Los nacidos en los setenta y ochenta pasaron horas jugando al Lemmings, un arcade en el que las pantallas se superaban construyendo puentes, escaleras, túneles; pero también sacrificando unos diminutos muñecos obreros. Así es, más o menos, cómo Barcelona, con la caída de las murallas que sometían a la población a una salud de cristal, empezó a crecer de la mano del plan de ensanche que Ildefons Cerdà presentó en 1859 tras realizar valiosos estudios que defendían la necesidad de ventilar la ciudad antigua. El nacimiento de Via Laietana es un buen ejemplo de la transformación que estaba por llegar. Más allá del trauma de eliminar calles, plazas y 270 edificios para conectar el Eixample con el puerto, coincidió en el tiempo con la eclosión económica de la urbe. Y con el albor de la Cambra de la Propietat Urbana de Barcelona, fundada en 1901.
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Ambas líneas vitales se entrelazan en un libro que se acaba de editar y que lleva la firma del historiador Daniel Venteo. Bajo el título Via Laietana, més de cent anys d’història compartida, trufa el detallado relato histórico con fotografías (muchas de ellas, inéditas), documentos y planos y deja claro, de manera tan sutil como elegante, que lo público nada podía hacer sin lo privado. Valga como ejemplo la financiación de la obra, que corrió a cargo del Banco Hispano Colonial. Los trabajos se inauguraron el 10 de marzo de 1908, efeméride que se evoca con una foto de la visita de Alfonso XIII.
Las obras de construcción de Via Laietana, sobre el año 1912, con el hueco para el metro
AFB / Frederic Ballell
La primera finca en caer fue la del número 71 de la calle Ample, propiedad del marqués de Monistrol. Empezarían años de una intensidad constructiva insólita en Barcelona. Tal era la prisa, que la Cambra de la Propietat Urbana puso el grito en el cielo por las expropiaciones. Tal y como recoge el libro, en un artículo publicado en su revista en 1910, se advertía de que “la paralización de las mejoras en las fincas y su depreciación de los alquileres han sumido en la ruina a muchos pequeños propietarios, que ven como sus ingresos desaparecen sin que las indemnizaciones compensen justamente sus pérdidas”. Un texto con 115 años de vida, pero según cómo, de un fondo contemporáneo muy familiar.
Advertencia
Ya en 1910, la entidad alertó al Consistorio de que las expropiaciones no eran justas para los propietarios afectados por las obras
El libro no es solo una oda al progreso. Es también un homenaje a todas las fincas y rincones de la Barcelona que la Via Laietana se llevó por delante. La fábrica de tapones de corcho, una propiedad de la Banca Arnús (uno de los socios del doctor Andreu en la Sociedad Anónima del Tibidabo), la calle del Consolat, la calle Donzelles, entonces la más estrecha de la ciudad y en la que tenían su local carpinteros, electricistas y peleteros, o la Casa Padellàs, que fue trasladada piedra a piedra al actual complejo que hoy alberga el Museu d’Història de Barcelona. En esta monumentalización del entorno, la obra de Venteo hace referencia a la “reinvención de lo que posteriormente se conocería como el barrio Gòtic”. Como muestra, la foto de la fachada de la catedral realizada en 1887, un edificio minimalista, que nada tiene que ve con el frontis neogótico que diseñó Josep Oriol Mestres.
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El resultado de este desarrollismo tempranero convirtió Via Laietana en el epicentro de un nuevo distrito financiero al que el libro también dedica un capítulo. Los ingleses lo llamarían the place to be, el lugar en el que hay que estar. Entidades financieras, compañías de seguros, instituciones y empresas trajeron a la nueva arteria, de imponentes edificios que recordaban las grandes avenidas de Chicago o Nueva York, sus sedes corporativas. Los arquitectos Sagnier, Florensa (el más prolífico), Goday, Ferrater, Fossas o Guàrdia i Vial empezaron a levantar edificios por encargo de firmas o entidades de renombre; inmuebles que todavía hoy, aunque con usos muy distintos en muchos casos, mantienen muy vivo el sello señorial de la avenida.
El edificio de la calle Ample que fue el primero en ser derribado para hacer hueco a la nueva Via Laietana
AFCEC / Narcís Cuyàs i Parera
Uno de estos inmuebles es el que el número 22 alberga desde hace 100 años la Cambra de la Propietat Urbana de Barcelona. En el primer cuarto del siglo XX, la institución ocupó distintos edificios en régimen de alquiler. Desde la primera sede de la calle Escuders hasta la base situada en Riera de Sant Joan, durante las obras de urbanización de la Via Laietana. El solar del edificio que ocupa hoy se adjudicó a la entidad en una subasta en marzo de 1921 por valor de 478.602,20 pesetas, tal y como documenta Venteo en el libro. El proyecto lo firmó el arquitecto Francesc Ferriol i Carreras. El edificio resultante, sin embargo, poco tiene que ver con el aspecto actual. Durante la postguerra, el arquitecto Manuel de Solà-Morales capitaneó una primera ampliación que fue culminada en los años 80 por Santiago Miravitlles.
Un siglo después de aquel estreno, tanto la Via Laietana como la Cambra de la Propietat Urbana de Barcelona han evolucionando sin perder la esencia. La arteria sigue siendo uno de los dos nervios principales de Ciutat Vella, lugar de paso y de encuentro de vecinos y comerciantes (y ahora turistas, por supuesto) y la institución instalada en su número 22 sigue tratando de defender el derecho a la propiedad urbana, de manera que el mercado inmobiliario sea lo más eficiente posible.



