Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Hacia 1840, en un castillo inglés, una duquesa sintió que se le hundía la tarde. Anna, séptima duquesa de Bedford, almorzaba temprano y cenaba cerca de las nueve, y entre una comida y la otra se abría un desierto de horas que ningún protocolo sabía cómo atravesar. Según cuenta la tradición, hacia las cinco padecía una sensación de vacío que le arruinaba el humor. Pidió entonces que le llevaran a la alcoba una tetera, pan con manteca y un trozo de torta, y comprobó que el remedio funcionaba tan bien que lo repitió cada día, y que con el tiempo las amigas empezaron a visitarla justo a esa hora.
Medio siglo después, el té de las cinco era una institución. Los grandes hoteles de la Belle Epoque rivalizaban en esplendor, con porcelana fina, bandejas de varios pisos y orquestas escondidas detrás de las palmeras, y los viajeros que cruzaban continentes con sus baúles y sus libretas descubrieron algo que los almanaques jamás les habían enseñado. Una travesía larga se vuelve soportable cuando se divide en mesas servidas, y quien sabe en qué momento volverá a comer viaja con el ánimo más sereno que quien depende de la suerte.
Esa sabiduría de duquesa, la de cuidar las horas flacas del día, gobierna hoy una estancia del nordeste argentino donde se come cuatro veces por jornada y donde, a la hora del té, un carpincho puede observar desde el pasto la porcelana con aire de inspector. Para llegar hay que internarse en Corrientes, la provincia del Paraná anchísimo, fundada en 1588, donde el tereré reemplaza a la tetera, el chamamé suena en patios y radios y la siesta se defiende con rigor de institución. En el centro de ese territorio se extienden los Esteros del Iberá, un laberinto de lagunas, camalotes y pajonales que ningún cartógrafo antiguo supo dibujar sin temblarle el pulso.
La puerta del laberinto se llama Concepción del Yaguareté Corá, a unos 190 kilómetros de la capital provincial por rutas asfaltadas. Su nombre guaraní recuerda el corral del yaguareté, y su fundación, en 1796, la cuenta entre los pueblos más antiguos de la región. Hoy es Poblado Histórico Nacional, conserva casas coloniales de grandes galerías y recuerda el paso de Manuel Belgrano por sus calles en 1810. Un museo retrata al mencho, el gaucho correntino, y cada comienzo de mayo la plaza celebra con jinetes y música al peón rural. Desde allí, un camino de ripio y tierra de 27 kilómetros conduce hasta el Portal Carambola, acceso oeste del Parque Nacional Iberá, y casi al final, entre pastizales abiertos y cielo en exceso, se levanta una estancia de otro siglo. Se llama El Tránsito.
Un casco que regresó de la ruina
La estancia nació en 1921, cuando el Iberá era todavía un confín remoto y la ganadería parecía el único destino razonable para tanta pradera. Funcionó como establecimiento rural durante décadas y dejó su marca en el paisaje y en la identidad del lugar. Luego llegó el abandono, un proceso lento y paciente. Las maderas se pudrieron, los tanques de agua se llenaron de óxido y pasaron más de tres decenios sin que alguien se ocupara de los techos.
A comienzos de los años 2000, Kris y Douglas Tompkins, la pareja de conservacionistas que impulsó buena parte de la recuperación del Iberá, compró el campo a través de su organización. Encontraron, en palabras de la propia casa, una ruina literal, y se pusieron a trabajar durante cuatro años consecutivos. Restauraron el casco histórico, tendieron cien kilómetros de alambrado perimetral para proteger el humedal, arrancaron las plantaciones de eucaliptos que se habían adueñado del terreno e ideó un modelo de ganadería orgánica con el propósito de demostrar que producir y conservar pueden convivir bajo el mismo cielo.
En 2018, la empresa Más Iberá S.A. adquirió la propiedad y completó el giro final. Los muros que los Tompkins habían salvado asumieron otras tareas, de modo que donde antes se guardaban aperos y se planeaban rodeos hoy hay habitaciones, comedor y salones de conversación. La operación tuvo la elegancia de lo que respeta, porque ninguna pared cayó para dar lugar a una novedad. Todo siguió en pie y cambió de oficio, como un viejo capataz que se jubila y acepta convertirse en guía de visitantes.
La casa cuenta con trece habitaciones distribuidas en cinco categorías, Deluxe, Junior Suite, Junior Family Suite, Suite y Casa Yaguareté. La Deluxe ronda los veintisiete metros cuadrados y aloja a dos personas, en camas separadas o matrimonial. La Junior Family Suite admite cuatro y existen cuartos comunicados para familias numerosas, mientras que la Casa Yaguareté, una villa independiente, ofrece la mayor intimidad posible en el interior de un parque nacional. Los menores de tres años se hospedan sin cargo y un espacio de juegos inspirado en la fauna del humedal mantiene ocupados a los pequeños exploradores.
Trece habitaciones son pocas, y esa escasez es una decisión de estilo. En una casa de ese tamaño el personal sabe el nombre del huésped antes de su llegada, y el guía recuerda cuántas aves se avistaron la víspera. Los viajeros que dejaron su opinión elogian la calidez de todo el equipo, desde recepción hasta la cocina, y varios mencionan la bienvenida con degustación regional que los esperaba al bajar del auto. Otro la bautizó paraíso en el fin del mundo, y describió un parque donde ciervos, ñandúes y zorros salen a recibir a los recién llegados.
