«¿Y si hacemos protagonista del Mundial al futbolista menos conocido? ¿Qué pasaría si hubiera un jugador que nos uniera a todos? Un jugador que todos banquemos sin importar la nacionalidad. Busqué en todas los seleccionados que jugarán el Mundial al menos conocido y lo encontré después de revisar uno por uno. En el Grupo G, en Nueva Zelanda, se encuentra Tim Payne, el jugador que no llega a cinco mil seguidores«.
El 26 de mayo, el creador de contenidos futboleros Valentín Scarsini, conocido en las redes como El Scarso, posteaba un video en el que hacía un piletazo buscando la complicidad de la gente para levantar la sequía de seguidores de un tal Tim Payne (32), aguerrido defensor neozelandés, que juega en el club Wellington Phoenix y que hasta hace menos de dos semanas contaba con 4.715 seguidores en Instagram. La propuesta de El Scarso sabía más a broma que a desafío. No parecía mover el amperímetro.
Veinticuatro horas después, con su estilo estridente, El Scarso anunciaba que «lo de Tim Payne se salió de control, se desbordó y sus publicaciones pasaron de tener 200 me gusta a 100.000 y de tener menos de cinco mil seguidores a 250.000. Lo más lindo es que Tim ya sabe lo que está pasando y él me respondió diciendo que no entendía nada por qué le habían aparecido tantos seguidores». La situación se viralizó y los seguidores de Payne a los tres días superaban el millón y a los diez días de este curioso desafío, su cuenta trepaba a los 5 millones de followers, superando a todo el equipo de rugby de All Blacks.
Psicólogo especialista en alto rendimiento, entendedor de cómo se direcciona la conducta humana, Santiago Grau cree que «analizar el fenómeno de Valentín Scarsini (El Scarso) y el jugador Tim Payne no es mirar un simple chiste de internet… Es presenciar una demostración científica de contagio social y comportamiento tribal«.
Se pregunta Grau cómo se logra mover ejércitos digitales con sólo un teléfono. «Valentín Scarsini no vendió contenido, vendió una misión absurda: activó en su audiencia la necesidad puramente humana de pertenecer a una joda colectiva. La respuesta de la gente no es admiración por el fútbol de Payne, es la adrenalina y la dopamina de formar parte de un movimiento que altera la realidad en tiempo real».

Grau describe la situación como «un fenómeno que desnuda la anatomía de la interacción parasocial. Como nadie sabe quién es, la masa desactiva su filtro crítico y proyecta en él todas las fantasías de épica y carisma que quiere. Al final del día, la gente no idolatra al futbolista, idolatra el reflejo de su propia locura colectiva bajo el código de comunicación correcto».
No será la copa de Yamal / Como mi abuelo decía / Ojo con Tim Payne en el Mundial / Es el nuevo Di María / Yo lo banco, yo lo aliento, lo sigo desde Cemento / Con Tim Payne desde la cuna hasta el cajón / Sos un crack con mucha altura / Te aplaudo en cada murra, en los centros a la olla y en los quiebres de cintura…

En las últimas días, Payne salió en un video, con un español muy esforzado, agradeciendo «a Valentín por su iniciativa», apareció la novia costarricense Michelle Peters, feliz y hasta cantando la pegadiza cumbia que otro visionario músico de las redes (Juan Palavecino, músico y docente) decidió publicar y, como era de esperar se viralizó. Además, en esta semana vertiginosa, Payne jugó un amistoso con Haití que fue televisado por una señal deportiva en Argentina y el último miércoles se produjo el esperado encuentro del neozelandés y el autor intelectual de, sin duda, la primera figura del Mundial que todavía no empezó.
Para Joaquín Linne, investigador del Conicet «hay algo rioplatense en agarrar una situación lateral, sin peso, y volverla épica compartida. El fútbol, el humor, la cargada cariñosa, fabricar un ídolo de la nada, son lenguajes que acá manejamos con soltura. Y deja ver que la influencia no baja solamente desde las grandes estrellas: una comunidad mediana pero activa, con buen timing, puede iniciar algo que después escala por su cuenta».

