A los 74 años, Eduardo Artero todavía se sube al tractor todos los días. Recorre los cuadros, mira la fruta, corrige una poda, controla un raleo, conversa con los empleados y sigue haciendo casi todo como lo hizo siempre. En un Alto Valle que se transforma, él continúa aferrado a una forma de producir que aprendió de chico: vivir para la chacra.
La historia de los Artero está profundamente unida a la de Cipolletti. Antes incluso de que la ciudad tomara la forma que hoy tiene, la familia ya trabajaba la tierra en Cuatro Esquinas, cerca de la costa del río Neuquén. Eduardo es heredero de esa tradición, pero también constructor de su propio camino. Y ahora, junto a su hijo Sebastián, mantiene viva una continuidad familiar que ya atraviesa cinco generaciones vinculadas a la fruticultura.
Un siglo de historia en la fruticultura de la Patagonia
Cuando Eduardo habla de la chacra histórica de Cuatro Esquinas no habla solamente de un establecimiento productivo. Habla de la memoria familiar. De un pedazo de tierra que, de alguna manera, resume cien años de vida en Cipolletti. “Esa chacra la empezaron a desmontar y sistematizar en 1926. En 1927 la familia de mi abuela se mudó ahí. Exactamente hace 100 años”, cuenta.
Por parte paterna, Eduardo pertenece a la cuarta generación de una familia dedicada a la chacra. Su abuelo era Martín Artero y su abuela Dolores Hidalgo. Dolores ya pertenecía a una familia instalada en Cipolletti antes de la llegada de los Artero desde España: su padre y sus hermanos fueron quienes sistematizaron y plantaron la histórica chacra de Cuatro Esquinas, hace un siglo.

Martín Artero, por su parte, llegó siendo muy joven y trabajó como cocinero y también en la construcción del canal principal del sistema de riego del Alto Valle. Con el tiempo pudo comprar chacras y comenzar una historia productiva que luego se fusionaría con la de los Hidalgo.
La chacra de Cuatro Esquinas quedó como una especie de núcleo familiar. Allí se crió su abuela Dolores y allí también crecieron las siguientes generaciones. Incluso uno de los edificios donde funcionó durante años el Club Hidronor era originalmente la vieja casa familiar de los Hidalgo, una construcción centenaria que todavía permanece en pie.
“Lo único que quedó de chacra de parte de mi abuela es lo que tengo yo”, dice Eduardo. Ese establecimiento hoy tiene 20 hectáreas y todavía conserva cuadros históricos de manzanos tradicionales. Algunos árboles tienen entre 70 y 80 años y continúan produciendo.

“Hay plantas que dan cerca de mil kilos de fruta cada una. Son montes viejos de Granny Smith que todavía rinden muy bien. No los saco porque siguen funcionando”, explica.
En algunos de esos cuadros históricos logra rindes que rondan los 100.000 kilos por hectárea. Una cifra que sorprende incluso dentro de una actividad acostumbrada a medir eficiencia productiva.
La vida de Eduardo siempre estuvo ligada a la chacra. Empezó a trabajar entre los 12 y 13 años, cuando la familia todavía manejaba varias propiedades en conjunto. Después llegaron las divisiones hereditarias y su padre quedó con la chacra original de Cuatro Esquinas. “Ahí me hice cargo yo”, agrega. Desde entonces pasaron más de cuatro décadas de trabajo ininterrumpido.
“Yo llevo la chacra adentro”: la vocación de producir peras y manzanas en el Alto Valle
Aunque heredó tierra productiva, Eduardo insiste en algo: ni él ni su padre se conformaron con administrar lo recibido. Ambos crecieron a partir de trabajo propio.
Su padre había comenzado como medianero, manejando chacras ajenas a cambio de un porcentaje de la producción. Después compró una pequeña chacra de cuatro hectáreas y fue ampliando su escala con los años.
Eduardo también fue sumando superficie a las 20 hectáreas en Cuatro Esquinas. Adquirió una propiedad, también con costa sobre el río Neuquén en las afueras de Cipolletti, en 2003; luego compró una chacra vecina con un amigo. Entre tierras propias y alquiladas, maneja cerca de 50 hectáreas en total, todas exclusivamente con manzanas y, en menor medida, peras.

