La historia de Barcelona se puede reseguir a través de los grandes nombres y edificios en la trama urbana por todos conocidos, pero también se escribe a partir de pequeños objetos aparentemente intranscendentes que ayudan a entender mejor la ciudad. Estos últimos se cuentan por miles en el depósito del Museu d’Història de Barcelona(Muhba). No es tanto su valor artístico como su relación con el pasado de la capital catalana, ayudando a entender mejor la vida en nuestras mismas calles hace unos cuantos años o siglos.
Más de 50.000 piezas se almacenan convenientemente clasificadas en una gran nave de la Zona Franca que este sábado abrió las puertas a un grupo de curiosos inscritos en la novena edición de la iniciativa Museu Endins. Instituciones como el Macba, la Fundación Miró o el museo marítimo abrieron también zonas que habitualmente solo son accesibles para los trabajadores de estos equipamientos. El Museu d’Història de Barcelona, por su parte, tiene esa trastienda en el último lugar que muchos esperarían: en una calle llena de grandes camiones aparcados en el corazón del gran polígono industrial de la capital catalana.

Bajo el mismo techo conviven grandes piedras de la época romana encontradas al hacer obras en Ciutat Vella con baldosas hidráulicas de las fincas del Eixample, pasando por candelabros góticos. El resto arqueológico más antiguo almacenado data del paleolítico; el más reciente es una urna del 1 de octubre del 2017. De unas pocas semanas antes son los peluches, dibujos, pancartas y otros objetos que se depositaron en el memorial improvisado surgido en la Rambla tras el atentado terrorista del 17 de agosto de hace ya más de ocho años.
Pese a la gran dimensión de la nave, cada vez hay menos espacio disponible. En el exterior se encuentra una torreta de la primera electrificación, recién llegada al depósito y aún pendiente de restaurar. Dentro, a buen resguardo, hay gran cantidad de maquetas, entre las que destacan aquellas utilizadas para mostrar la evolución de la Barcelona olímpica, mucho más rudimentarias y artesanales que la recién estrenada para la capitalidad mundial de la arquitectura, elaborada con impresoras 3D.

Entre los objetos más voluminosos destaca la estatua ecuestre de Franco, obra de Josep Viladomat, que estuvo en el castillo de Montjuïc, pasó años en un depósito de la Via Favència –donde fue decapitada– y protagonizó en el 2016 una exposición en el Born, de donde se tuvo que retirar porque acabó vandalizada. Hoy se mantiene tal cual se quedó.
“El museo ha optado por no limpiarla ya que el rechazo al franquismo de aquellos días es también considerado un elemento histórico que ayuda a entender mejor la evolución”, explica Ramon Pujades, responsable del departamento de colecciones del Museu d’Història de Barcelona, que guía a los curiosos por unos pasillos repletos de secretos.

Cada objeto por sí solo daría para un reportaje. A un lado, los asientos de palacetes del siglo XVI; al otro, los pupitres de las primeras escuelas públicas del siglo XX; en un lugar destacado, el brasero con el que se calentaban en el siglo XIV los miembros del Consell de Cent; más allá, los carteles de unos establecimientos que ya son parte del pasado…
Pujades anima a “generar conciencia de la donación por parte de particulares para ampliar el catálogo”. El objeto menos pensado puede ayudar a completar la interpretación del poliédrico puzle de la historia de la ciudad.

Redactor de La Vanguardia especializado en infraestructuras, movilidad y urbanismo. También escribe de ferias y congresos. Antes siguió la actualidad de l’Hospitalet y el Baix Llobregat, donde está ligado a proyectos de información local



