho y de manera caótica. Pero es el mundo en que vivimos. Hay varias formas de percibir estas nuevas realidades. Por ejemplo, el poeta y diplomático ruso Fiódor Tiútchev decía al final del siglo XIX que es dichoso quien recibe este mundo en momentos críticos; Confucio nos advertía: «Que nos guarde Dios de vivir en tiempos de cambio»; y un poeta soviético de los años 50 señaló que «no escogemos los tiempos para vivir y morir».
Vivimos en esta época y debemos aportar a un régimen democrático que permita la autoorganización de múltiples intereses políticos, económicos, étnicos y religiosos. Rusia es multiconfesional y multiétnica, y a lo largo de los siglos hemos aprendido a convivir respetando los intereses de los demás. Como decía Benito Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. La multipolaridad implica equilibrar los intereses de casi 200 países miembros de Naciones Unidas, un desafío enorme.
— Parece utópico, un mecanismo de gobernanza global. La ONU tiene sus limitaciones.
Claro, y lo más indeseable es tener expectativas que no se justifican. Un organismo no puede dar soluciones si no dispone de los mecanismos para hacerlo. Por eso hace falta una reforma: ver cómo la ONU, establecida hace 80 años bajo condiciones únicas tras la Segunda Guerra Mundial, puede seguir actuando en esta nueva época sin perder capacidad de decisión. No podemos esperar recrear situaciones históricas; debemos adaptarnos al presente y a los múltiples actores internacionales.

— ¿Qué piensa de la Junta por la Paz que organizó el presidente Trump en Washington?
No entiendo todos los detalles, pero puedo imaginar que Trump busca aportar a la solución de problemas internacionales, y en eso lo apoyamos. Sin embargo, difícilmente un mecanismo pueda funcionar si no involucra a países con capacidad real de influir en todas las crisis. En la Junta de Paz no hay miembros permanentes del Consejo de Seguridad ni socios de BRICS; eso significa que no están los países con mayor influencia. No digo que unos sean más importantes que otros, pero la realidad es objetiva: algunos tienen más capacidad de acción.
Si se quiere crear un mecanismo adicional para resolver problemas, bienvenida la idea, pero no debe sustituir lo que ya existe, como la ONU. Tras el derrumbe de la Unión Soviética, vimos que la ausencia de estructuras genera enormes problemas, muchos de los cuales seguimos resolviendo hasta hoy.
— ¿En qué aspectos, por ejemplo?
Por ejemplo, en los vínculos entre distintas etnias y nacionalidades que vivían en la Unión Soviética. El tema de Crimea tiene raíces en la época soviética: antes vivían en un país único y de repente se encontraron en otro, con minorías sujetas a leyes discriminatorias. Lo mismo ocurre con Donbás. Esto explica muchos de los conflictos que surgieron tras 1991, aunque no signifique que alguien busque restaurar la Unión Soviética. La reconstrucción de la Unión Soviética es utópica; vivimos en un mundo real.
— Pero desde afuera, muchos ven un expansionismo ruso.
Para nosotros, Crimea y Donbás no son solo territorios, sino población rusohablante. Los límites administrativos surgieron en la época soviética: Donbás en los años 20 y Crimea en los 50. Nadie pensó en esas fronteras cuando era un solo país. Después de 2014, se aceleró la ucranización y aparecieron leyes discriminatorias contra la población rusa, sumado a un golpe de Estado que consideramos ilegal en Kiev y un conflicto armado de ocho años. También existía el peligro para el territorio nacional de Rusia por parte de la OTAN. Esa es la historia resumida. Pero reitero: para nosotros el tema es la gente.
— ¿Se reunió con el canciller Pablo Quirno?
No, pero estuvimos en Cancillería con colegas de diferentes áreas. Hablamos de relaciones bilaterales, la ONU, política internacional… y también de Malvinas.
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—¿Qué discutieron sobre Malvinas?
Reconfirmamos nuestra postura a favor de las resoluciones de Naciones Unidas: la soberanía de Malvinas debe resolverse mediante negociaciones directas entre Argentina y el Reino Unido. Es una postura invariable. Apoyaremos la postura del gobierno argentino y veremos cuál es su decisión concreta en cada momento. Para nosotros, Malvinas es un tema sagrado.
— Entiendo que sos una suerte de «Messi» de las relaciones de Rusia con América Latina y que recorriste varios países. ¿Cómo evaluás el estado político de América Latina frente a las políticas de Trump?
Messi es una persona grande. Yo soy muy humilde. América Latina atraviesa un periodo complicado por procesos internos y prioridades externas, especialmente de su vecino del norte. Pero mucho depende de la voluntad de los países latinoamericanos. Queremos escuchar sus necesidades y proponer cooperación que no sea contra nadie, sino a favor de proyectos conjuntos y criterios compartidos en áreas de interés mutuo.
— Considerando las rivalidades geopoliticas actuales, ¿es casualidad que haya llegado en un contexto como el acuerdo Mercosur-Unión Europea?
No es casualidad sino que tenemos nuestra agenda propia y ofrecemos cooperación en áreas de interés recíproco. Incluso en condiciones adversas, la cantidad de amigos es mayor. Hoy se habla mucho de inteligencia artificial y memoria digital, pero los seres humanos siguen siendo la fuerza principal. Nuestra memoria responde al incentivo de seguir con relaciones de cooperación y amistad.
Por eso estamos aquí, dialogando con opiniones diversas. El problema surge cuando alguien no quiere escuchar y tiene dogmas. Pero si hay apertura, siempre se puede encontrar un lenguaje común. Y más aún cuando tenemos una buena herencia cultural e histórica, como las mamushkas. Al regresar, vamos a evaluar qué pasos son necesarios para continuar la cooperación y ofrecer nuevas posibilidades. Estamos listos para cooperar en la medida que nuestros socios argentinos también estén dispuestos.