La reconversión permanente forma parte de su filosofía. Donde había cuadros secos o abandonados, implantó nuevas variedades y sistemas más modernos. Montes tradicionales conviven con espalderas y nuevas plantaciones.
“La fruticultura es una artesanía. Nunca terminás de aprender”, asegura. Esa idea aparece constantemente en su manera de trabajar. Habla de observar, corregir y mejorar todos los años. Ajustar la poda, el color, la cosecha o el raleo. Nunca relajarse.
También habla del sacrificio, porque detrás del crecimiento hubo reinversión constante. “Soy de los pocos que pudo crecer dedicándose solamente a producir fruta”, afirma.

Tiene siete tractores, varias pulverizadoras y demás maquinaria, contando con equipamiento completo en todas sus chacras. Muchas veces compró herramientas incluso antes de necesitarlas. “Eso es plata que podría haberse gastado en otras cosas, pero siempre se invirtió en la chacra”, dice.
Eduardo y su hijo Sebastián comparten además una misma mirada sobre el oficio. Ambos creen que el productor debe concentrarse en producir bien y dejar la comercialización en manos de empresas especializadas, una perspectiva particular en un Alto Valle donde la integración vertical se ha convertido en regla.
También comparten una relación emocional muy fuerte con la vida rural. “Yo llevo la chacra adentro”, resume Eduardo. Hace cinco años tomó una decisión que varios podrían considerar extraña: dejó su casa en el centro de Cipolletti y se mudó definitivamente a la chacra. “Muchos se van de la chacra al pueblo. Nosotros hicimos al revés”, cuenta entre risas.
Producir bien, gastar poco y seguir apostando por la fruticultura en Río Negro
Eduardo trabaja desde hace años con Tres Ases, una de las firmas más importantes de la fruticultura argentina. Toda su producción se entrega allí.
La relación entre ambas familias viene desde hace décadas. Ya su abuelo y su padre trabajaban vinculados a la empresa y a la familia Grisanti. Eduardo contó que un tío suyo incluso fue encargado del histórico “Lote 13”, la primera chacra de la firma, en María Elvira (Cipolletti). “Con Tres Ases hay una amistad de muchos años”, explica.

Ese vínculo también se sostiene en una forma de trabajar. Eduardo se define como un productor obsesionado con hacer las cosas bien. “Yo no llevo porquería ni meto el perro. Llevo la fruta lo mejor posible”, dice.
Gabriel Grisanti, presidente de Tres Ases, confirma todo: “Conocí a su papá, Sebastián, una gran persona. Eduardo es un destacado productor que, junto a Betty (su esposa), ha sabido crear toda una hermosa familia de trabajo y dedicación”, aseguró. Y agregó: “Es, sin lugar a duda, un referente en todos los sentidos de la fruticultura. Yo converso mucho con él y me aporta una visión distinta e importante de la actividad.”
El promedio productivo de Eduardo ronda entre 40.000 y 50.000 kilos por hectárea, aunque en algunos cuadros supera ampliamente esos números. El 80% de la superficie está destinada a manzanas: Gala, Pink Lady, Granny Smith y Red Delicious. En peras trabaja principalmente con Williams, Packham’s y D’Anjou.

Pero si hay algo que repite constantemente es la importancia del manejo financiero. “En la fruticultura tenés que ser previsor. Si la caja de cambios es de sexta, andá siempre en quinta”, grafica.
El control de costos es casi una obsesión familiar. Muchas labores las realizan ellos mismos. No tienen capataz, tampoco regador permanente ni estructura técnica grande. “En invierno soy yo el único tractorista”, cuenta Eduardo, de 74 años.
A sus 43 años, Sebastián representa la continuidad de la historia familiar. Creció entre la escuela y la chacra, acompañando a su madre en la huerta mientras su padre trabajaba jornadas completas. “Había que acostumbrarse a laburar”, recuerda.

Empezó a trabajar de lleno en la fruticultura a los 19 años y desde los 21 acompaña directamente a Eduardo en el manejo de las chacras. La continuidad generacional no es un dato menor en la actividad. Eduardo lo sabe, y por eso valora especialmente que su hijo haya elegido quedarse.
Mientras tanto, él sigue recorriendo los montes como siempre. Corrigiendo detalles, pensando mejoras y negándose a abandonar una actividad que define su vida desde hace más de seis décadas.
Porque para Eduardo Artero la fruticultura nunca fue solamente un negocio. Fue, y sigue siendo, una manera de vivir Cipolletti.
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