Con la globalización, se ha intensificado la llamada deslocalización industrial. Las fábricas se instalan donde los costes sean más baratos y fue así que China devoró la tecnología occidental. Las consecuencias han sido graves: el mundo ha cambiado y se equilibra hoy de otra manera, con más poderío en su dimensión oriental. Pero existe otra deslocalización de la que casi nadie habla y cuyos resultados pueden ser funestos: me refiero al modo como lo que es propio del hombre, lo que ocurre en su interior –la memoria, el pensamiento, la creatividad, la ética…–, se transporta hacia el exterior del ser humano, concretándose en mecanismos como la IA o internet, dejando cada vez más vacía, más hueca, la intimidad de cada persona.
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