Barbara Hutton nació rodeada de una riqueza tan desmedida que terminó convirtiéndose en su condena. Desde que era una niña fue señalada por sus millones, pero también por los escándalos familiares y las pérdidas que la marcaron. Antes de cumplir los 20 ya era famosa, millonaria y profundamente infeliz.
Nació en 1912, en Nueva York, el corazón del capitalismo estadounidense. Era nieta de Frank Winfield Woolworth, fundador de las famosas tiendas de cinco y diez centavos, y heredera de un imperio que revolucionó la época.
Barbara estaba rodeada de mansiones inmensas, niñeras, institutrices y joyas, pero nada de eso pudo reemplazar algo que le hizo falta toda su vida: el amor de su familia.
Siendo muy pequeña, comprendió que su vida no era del todo suya porque cada tragedia personal se convertía en un escándalo; cada decisión, en un titular; y cada caída, en entretenimiento de los demás. Así nació el apodo que perduró hasta el último día de su vida: «la pobre niña rica».
Una infancia millonaria… Y profundamente sola
Barbara era hija de Franklin Hutton, un poderoso agente de bolsa, y de Edna Woolworth, heredera directa del magnate del retail. El matrimonio fue un desastre. Él era infiel, distante y absorbido por los negocios. Ella, era frágil y estaba deprimida. La presión de pertenecer a una de las familias más ricas de Estados Unidos terminó de quebrarla.
Edna Woolworth junto a su hija Barbara Hutton. Foto: Find a graveEn 1917, cuando Barbara tenía a penas cuatro años, ocurrió algo que marcaría su vida para siempre. Fue ella quién encontró a su madre muerta en una habitación del Hotel Plaza de Nueva York. Las versiones oficiales hablaban de una enfermedad; los rumores, de suicidio.
Su padre no se hizo cargo. La envió a vivir con familiares y luego a internados de élite donde nunca logró integrarse. La muerte de su abuelo Frank Woolworth, pocos años después, terminó de marcar la sensación de orfandad total.
Con apenas 12 años, Barbara heredó una fortuna que hoy equivaldría a 400 millones de dólares.
En los colegios privados a los que asistió, la niña sufrió bullying por su apellido. Sus compañeras la ridiculizaban por su aspecto físico y por la distancia que imponía su riqueza. No tenía amigas, no recibía visitas y aprendió a asociar el vínculo humano con la transacción.
Barbara creció convencida de que debía ofrecer algo a cambio para merecer compañía. Y siempre tenía algo que ofrecer.
Una de las primeras tiendas de la familia Woolworth. Foto: Frank Woolworth biography
Cómo se convirtió en una villana nacional por su debut
En 1930, en un Estados Unidos hundido en la Gran Depresión, su padre organizó para ella un baile de debutante obscenamente lujoso en el Hotel Ritz-Carlton. Hubo más de mil invitados, orquestas, champagne ilimitado y un gasto total de al menos un millón de dólares actuales.
La reacción pública la fulminó. Mientras miles de familias no tenían qué comer, Barbara figuraba envuelta en sedas y piedras preciosas. La prensa la destrozó, a pesar de que ella no había organizado ni tenido la idea del baile.
Así se convirtió en el símbolo del exceso y la inestabilidad de los ricos. En pos de calmar las aguas, fue enviada a Europa; pero el daño ya estaba hecho. Tenía 18 años, una fortuna incalculable y el odio de un país entero.
El patrón que se repetía en sus matrimonios
Su vida amorosa podría definirse como un bucle de búsquedas fallidas. Cada relación parecía prometer estabilidad y terminaba confirmando lo que todos ya sabían: la mayoría de los hombres que se acercaban, en realidad, buscaban su fortuna.
Barbara Hutton se casó con Alexis Mdivani en 1933. Foto: X @joyasconhistor2. Su primer esposo, Alexis Mdivani, fue el inicio de una serie de vínculos humillantes. En la noche de bodas, él la llamó gorda. Al día siguiente, Barbara comenzó una dieta extrema a base de café que derivó en anorexia y bulimia, enfermedades de las que nunca se recuperó. Este matrimonio duró poco, pero dejó claras secuelas físicas y emocionales.
