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Víctor Hugo Morales: “Cuando Javier Milei dice que Clarín es una mafia, es verdad”

En una nueva intervención pública, Víctor Hugo Morales respaldó —al menos en este punto— la línea crítica del Presidente Javier Milei contra el Grupo Clarín.

Víctor Hugo Morales tensó el tablero con una frase que, por incómoda, obliga a pensar: “Cuando Javier Milei dice que Clarín es una mafia, es verdad”. El señalamiento desnuda un dilema mayor que excede a los egos en disputa. Por un lado, Milei hace de la confrontación con los grandes medios una bandera útil para su épica antisistema: le rinde políticamente, ordena a la tropa y le permite explicar costos sociales atribuyéndolos a “castas” que bloquean su proyecto. Pero su cruzada tiene un doble filo: mientras denuncia privilegios y abusos de poder, no deja de cultivar su propio ecosistema de comunicación directa —redes, streams, medios afines— desde el que estigmatiza a periodistas críticos y simplifica discusiones complejas en consignas virales. La grieta como método no democratiza la palabra: la reorienta hacia donde conviene.

Del otro lado, Clarín no es un actor neutro. Su historia de concentración, su poder de agenda y su lobby regulatorio lo vuelven un jugador con intereses económicos y políticos claros. La pretendida “objetividad” se vuelve frágil cuando una misma compañía incide a la vez en noticias, telecomunicaciones y negocios conexos. La capacidad de moldear marcos de sentido —qué es urgente, qué es secundario, quién gana, quién pierde— no es un detalle técnico sino un factor de poder que condiciona gobiernos, oposiciones y ciudadanía. Por eso resulta verosímil que Morales sienta “simpatía” ante el choque con un conglomerado que hace décadas acumula ventajas.

El problema es que Milei y Clarín, aunque se enfrenten, se alimentan mutuamente. El Presidente necesita un antagonista monumental para mantener viva su narrativa; el Grupo necesita un adversario hiperbólico para cohesionar a su audiencia y blindar sus intereses. En esa dialéctica, lo que se pierde es una discusión seria sobre política de medios: reglas transparentes de competencia, límites a la concentración, separación clara entre negocios regulados y contenidos, y garantías efectivas para el trabajo periodístico sin aprietes ni favores. Milei debería abandonar la pulsión punitiva y construir instituciones que sobrevivan a su mandato; Clarín debería aceptar que su tamaño exige controles y rendición de cuentas, no sólo declaraciones de principios. Si no salimos de la lógica del ring, seguiremos eligiendo entre caudillos y corporaciones, mientras la ciudadanía —que es quien debería tener más y mejor información— queda otra vez en la tribuna.

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