Cada año, los médicos diagnostican unos diez millones de nuevos casos de demencia en toto el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Algunas previsiones aseguran que, para 2050, estos nuevos casos llegarán a 30 millones anuales. Esto, claro, si antes la ciencia no consigue avanzar en los tratamientos y lograr una cura definitiva.
Durante muchos años, la mayor parte de la investigación sobre la demencia se ha centrado en la acumulación anormal de proteínas en el cerebro, incluyendo placas y ovillos característicos de la enfermedad de alzhéimer, el tipo más común de demencia.
Un artículo publicado en Science Daily afirma que “estos esfuerzos aún no han dado lugar a métodos eficaces para prevenir o detener la enfermedad, por lo que algunos científicos han centrado su atención en otros posibles factores, como las infecciones por virus específicos que pueden dañar el cerebro con el tiempo”.
En este sentido, un hecho fortuito durante una vacunación en Gales brindó a los investigadores la posibilidad de comprobar la relación entre una enfermedad y la demencia. Esto crea nuevas expectativas en el tratamiento de la demencia.
En un estudio dirigido por Stanford Medicine y publicado en Nature, un grupo de investigadores examinó los historiales médicos de adultos mayores en Gales y descubrió que las personas que recibieron la vacuna contra el herpes zóster tenían un 20 % menos de probabilidades de ser diagnosticadas con demencia durante los siete años posteriores que quienes no la habían recibido.

Un segundo análisis del mismo equipo, publicado en Cell, señaló otro posible beneficio. Los investigadores informaron que la vacuna también podría ayudar a las personas que ya padecen demencia a hacer más lento el empeoramiento de la enfermedad.
Estos resultados respaldan la idea, cada vez más extendida, de que ciertos virus que afectan al sistema nervioso podrían aumentar la probabilidad de desarrollar demencia.
El programa de vacunación en Gales comenzó en 2013. Según sus normas, cualquier persona que tuviera 79 años en esa fecha podía recibir la vacuna durante el año siguiente. Las personas que tuvieran 80 años o más el 1º de septiembre de ese año nunca serían elegibles para recibir la vacuna.

Dado que la elegibilidad dependía solo de la edad en una fecha límite específica, la diferencia entre estar justo por debajo o por encima del umbral tuvo un impacto significativo y permitió a los investigadores comparar a las personas que cumplieron 80 años poco antes del 1º de septiembre de 2013 con las que los cumplieron poco después, y observar cómo ello influía en los resultados a largo plazo.
El equipo de Stanford Medicine analizó los historiales médicos de más de 280.000 adultos mayores de entre 71 y 88 años que no padecían demencia al inicio del programa de vacunación. Luego, centraron su análisis en las personas cuyos cumpleaños los situaban justo a ambos lados de la línea de elegibilidad.
Los investigadores realizaron un seguimiento de los resultados durante los siguientes siete años, comparando a personas de edades similares que cumplían o no los requisitos para recibir la vacuna. Al combinar esta información con las tasas de vacunación reales, pudieron estimar el efecto de vacuna. Esta redujo la tasa de herpes zóster durante los siete años de seguimiento.

En 2020, cuando las personas estudiadas tenían entre 86 y 87 años, una de cada ocho había desarrollado demencia. Sin embargo, entre quienes recibieron la vacuna contra el herpes zóster, la probabilidad de un diagnóstico de demencia fue menor en comparación con quienes no la recibieron. La vacuna, sin duda, algo tuvo que ver con el diagnóstico.