«La gente se sumó a la movida porque se divierte, porque no cuesta nada y porque tiene la sensación de estar adentro de algo en curso. Y ahí hay un punto que me importa: uno no consume el fenómeno, lo produce. Por eso la pregunta ‘¿con qué fin?’. El fin es participar, no hay un objetivo más allá del juego mismo», reflexiona Linne, también sociólogo y especialista en jóvenes y tecnología.
Está convencido Linne que «hay algo más de fondo y es la necesidad de ser parte de algo grande, de sentir que incide, que está adentro de una historia que se está escribiendo. Es una especie de micromilitancia corrida de la política: sin programa, sin causa, donde lo que se milita es la pertenencia misma, el gesto de coordinarse y comprobar que entre muchos se produce un efecto».

El investigador del Conicet cierra con que «las ganas de pertenecer y de hacer algo juntos no se evaporan, se reorientan hacia formas más livianas, lúdicas y descartables. Una causa absurda, sin costo, que por unos días te mete en un ‘nosotros’. Y se apoya en fanatismos que ya están a mano: el fútbol, las redes, los retos virales, los influencers ocupando un lugar que antes tenían otras figuras».
Para Manuela Gutiérrez, Doctora en Ciencias en Salud Colectiva, «resulta significativo que Payne llegara al conocimiento de millones de personas sólo a través de las redes sociales. No se trató de un acontecimiento deportivo extraordinario lo que lo llevó a la fama, sino una dinámica comunicacional. Su salto a la notoriedad no estuvo asociado a un mérito deportivo excepcional, sino a la acumulación masiva de seguidores, likes y comentarios. Esto expresa una transformación profunda en los mecanismos de reconocimiento social: la fama puede construirse de manera independiente de los logros que la justificaban tradicional e históricamente».

Desde una perspectiva sociológica, Gutiérrez se permite preguntar qué significa en la actualidad ser alguien famoso. «Durante gran parte del siglo XX, una celebridad se asociaba a trayectorias artísticas, deportivas, entre otras. En la actualidad, la visibilidad misma puede transformarse en el fundamento de la fama. Es decir, volverse conocido porque muchas personas observan, independientemente del motivo inicial de esa observación».
Finalmente Gutiérrez, también socióloga, remarca que «vivimos en sociedades en las cuales la exposición pública se ha convertido en un valor altamente deseable. Las redes sociales contribuyeron a consolidar la idea de que ser visto y reconocido constituye una forma de éxito. Desde esta mirada, la campaña de Payne surge como una suerte de juego colectivo que concede, aunque sea por uno momento, aquello que muchas personas buscan: tener el reflector apuntando sobre sí».
Docente de la UBA, la psicóloga Marina Halperín apunta a que Scarso, con su iniciativa, «juega una carta importante cuando propone el ‘hagamos famoso al menos famoso’. El primer aspecto es ponerse en lugar de líder y formar un grupo con el ‘hagamos’. Él mismo comanda, dirige y habla en plural».
«Lo que surge a continuación -prosigue Halperin- es una sensación de pertenencia: el todos nos juntamos para hacer algo. Un grupo le da a una persona cierto rasgo de identidad, un rasgo que todos tienen y comparten. Somos de tal manera, nos parecemos. En este caso: los argentinos somos ocurrentes, divertidos, respondemos rápido… Todas las personas necesitamos sentir que somos parte de algo, los seres humanos vivimos en grupos, comunidades, dependemos del afecto y los vínculos con otras personas».
«Otro aspecto central con el que juega el influencer -concluye Halperín- es la necesidad de ser protagonista que tenemos todos. Está en nuestras manos hacer famoso a alguien y lo hacemos apelando al mecanismo de identificación. Hacer famoso al desconocido, al que es tan anónimo como cada uno de nosotros. Si Payne puede tener millones de seguidores, nosotros también podemos».
Queda boyando una sensación que tiene que ver con que hay algo de ganador de Gran Hermano en lo ocurrido con Payne. ¿Puede ser? «Sí, algo hay y es que alguien puede volverse célebre sin una trayectoria que lo respalde, sólo porque mucha gente decide mirarlo y hacerlo circular. Lo que cambió es la velocidad y los puntos de partida posibles».
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