
Cruïlles, Monells y St Sadurni de la Hiedra
Una vez más la limpieza del sotobosque con rebaños ha contribuido a que este primer gran fuego del verano se pudiera frenar a tiempo. La treintena de cabras de Albert Ribas, que ocupa con su familia Mas Cases, una masía aislada en la urbanización Vall Repòs, de Santa Cristina d’Aro, han jugado un papel fundamental en la evolución de un incendio, que durante varios días ha quemado el Empordà. “La finca estaba limpia y eso, junto con el trabajo de los bomberos, permitió salvarlo todo”, afirma Albert. Estaba limpia porque cada año se ocupa de la limpieza del sotobosque, que después mantiene a raya con su rebaño.
“Eso ha permitido que no hubiera una continuidad vertical de las llamas y que fuera más fácil apagarlo”, explicaba hoy cuando hacía poco rato que había regresado a su hogar después de dos días desalojado. Durante este tiempo estuvo en casa de unos amigos del núcleo próximo de Sant Miquel d’Aro, donde el día que se originó el fuego vivió muchas horas de incertidumbre hasta que supo que las cabras que había tenido que dejar estaban a salvo.
“Nadie quiere vivir en el campo y el bosque se ha perdido”, cuenta Albert, que hace 8 años que reside en la masía
Como todos los vecinos de la urbanización Vall Repòs el viernes pasado salió deprisa de casa, con el tiempo justo de poner agua y comida al ganado para que aguantaran un tiempo prudencial. Los dejó en el corral del campo. “Cerrarlos en el establo de casa nos daba miedo por la posible acumulación de humo”, explica. Pero a medida que el incendio crecía, también lo hacía su desazón.
“El viernes no supimos nada y lo pasamos mal”, recuerda. Cuando el fuego ya no era un peligro, el sábado, los bomberos lo acompañaron por primera vez para que pudiera alimentar a las cabras, darles agua y ordeñarlas. Aquel día sí que pudo ver la gran extensión de alcornoques quemado. “El corcho está perdido, lo quemado no se vende”.

La masía donde vive ahora Albert data del siglo XIII y siempre ha tenido masoveros, que han hecho una buena gestión del espacio. La suya es una pequeña gota en el océano, en un entorno, las Gavarres, en qué el 94% del espacio es bosque. En los años 60 lo era el 60%. “La gente que no vive aquí no se hace a la idea, pero yo con el rebaño paso por zonas llenas de bancales que los antiguos masoveros que ahora tienen 70 años ni habían visto cultivadas”. Lo que antes eran pequeños huertos han quedado emboscados.
Albert considera que el punto de inflexión vino a mediados del siglo XX, con la entrada del gas y el gasóleo cuando los hornos de cerámica de La Bisbal dejaron de funcionar con leña. “Sin necesidad de leña, las Gavarres fueron quedando abandonadas”, manifiesta.
Reconoce que el paisaje mosaico del cual tanto se habla es mucho más resiliente, pero avisa de que antes aguantaba por los payeses, no por las administraciones. “Ahora en cambio, nadie quiere vivir en el campo y el bosque se ha perdido; no es tanto una cuestión de dinero, sino que falta gente que se quiera dedicar al campo”, decía. Este adelgazamiento del mundo rural también lo ve desde hace años la payesa y viticultora Núria Molla.
Explica que el abandono agrícola ha tenido su impacto en el estado de las Gavarres. “Antes había muchos pequeños productores que favorecían el paisaje mosaico que tanto habría ayudado en este fuego, pero ahora los gobiernos se están cargando al pequeño productor”.



