El relieve de la siesta

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

En los salones de la Belle Epoque, después del té, alguien sacaba de un cajón un artefacto de madera con dos lentes y un caballete para sostener tarjetas de cartón. Era el estereoscopio, la diversión más codiciada de la sobremesa. Cada tarjeta mostraba dos fotografías casi idénticas de un mismo lugar, tomadas con apenas unos centímetros de diferencia, y el truco consistía en que cada ojo recibiera una de ellas. Entonces ocurría el prodigio. Las dos imágenes planas se fundían en una sola y, ante la mirada del aficionado, las pirámides, los canales de Venecia o las cataratas del Niágara se hundían en el cartón y cobraban volumen, distancia, aire entre las cosas.

Los viajeros de sillón de aquellos años aprendieron algo que los viajeros de verdad conocían de sobra. Un paisaje visto desde un solo punto es una postal. La profundidad llega cuando se lo mira desde dos lugares a la vez.

Esa lección se aplica con exactitud a un rincón del nordeste argentino donde dos miradas, la de un pueblo y la de un humedal, se superponen hasta producir relieve. Una de ellas es Concepción del Yaguareté Corá. La otra son los Esteros del Iberá, que empiezan a pocos kilómetros de sus últimas casas. Entre ambas, a modo de lente, funciona una esquina con galería que lleva por nombre La Alondra’i.

Concepción queda a unos 190 kilómetros de la capital correntina, por rutas asfaltadas que se recorren en poco menos de tres horas. Su nombre guaraní alude al corral del yaguareté, el jaguar que reinó en estos pagos, y su fundación, en 1796, la coloca entre los pueblos más antiguos de la provincia. La distingue hoy la condición de Poblado Histórico Nacional. En 1810 pasó por sus calles Manuel Belgrano, y todavía conserva casas coloniales de galerías amplias, de esas que parecen inventadas por alguien que entendía el calor mejor que cualquier ingeniero. El Museo del Hombre de Campo retrata al mencho, como llaman aquí al gaucho correntino, la memoria de la Pilarcita ocupa un lugar querido en la tradición local y cada primer fin de semana de mayo el pueblo celebra al peón rural con una fiesta de rodeo, música y asado.

Existe en Concepción una hospitalidad que se parece a una costumbre familiar. Las cocineras y cocineros del Iberá, vecinos que abren sus casas y sus hornos al visitante, ofrecen la mesa servida como quien convida a un primo que llegó de lejos. Se recorre el pueblo a pie, en bicicleta o a caballo, siempre al compás de una siesta que ordena las horas con autoridad de ley.

Una esquina con memoria

En la intersección de Independencia y Capitán Arbo y Blanco, en el número 402, una casa antigua abre su galería hacia la calle. Quienes la miran de paso sospechan, con razón, que ha vivido muchas vidas. Funcionó como almacén de ramos generales, ese comercio de pueblo donde convivían la yerba, los clavos, las telas y los chismes. Funcionó como barraca de acopio de cueros, en los años en que la región vivía del comercio de pieles. Fue casa de familia y fue hospedaje, hasta que alguien decidió que su destino mayor era recibir a viajeros con nombre de pájaro.

La inauguración oficial ocurrió en septiembre de 2016, al mediodía, en el marco de los 220 años del pueblo. Sus creadores, Valeria Rolón y Porfirio Aquino, ya conocían el oficio, porque eran los dueños de La Alondra Casa de Huéspedes de la ciudad de Corrientes. Cuando abrieron esta segunda casa explicaron que su hotel, fiel a su condición de ave migratoria, había tomado vuelo hacia un nuevo destino con su mismo estilo, su servicio y su calidez. Ningún nombre cuadra mejor con ese gesto. La alondra canta mientras asciende y migra llevando consigo el aire del nido anterior.

El apóstrofo final es guaraní. Ese sufijo marca lo pequeño con ternura, como el diminutivo italiano o el cariño con que una abuela estira una palabra, de modo que Alondra’i significa la pequeña ave alondra, y la escala de la casa lo confirma. Son cuatro habitaciones con capacidad para diez personas, todas con camas que pueden armarse twin o king, y un par de ellas admite una cama extra. Las puertas de los cuartos se abren hacia la galería, que cumple el papel de columna vertebral de la casa. En las horas más pesadas del día se vuelve refugio obligado, el sitio donde el aire se queda quieto, la sombra se espesa y un sillón y un libro alcanzan para fabricar una tarde perfecta. Los viejos constructores del litoral sabían que una galería es la primera tecnología de los climas cálidos, un recurso que se defiende del sol con paciencia y sin máquinas.

