Hacia 1490, pocos sospechaban que estaban viviendo el final de una época. La Tierra seguía teniendo el mismo aspecto que para sus abuelos, las instituciones parecían sólidas y los grandes poderes conservaban buena parte de sus estructuras. Sin embargo, bajo esa apariencia de continuidad, el mundo comenzaba a transformarse.
Recapitulemos unas pocas décadas, primero desde una perspectiva europea. La caída de Constantinopla en 1453 (fin del Imperio Romano de Oriente), el desarrollo comercial y cultural de las ciudades-estado italianas, la difusión de la imprenta desde 1440, las relevantes campañas marítimas de Portugal en África y Asia, la unión (en un contexto de consolidación de monarquías) de los reinos de Castilla y Aragón en 1469 más la expulsión de los árabes en Granada y la llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Continente, alteraban gradualmente las coordenadas heredadas.
Pero visto desde una perspectiva más amplia, como ha señalado Judith Herrin en sus estudios sobre Bizancio, la caída de Constantinopla no marca sólo un final, sino también el comienzo de una nueva configuración del poder euroasiático.
El planeta de 1490 era multipolar. La dinastía Ming gobernaba China. El Imperio Otomano expandía su influencia sobre Europa y Asia. Songhai dominaba amplias regiones de África occidental. Los sultanatos de India articulaban importantes redes comerciales. Del otro lado del Atlántico, los imperios azteca e inca alcanzaban su máxima expansión. Europa todavía no era el centro del sistema mundial.
La segunda mitad del siglo XV fue una coyuntura excepcional. Fernand Braudel la habría definido como un tiempo de duración media en el que convergían procesos de larga duración que venían madurando desde siglos atrás. No fue la modernidad en sí misma, sino el umbral de la modernidad. Un período en el que viejas estructuras comenzaban a perder eficacia mientras las nuevas todavía carecían de una forma reconocible y se empezaban a mezclar con aquéllas.
Un autor muy respetado como el británico John Darwin identifica en un libro sobre la caída del imperio mongol al período 1400-1620 como la «era de los descubrimientos». Pero la expresión puede resultar engañosa si se la interpreta únicamente como una sucesión de expediciones. Lo que estaba ocurriendo era algo más profundo: la ampliación simultánea de los horizontes geográficos, económicos, culturales y políticos del mundo conocido. Aporta en ese punto Immanuel Wallerstein que, de la mano de los cambios en el poder, se reformulaba el sentido de la expansión colonial, apareciendo una primera idea de mercado global articulado regionalmente entre productores principales, secundarios e industriales. Comenzaba a tomar forma la integración gradual del planeta en un sistema mundo, al decir del autor estadounidense citado.
La imprenta desempeñó un papel decisivo, transformando la manera de contar e imaginar al mundo. Se ampliaron los horizontes mentales de las sociedades tanto como los barcos ampliaban los horizontes geográficos. Ello impactó profundamente en la cultura. Un autor que ha estudiado a fondo estos cambios, como el historiador (nacido en Londres e hispanista) Felipe Fernández Armesto ha señalado el carácter visiblemente mutante de la cultura, como también el papel que juegan en esa metamorfosis factores determinantes, entre ellos la economía o la política.
Mutaciones
Algunos autores han encontrado paralelos sugerentes con nuestro tiempo. Yuval Harari ha comparado la revolución geográfica de los siglos XV y XVI con la revolución tecnológica contemporánea. Otros han visto en internet un fenómeno comparable a la irrupción de la imprenta. Las analogías son imperfectas, pero apuntan a una intuición relevante: cuando cambian las formas de comunicación, los modos de producción y las relaciones de poder, también cambian los mapas con los que las sociedades interpretan la realidad.
En diversas obras, especialmente su Historia Política del Mundo Contemporáneo (1987), Peter Calvocoressi concluyó que los órdenes internacionales rara vez desaparecen de manera súbita. El abogado e historiador británico observó que durante largos períodos es posible hallar la convivencia de instituciones del viejo sistema con fuerzas emergentes que todavía no encuentran una forma política estable. La canadiense Margaret MacMillan, por su parte, ha recordado en varias de sus obras (en general destinadas a las grandes guerras del siglo XX) que los grandes cambios históricos suelen presentarse primero como una acumulación de señales ambiguas que sólo adquieren sentido retrospectivamente.
Tal vez sea eso lo que caracteriza a las primeras décadas del siglo XXI. La última globalización, lejos de representar un orden consolidado, parece haber inaugurado una nueva transición, una suerte de medio para un fin aún no visualizado. La revolución digital, la inteligencia artificial, el regreso del multicentrismo con un desplazamiento hacia Asia, la crisis del orden surgido tras 1945, la transición energética y las transformaciones demográficas globales sugieren la convergencia de procesos de larga duración cuyos efectos finales todavía desconocemos.
Si John Darwin describió el período 1942-1989 como el tiempo del «adiós a los imperios» (y hasta ahí llegó su división de la historia), quizás todavía no disponemos de un nombre adecuado para la etapa actual. Tal vez porque seguimos dentro de ella.
Los hombres y mujeres de 1490 no sabían que estaban ingresando en la Edad Moderna. En poco tiempo todo había cambiado. Hoy, nosotros tampoco conocemos el nombre de la época que está naciendo y como señala Margaret Mac Millan en una reciente entrevista, pocas veces como ahora “nadie sabe muy bien lo que va a pasar”. Pero compartimos con aquellos ancestros una experiencia singular: la sensación de que los mapas heredados perdieron precisión mientras el nuevo mapa comienza a dibujarse.
Y acaso la pregunta decisiva sea: ¿cuáles fueron nuestros 1453 o 1492? No alcanza con desempolvar algunos libros de historia ni con reunir algunas citas para responderla. La que vivimos sigue siendo una obra en construcción




