Las dos potencias buscan posicionarse en la región para sacar provecho de estos recursos. Sudamérica pasó a tener un rol clave en la disputa de poder a nivel mundial.
El lenguaje del poder global ha cambiado: ya no se negocia con tratados de libre comercio o discursos sobre democracia, sino con elementos de la tabla periódica. El mundo ha entrado en una era definida por el imperialismo de recursos, donde las grandes potencias priorizan el control estratégico de materias primas cruciales sobre la eficiencia del mercado, transformando la geopolítica del siglo XXI.
Este cambio de paradigma, del “mercado dirá” al “estado asegura”, explica intervenciones en regiones ricas en minerales y combustibles. El conflicto en Ucrania, por ejemplo, no solo gira en torno a la soberanía, sino también al control de tierras fértiles y depósitos de neón, un gas vital para la fabricación de chips. Mientras, en África y Groenlandia, la carrera es por las tierras raras, y el petróleo venezolano dejó de ser un commodity para convertirse en un “activo de supervivencia nacional”.
América Latina: el nuevo jugador central en el mapa geopolítico
En este nuevo mapa, América Latina abandona su rol periférico para posicionarse en el centro del tablero estratégico. La región ya no es vista solo como un mercado emergente, sino como el reservorio de recursos que alimentarán la transición energética y la industria de defensa de las próximas décadas.
El triángulo del litio: el combustible de la transición
El llamado triángulo del litio, que abarca Argentina, Bolivia y Chile, se erige como una zona de importancia crítica. No es una simple región geográfica; es, en palabras del análisis, “el combustible de la transición energética del mundo”. Su control equivale a poseer una llave maestra para el futuro de la movilidad eléctrica y el almacenamiento de energía.
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Petróleo y el regreso de la relevancia estratégica
A esto se suma el resurgir de la importancia petrolera sudamericana. La explosión de actividad en la Guayana Esequiba, junto con las reservas masivas de Venezuela y Vaca Muerta en Argentina, otorgan a Sudamérica una relevancia geopolítica que no se observaba desde la Guerra Fría. Esta riqueza subterránea convierte puertos, rutas y redes de energía en objetivos estratégicos prioritarios.

La región se ha convertido nuevamente en un campo de competencia entre Estados Unidos y China, pero esta contienda tiene una naturaleza distinta. “Esta vez no es por ideología, es por suministros”, señala el análisis. Se trata de una lucha por la seguridad de abastecimiento en un planeta con recursos finitos, donde los estados actúan impulsados por la necesidad de garantizar su supervivencia industrial y tecnológica.
Las crecientes tensiones diplomáticas son solo el síntoma superficial de esta disputa subterránea. La verdadera discusión del siglo XXI no se libra por banderas, sino por lo que yace bajo el suelo. El poder ya no se mide solo en armamentos o alianzas, sino en quién posee la llave de los recursos que impedirán que las economías y tecnologías del futuro se apaguen.


