Agustina Risueño (33) acababa de tener a su primer hijo cuando los médicos le descubrieron cáncer de mama. Sin haberse repuesto aún de esa noticia, la vida le dio otro golpe: su hermano menor falleció después de un extenso tratamiento contra un tipo infrecuente de la misma enfermedad, de apéndice. Entre el diagnóstico propio y la muerte de Matías (21) pasaron menos de 48 horas.
En realidad fueron largos años, entre la detección del cáncer infantil y el sufrimiento. Y lo que vino después fue culpa: cuando ella se curó, él ya no estaba ahí para poder abrazarlo. Le quedaban su perfume y la música de Tini Stoessel, que se convirtió en el vivo recuerdo de Matías.
“Una historia atravesada por el dolor y por el amor”, la resume Agustina. Había hecho tratamientos para quedar embarazada. Y lo logró, pero cuando su hijo tenía diez meses, a su hermano menor le encontraron un “cáncer infrecuente y raro”. Matías tenía 16 años: era un caso de cáncer infantil. “Su último primer día de colegio había sido hacía muy poquito y veníamos de la felicidad más grande, que era el nacimiento de mi primer hijo”, reconstruye ella, a pocas semanas de que se cumplan cuatro años de esas 48 horas que la golpearon.
Todo comenzó como un simple dolor de apéndice. En la guardia le dijeron que volviera a su casa. A los pocos días regresó al hospital: le hicieron algunos análisis, pero su papá le insistió al médico para que lo operara, porque tenía miedo de que fuera peritonitis. Cuando Matías estaba en el quirófano, los médicos se dieron cuenta de que el asunto era mucho más grave. “Esto es algo raro”, alcanzó a explicar el doctor.
“Yo creo que Matu vino a este mundo para dejar una huella, y probablemente esta haya sido su misión: que se conozca el cáncer de apéndice, del que se escucha cada vez más y del cual no se conoce mucho”, dice Agustina, abogada especialista en Derecho de la Salud.
Esta patología no suele aparecer en las estadísticas de tipos de cáncer más frecuentes. Según el Instituto Nacional del Cáncer, queda dentro de la categoría “Otros”, que representa al 7,4% del total. Según autoridades internacionales, el de apéndice afecta, por año, a dos personas de cada un millón. Lo descubren, como le sucedió a Matías, cuando lo operan por lo que aparenta ser apendicitis o peritonitis.

La enfermedad se metió en la familia Risueño, que intentaba seguir con sus actividades normales. “Así nos los pidió Matías. Para él, la enfermedad es una parte de nuestras vidas, pero es una parte pequeña, porque la vida es mucho más”, afirma Agustina. Incluso en sus peores días, su hermano se levantaba y se rociaba con su mejor perfume. “Cuando estuvo internado ya al final, aunque no se sintiera bien, se levantaba, se bañaba y se lo ponía”.
No hubo dique suficiente para contener a los tres hermanos, al padre y a la madre. “Cuando te toca, el cáncer destruye familias. Pero cuando te toca el cáncer infantil, las familias se enfrentan a mucho más”, asegura. Cada uno lo sobrellevó de una manera diferente. “Mi papá un día me dijo ‘tengo una espalda gigante y puedo sobrellevar todo’, y se hizo carne de la enfermedad de mi hermano. Realmente nos sostuvo a todos. Mi mamá cayó en depresión. A mi hermana (Sofía, 29 años) le costó encontrar un lugar para llorar y descargarse, porque vivía con Matu y con mis papás”.
Del diagnóstico al dolor: el mundo dado vuelta en dos días
“Con el diagnóstico de Matu me volví muy hiponcondríaca”, admite Agustina. Tras comenzar otro tratamiento de fertilidad para buscar un segundo hijo, se palpó una bolita en una mama. El médico le dijo que todo estaba bien. Volvió a quedar embarazada, pasaron los meses y nació su segundo hijo. Un día, después de amamantar, notó que la bolita y el dolor habían crecido.
Su hermano la acompañó a hacerse una mamografía y, con los estudios en la mano, fue al Instituto Alexander Fleming. Ahí, en los pasillos que tanto habían caminado juntos, le confirmaron que tenía cáncer de mama.

“Me dieron fecha con el mastólogo el día que cumplía siete años de casada”, rememora con exactitud. Y agrega: “Yo creo que el peor momento de Matu fue cuando arranqué con mis estudios. Su mayor miedo era que yo tuviera que vivir todo lo que vivió él. Pero a mí la palabra cáncer ya no me asustaba, sabía de lo que se trataba”.
“Me tocó estar de los dos lados: me tocó acompañar y después ser paciente. Son dos cosas completamente distintas”, explica Agustina, que describe la diferencia con su hermano: “Matu siempre decía que él era quien era gracias a la enfermedad. Yo opino lo contrario, no tengo nada que agradecerle a la enfermedad porque se llevó a mi hermano, se llevó mi salud y se llevó a mi mamá cuando entró en depresión”.
A Agustina le entregaron el resultado de la biopsia que confirmó su diagnóstico el 23 de mayo de 2021. Ese mismo día sedaron a su hermano. Ella cumplió 30 años el 24 de mayo. Al día siguiente, a los 21 años, murió Matías.
“A mí me tocó transitar el duelo por la pérdida de Matu conjuntamente con mi enfermedad. Yo me curé… la culpa es algo que tuve que trabajar en terapia”, enfatiza Agustina sobre la necesidad del acompañamiento psicológico.

“Nadie te dice cuál es el efecto secundario más grande que tiene el cáncer, que se provoca en la cabeza por ese impacto emocional de asumir lo que tenés y pensar si vas a vivir o te vas a morir”. También la impulsaron sus dos hijos. Toda su vida había soñado con una hija mujer, pero cuando le detectaron el cáncer “lo único que quería era ser una mamá sana para los dos varones”.
“Un mechón de pelo”: el obsequio de Matías y el show de Tini con pochoclos
Mientras Matías transitaba su enfermedad, se hizo fan de Martina Stoessel. “Se aferró mucho a Tini porque sus canciones lo ayudaban en sus peores momentos. Es lindo que haya podido encontrar refugio en ella”, dice Agustina. Él vivió cuatro años con la enfermedad y en sus últimos meses de vida presenció varios recitales.
Cuando Matías falleció, su familia le rindió homenaje en uno de los shows de Tini. “Usamos su ropa y el color rojo, que era su preferido, y llevamos pochocolos, porque cuando estaba internado con neumonía, ya en sus últimos días, le dijo a su novia que cuando saliera de ahí quería ir al cine y comer pochoclos”, comenta ella. El recital fue impactante. “Además de sentir y vibrar, lo que vivimos fue maravilloso: estábamos conectados con Matu”.

Ese día grabaron un tiktok mostrando sus outfits con la ropa de Matías, y el video se viralizó. Al poco tiempo, pudieron conocer personalmente a Tini, quien los invitó a su show del álbum “Un mechón de pelo”. Fue una cita muy especial para Agustina: ella le había cortado dos mechones de pelo a su hermano para regalárselos a sus papás.
“Tini puso en palabras todo lo que sentimos, fue un show especial para ella y para nosotros”, recuerda. “Ella es tan dulce. No lo hizo para que el mundo dijera ‘mirá qué buena Tini’, porque no lo publicó. Fue algo íntimo”, cuenta Agustina. Tan íntimo como su relación con Matías, que es “infinita, un lazo invisible pero eterno”.
Y aunque la pérdida de su hermano fue muy dolorosa, hoy lo sigue recordando como como un Rey León. Porque, cierra Agustina, «Matías no era un leoncito cualquiera».
AGE