Si Onofre Bouvila llegara hoy a la ciudad de los prodigios, la encontraría en plena fiebre de obras públicas. Hay proyectos de todas las administraciones, aunque, como es lógico, quien más promueve es el Ayuntamiento de Barcelona. El objetivo es siempre la mejora, aunque cada cual cuenta la feria según la zanja que tiene delante de casa. Todo lo que sea abrir una calle o cortar un carril de circulación parece que nos tenga que afectar a todos por igual. Vecinos, escuelas, comerciantes, repartidores y transporte público deben coexistir con el polvo y el ruido inevitables. Pero hay un segmento que vive en una realidad cuántica paralela en la que ninguna administración logra entrar.
Las grandes empresas privadas ocupan nuestras aceras con armarios indispensables para sus provechosos negocios. Es obvio que hay algunos, como los que controlan los semáforos, tienen una función pública y deben estar al alcance de los empleados. Pero no todos. Antes de empezar alguna de las referidas obras de mayor ámbito ha habido una preparación previa, con reuniones para programar las fases de ejecución y negociar el listado de exigencias. Cuando los trabajos prevén el soterramiento de dichos armarios, es sorprendente ver cómo algunas de las empresas afectadas dejan clara su oposición a hacerlo. Y, en un exagerado y alucinante resumen, aunque el técnico responsable diga que el armario ha de ir bajo tierra, los grandes siempre ganan y el armario se queda en superficie.
Empresas privadas ocupan nuestras aceras con armarios para sus provechosos negocios
Después, en el mejor de los casos, vemos estos muebles con adhesivos de todo tipo y también de medio mundo, ya que hay mucho turista salchichero que viaja con pegatinas a cuesta. O los encontramos decorados con lo que algunos llaman arte underground –Banksy ha creado escuela y muchos suspensos– y otros llaman pintadas que ensucian. La peor versión llega cuando algún vendedor de cerveza los revienta para esconder ahí las latas y después quedan todos los cables a merced de que alguien meta la mano y se electrocute. Ver armarios de empresas que ganan millones cerrados con una cinta de plástico de la Guardia Urbana es la constatación de que no todos vivimos en el mismo mundo. Por último, otra realidad demasiado obviada: estas cajas al lado de la calzada son un elemento mortal en caso de que choquen con ellas motoristas o ciclistas. Hasta el punto de que a veces las encontramos rodeadas de una cutre y no homologada barrera metálica no para proteger vidas, sino para ahorrar reparaciones.
En el fondo, la culpa es nuestra por exceso de educación y de fe en el prójimo. Así lo expresaba cierto capataz de una empresa subcontratada: “El problema es que sois muy finos. Reclamáis, hacéis escritos y esperáis que os hagan caso. Pues hay barrios donde yo pongo el armario en superficie y me lo arrancan. Lo vuelvo a poner, y lo vuelven a arrancar. A la tercera, es la empresa la que me dice que lo meta bajo tierra”.



