El calendario cultural argentino marca el 6 de octubre como el Día Nacional del Circo. Lejos de ser una fecha azarosa, la efeméride conmemora el nacimiento de José «Pepe» Podestá en 1858 (Montevideo, Uruguay), una figura ineludible que, junto a sus hermanos, cambió para siempre la historia del espectáculo en el Río de la Plata al dotarlo de una identidad auténticamente local.
Hijo de inmigrantes italianos que se movían entre ambas orillas del Río de la Plata, Pepe Podestá creció cautivado por las compañías europeas que visitaban la región. En 1873, fundó la Compañía de los Hermanos Podestá junto a Gerónimo, Pablo y Antonio. Para 1880, ya instalados en Buenos Aires bajo el nombre de Circo Arena, comenzaron a definir un estilo propio que culminaría en la creación del emblemático «Circo Criollo».

Pepino el 88 y la revolución de las dos partes
El éxito rotundo de la compañía radicó en dejar de imitar los formatos europeos para empezar a hablar de las costumbres, valores y problemas locales. Podestá brilló como acróbata y actor, pero sobre todo como el creador de «Pepino el 88», un payaso que vestía un traje hecho con sábanas a lunares y que fusionaba la figura del clown con la del payador. A través de canciones rimadas, Pepino aportaba una aguda y humorística crítica social sobre la actualidad, ganándose al público de inmediato.
El «boom» definitivo del Circo Criollo fue su innovación estructural, dividiendo la función en dos partes bien diferenciadas:
- Primera parte (habilidades circenses): Malabares, acrobacias, trapecio, destrezas ecuestres y las parodias de los payasos.
- Segunda parte (el drama criollo): Una puesta en escena teatral de género gauchesco.
La obra cumbre de esta segunda mitad fue Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez. Presentada primero como pantomima en 1884 y luego como drama hablado en 1886, la historia de este gaucho rebelde y justiciero generó un impacto social sin precedentes. La puesta apostaba a un realismo inmersivo: el público veía fuego real, carne asándose en la parrilla y hasta perros husmeando por el escenario. Las autoridades de la época llegaron a temer un movimiento social inspirado en la obra, al que llamaban «moreirismo», debido al rechazo que generaba el abuso de las autoridades y las prácticas caudillescas.
Un legado que germinó el teatro nacional
Al llevar sus carpas itinerantes por los rincones más recónditos del país, el circo acercó el teatro a poblaciones que nunca habían visto una obra. Esta mezcla de comicidad circense, drama popular y una fuerte expresión corporal se considera hoy el verdadero germen del teatro nacional. De la escuela de los Podestá surgieron gigantes de la actuación como Florencio Parravicini, Orfilia Rico, Elías Alippi y Enrique Muiño.
El espíritu de Podestá continuó vivo en las generaciones posteriores. Un ejemplo claro es la labor de los hermanos Jorge y Oscar Videla, fundadores de la Escuela de Circo Criollo (la primera del país y pionera en Latinoamérica), quienes dedicaron más de tres décadas a formar nuevas generaciones de artistas de pista y callejeros.
El circo en la actualidad
Hoy, el circo goza de un renovado reconocimiento institucional. En el año 2020, el Ministerio de Cultura lo oficializó como un nuevo sector de las industrias culturales, incorporándolo al Mercado de Industrias Culturales Argentinas (MICA).
Los números actuales demuestran su vigencia como el consumo cultural más popular y federal: existen más de 55 carpas itinerantes gestionadas por familias históricas, 430 compañías independientes y 119 productoras abocadas a la dirección. Sin la masividad industrial de otros sectores, conserva su magia intacta: las estadísticas indican que al menos un 70% de la población ha asistido a una función de circo alguna vez en su vida, manteniendo vivo aquel fuego que Pepe Podestá encendió hace más de un siglo.
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