Echarle la culpa al de abajo es uno de los aprendizajes más irritantes de las distintas desgracias que ha habido en España en los últimos años. En el reciente accidente de tren acaecido en Urda, en un principio se nos quiso hacer creer –en una época de taxis sin conductor y coches que frenan solos– que toda la responsabilidad era de los controladores ferroviarios. El tiempo dirá si al final hay una sentencia tan desoladora como la del Alvia de Angrois, A Coruña, en la que el maquinista fue el único condenado mientras los responsables superiores quedaban absueltos. En el choque también mortal de Adamuz del mes de enero, el primer culpable tenía que ser el soldador que no hizo bien su trabajo en la reparación de las vías. Al oír eso, a muchos nos vino a la cabeza la muerte del punzante genio de la Fórmula 1, Ayrton Senna. La columna de dirección de su bólido se partió en plena carrera y se quiso achacar la rotura únicamente a una soldadura mal hecha.
Tener a mano un soldador supuestamente inútil siempre es una buena primera cortina de humo, humana para más detalle. Sucedió así en 1994, cuando se señaló a un operario del soplete como causante del fuego que destruyó la parte menos monumental del Gran Teatre del Liceu. Tuvieron que pasar seis intensos años hasta que la justicia cerró el telón absolviendo a todos los trabajadores de mantenimiento, al determinar que se limitaban a cumplir órdenes. Veremos cómo acaba el hombre que este verano fue detenido por trabajar en una carretera con una sierra radial cuyas chispas provocaron el incendio de les Gavarres. La empresa en la que estaba empleado ya recibió una multa de 300.000 euros y falta por ver el recorrido judicial del posible delito. La Generalitat había advertido a dicha empresa de las restricciones existentes por la ola de calor. El aviso se realizó –y debe ser legal pero es sorprendente– ¡a través de un mensaje de texto! Mientras, el incendio letal que se dio en Los Gallardos, Almería, aún sigue en fase de investigación y de instrucción penal. Ha habido rumores de que el origen pudo ser la caída de un cable eléctrico. Por si acaso, ya hay quien ha hecho correr la versión de que era de una instalación privada abandonada. Que no estaría tan abandonada si seguía teniendo electricidad suministrada por alguien. Algo nos dice que, al contrario de los escarabajos peloteros, nadie hará rodar la bola hacia arriba.
La dimisión del ministro es extraordinaria; aquí tenemos menos dimisiones que Rodalies puntuales
Hace unos días hemos tenido una dimisión de un ministro. Extraordinaria porque aquí tenemos menos dimisiones que Rodalies puntuales. Y autóctona porque, a diferencia de los países calvinistas, lo de aceptar culpas o responsabilidades no va con nosotros. Aquí, como mucho usamos un eufemismo, que según la Real Academia Española es una manifestación suave de ideas cuya franca expresión sería dura o malsonante. O sea, como decir “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir.”