El jardín, plantado con especies nativas, funciona como ensayo general de lo que vendrá. Pasear entre sus hojas equivale a repasar la gramática del paisaje antes de conversar con el paisaje verdadero. Los materiales, según la crónica de la inauguración, se eligieron con nobleza, y la casa conserva el estilo de la familia de hoteles a la que pertenece, con la huella de la historia y las costumbres del pueblo en cada rincón. Un pequeño bistró exclusivo pone en escena la gastronomía local, el desayuno viene incluido, hay conexión wifi, anfitrión personal, lavandería, traslados y servicio a la habitación, y la entrada, desde las dos de la tarde, permite llegar sin apuro desde la ruta.

Los viajeros que pasaron por allí coinciden en un punto. El principal lujo de La Alondra’i es el trato, esa certeza de ser esperado que ningún mármol logra fabricar. Una reseña la define como una casa pensada para quienes desean vivir el ritmo de un poblador de Concepción antes de asomarse a los esteros, y otra la elogia como excelente base para observar aves.

Los grandes viajeros de comienzos del siglo XX, esos que cruzaban continentes en trenes de ventanillas empañadas y vapores de ruedas laterales, escribían sus páginas más tiernas sobre las posadas pequeñas donde alguien les había servido una sopa tibia y una conversación. Rara vez recordaban la catedral. Recordaban el patio, la lámpara y la voz de quien les abrió la puerta, y esa es la herencia que esta esquina de Corrientes recoge, sin alardes, con la elegancia de lo que sabe que no necesita demostrar nada.

El otro ojo

La segunda imagen del estereoscopio se llama Portal Carambola. Es el acceso oeste del Parque Nacional Iberá, a unos 27 kilómetros de Concepción, por un camino de ripio y tierra que invita a bajar la velocidad y subir el volumen de la curiosidad. Quienes lo conocen lo describen como un portal que se mueve a otro ritmo, más íntimo y más pausado que otros accesos al humedal, con recorridos donde las conversaciones con los pobladores pesan tanto como los avistajes.

La excursión emblema es la canoa a botador, una embarcación que se desliza sobre arroyos de aguas quietas empujada con una larga vara, con el silencio como único motor. En ciertas travesías la canoa avanza tirada por caballos que caminan dentro del agua, una escena que mezcla el oficio rural con una poesía involuntaria y que se vuelve difícil de olvidar. Se ofrecen también caminatas, cabalgatas, kayak y salidas de observación, y las orillas se pueblan de yacarés quietos como troncos, carpinchos que mastican con indiferencia soberana, ciervos de los pantanos y aves de todos los tamaños. Conviene entrar al parque con un guía local, que conoce los senderos y sabe en qué recodo se esconde la mejor luz.

De regreso al pueblo, el viajero llega con barro en las botas, polvo en el pelo y los binoculares exhaustos, y la galería de La Alondra’i lo recibe con su sombra de siempre. Entonces se completa el efecto. El ojo izquierdo recuerda el esterón, con su cielo enorme y sus camalotes errantes, el derecho reconoce la casa, el patio, el jardín nativo, la mesa servida, y ambas imágenes se funden en una sola que adquiere volumen, distancia, aire entre las cosas. La excursión sin la casa es una postal de naturaleza, y la casa sin la excursión es una postal de pueblo. Juntas producen profundidad.

Vale la pena sumar a la ecuación el recorrido histórico por Concepción, los museos, el Centro de Interpretación del Iberá y los lugares donde estuvo Belgrano, para que la mirada gane una tercera dimensión, la del tiempo. El humedal más vasto de la región, la memoria de un jaguar, una fecha de fundación del siglo XVIII y una galería con sombra componen un cuadro que ninguna agencia puede vender del todo, porque su valor depende de que alguien se tome el trabajo de mirarlo con los dos ojos.

Hacia 1900, los estereoscopios llenaban los salones porque la gente quería viajar sin moverse, y para eso bastaba con un cartón y un par de lentes. Bastó, también, para descubrir que ningún truco reemplaza lo real, y que el viaje auténtico exige piernas, polvo y paciencia. Quien duerme en la galería y despierta en la canoa guarda en la memoria una tarjeta completa, el pueblo a un lado, el esterón al otro, y entre ambos, flotando, el único relieve que ningún aparato supo fabricar, la sensación de estar adentro.

Lo demás se llama fotografía. Esto se llama haber estado.


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Redacción

Fuente: Leer artículo original

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