Los exploradores de comienzos del siglo XX, que atravesaban pampas y selvas en trenes de ventanillas sucias y carretas de ruedas altas, soñaban con estancias así, casas grandes y blancas abiertas en el borde del mundo, con una mesa larga, lámparas encendidas y la tranquilidad de saber que afuera la naturaleza seguía mandando. Casi nunca las encontraban. El Tránsito las ofrece con una ventaja que aquellos viajeros jamás habrían imaginado, porque quien duerme allí reposa dentro de uno de los proyectos de recuperación de fauna más ambiciosos de Sudamérica.
Cuatro mesas y un amanecer
El Parque Nacional Iberá se creó en 2018 sobre 183.000 hectáreas de antiguos campos ganaderos que fueron donados al Estado para su conservación, y El Tránsito forma parte de ese territorio. En el Portal Carambola, la Fundación Rewilding Argentina coordina el regreso del oso hormiguero gigante y del pecarí de collar, y en el conjunto del parque hay programas para diez especies, entre ellas el yaguareté, el felino más grande del continente, que volvió a criar en libertad en Corrientes después de décadas de ausencia. La prensa de viajes internacional comparó la historia con el retorno del lobo a Yellowstone, y los carpinchos que deambulan por el jardín, a veces hasta la orilla de la pileta, parecen haber asumido su papel de actores secundarios con total naturalidad.
La propuesta del lodge se resume en una frase, todo incluido. Desde el momento en que el viajero llega, por tierra desde Corrientes o Resistencia, en unas dos horas y media o tres, o directamente en avioneta, porque la casa posee una pista privada que la convierte en una de las poquísimas del país a las que se puede volar, el dinero desaparece de la conversación. El desayuno se sirve en buffet, el almuerzo y la cena constan de tres pasos, el té de la tarde honra a la duquesa con puntualidad y las bebidas acompañan cada servicio, con barra libre de cocteles de autor y vinos elegidos con criterio. La cocina trabaja con productos locales y de estación, y reinterpreta los sabores de Corrientes en un comedor que se abre hacia el campo.
Las excursiones guiadas por naturalistas completan el programa. Se sale a caminar, se rema en kayak, se navega en lancha, se cabalga por la estancia con el agua hasta las rodillas, se madruga para el safari del alba y se sale de noche en busca de ojos que brillan entre los pastos. La joya del repertorio es la canoa tirada por caballos, una experiencia propia del Portal Carambola que celebró la prensa especializada. La embarcación se desliza sobre el agua quieta arrastrada por equinos que avanzan despacio, con la solemnidad de quienes saben que el espectáculo les pertenece. Los aficionados a la pesca tienen su propio programa de dorado, con devolución al agua y guías expertos.
El ritmo cotidiano reproduce, a su manera, la lección de la duquesa. Se sale con los primeros rayos y los binoculares colgados, entre las más de trescientas cincuenta especies de aves de la región, y se regresa a media mañana con la libreta llena. Sigue el almuerzo largo, la siesta que ordena el cuerpo y una tarde de agua, de montura o de lectura. Hacia las cinco aparece la tetera, y el sol se inclina sobre los pastizales con una luz de cobre que ninguna taza de porcelana sabría igualar. Cuando cae la noche, el bar y el salón reúnen a los huéspedes con una copa en la mano, y las jornadas en los esteros se transforman en conversación.
La señal de celular es inexistente, y el wifi de la propiedad, veloz, completa la sensación de haber firmado un tratado razonable con el siglo XXI. La pileta, abierta todo el año, ofrece su propio espectáculo, con el calor intenso del verano compensado por un agua de temperatura impecable y, de noche, un cielo estrellado que las ciudades olvidaron fabricar. Se recomiendan al menos dos noches para disfrutar un día completo de actividades, aunque quien se queda una tercera descubre que el tiempo se vuelve elástico y que la última mañana tiene un sabor más lento, casi doméstico.
Los reconocimientos llegaron sin que nadie los persiguiera. National Geographic Traveller del Reino Unido incorporó el lodge a su colección de experiencias, la prensa de viajes lo celebró, y las plataformas de reseñas le otorgan puntajes que rozan la perfección. Los visitantes coinciden en un punto, que lo más valioso de la estancia son las personas que la atienden, atentas a cada detalle, desde antes de la llegada hasta después de la partida.
La duquesa de Bedford curó con una merienda una hora flaca de la tarde. Esta casa cura algo más hondo, la hora flaca de quienes viven demasiado rápido, esa que se hunde sin avisar entre un correo y otro. Los campos de Corrientes tienen una paciencia que las agendas olvidaron, y el humedal, con sus aguas inmóviles, sus aves insomnes y sus yaguaretés que vuelven de a poco, enseña que el regreso de las cosas es posible si alguien se toma el trabajo de esperar.
Cuando el sol toca por fin los pajonales y las lámparas de la estancia se encienden una a una, la mesa sigue tendida hasta el horizonte. Quien sienta algún día, como la duquesa, que se le hunde la tarde, ya sabe a dónde ir. Alguien, desde el pasto, ya ocupó la silla de al lado, y tiene aire de haber esperado siempre, con infinita paciencia, a que llegara la merienda.
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