El segundo, Kurt von Haugwitz-Reventlow, fue aún más destructivo. Hubo violencia psicológica, golpes, intentos de control legal sobre su fortuna y la presión para renunciar a su ciudadanía estadounidense.
Con él tuvo a su único hijo, Lance, que se convirtió en su mayor anclaje emocional y, al mismo tiempo, en otro campo de disputa.
Cary Grant fue la excepción a la regla
El tercer matrimonio marcó un quiebre. Con Cary Grant, Barbara conoció una nueva forma de relación que no había experimentado antes. Grant no necesitaba su dinero, firmó un acuerdo prenupcial y se mostró atento, protector y genuinamente interesado en ella como persona.
Durante esos años, Barbara pareció encontrar una calma que le resultaba desconocida. Cocinaban juntos, se cuidaban y construían una vida sin exposición. Sin embargo, la fama de Grant, los viajes constantes y la fragilidad emocional de ella terminaron desgastando el vínculo.
El actor Cary Grant y Barbara Hutton en el estreno de «Tomorrow the World» (1945). Foto: X @alfredopetas. Se divorciaron sin inconvenientes económicos de por medio y fue el único de sus maridos que no se llevó nada de su fortuna.
Tras el divorcio, Barbara dedicó su vida a crear espacios que funcionaran como refugio. Compró un palacio en Tánger, Marruecos, que se transformó en el epicentro de la ciudad. Escritores, aristócratas, estrellas de cine y músicos circulaban por sus salones.
Pero cuando las fiestas terminaban, los invitados se iban y la soledad regresaba. El lujo funcionaba como anestesia; Barbara seguía regalando dinero, joyas y propiedades con generosidad que muchas veces era un pedido de compañía implícito.
Después de Cary Grant, Barbara volvió a casarse cuatro veces. Con Igor Trubetskoy, príncipe ruso y piloto de carreras, retomó la vida itinerante entre Europa y el norte de África, mientras su salud se deterioraba y el consumo del alcohol y medicamentos se volvía habitual. La relación terminó tras problemas médicos graves y un desgaste emocional.
El siguiente fue Porfirio Rubirosa. El matrimonio duró 53 días. Se divorciaron con un acuerdo millonario que incluyó dinero, propiedades, caballos de polo y joyas. En esta ocasión, volvió a interferir la prensa remarcando que Barbara no distinguía el dinero del afecto.
Luego se casó con Gottfried von Kramm, ex campeón de tenis. Fue una relación más estable y discreta, pero sin vínculo emocional sólido. El último matrimonio, con Pierre Raymond Doan, cerró el ciclo: discusiones, exposición pública y un divorcio rápido.
El golpe que culminó con el fin de «la pobre niña rica»
La muerte de su hijo Lance, a los 36 años, en un accidente de avioneta, fue el punto de quiebre que Barbara no pudo soportar. La relación madre e hijo había sido compleja, predominaban las peleas y los reproches, pero su pérdida la devastó. Barbara, convencida de haber fallado como madre, se culpaba por su muerte.
Barbara Hutton con su hijo Lance en brazos junto a Haugwitz-Reventlow. Foto: Pinterest @vintagehollywoodA partir de ese momento, su vida quedó prendida de un hilo. Su fortuna se fue tan rápido como un chasquido en gastos excesivos, malas decisiones y administradores que abusaron de su confianza.
Terminó viviendo en hoteles, enferma, endeudada y prácticamente olvidada por la misma sociedad que la apuntaba con el dedo en cada decisión que tomaba.
Barbara Hutton murió en 1979, a los 66 años, de un ataque al corazón. Al funeral asistieron apenas 10 personas. La misma mujer que llenaba palacios con sus fiestas y era tapa constante en las revistas, fue despida en silencio. Está enterrada al lado de su madre y su hijo, las dos pérdidas que definieron su vida.

