A 14 años del femicidio de Tatiana Kolodziey: la historia de Alfredo, el padre que eligió seguir creyendo

En octubre de 2012, el nombre de Tatiana Kolodziey ocupó durante semanas las portadas de los diarios. Su desaparición, la intensa búsqueda y el hallazgo de su cuerpo en un descampado de Resistencia convirtieron el caso en uno de los hechos policiales más impactantes de la historia reciente del Chaco. Aquel crimen movilizó a toda la provincia y se transformó en un símbolo de la violencia contra las mujeres, en un momento en que el término femicidio comenzaba a instalarse con fuerza en el debate público.

Sin embargo, detrás de ese expediente judicial existe otra historia. La de un hombre que durante catorce años convivió con una ausencia imposible de llenar, pero que nunca permitió que esa ausencia definiera por completo su manera de mirar el mundo.

Alfredo Kolodziej tiene hoy 85 años. Vive solo en su casa de Resistencia, acompañado por sus perros y gatos, cuida las plantas de su jardín y recibe con frecuencia a vecinos o personas que se acercan simplemente a conversar. Quienes lo conocen saben que nunca aprendió a cerrar la puerta a quien necesita una mano.

«Después me queda un vacío si no ayudo», dice con naturalidad.

Su historia comenzó muy lejos del caso que terminaría marcando su vida para siempre.

Nació en Salta. Su padre había llegado desde Polonia en 1929 buscando una oportunidad en la Argentina y su madre era jujeña. Tiempo después la familia se radicó en el Chaco. Alfredo recuerda que su padre, un hombre trabajador, tenía una obsesión: quería que su hijo estudiara y no tuviera que pasar por las mismas dificultades que él había atravesado.

Por eso ingresó primero al Colegio Don Orione y luego al Don Bosco. Más adelante comenzó su formación religiosa. Estudió en el seminario salesiano, pasó por Buenos Aires y Santa Fe, cursó Filosofía y durante varios años creyó que su destino sería convertirse en sacerdote.

Pero la vida cambió de rumbo.

Volvió al Chaco, apareció el amor y decidió formar una familia. Comenzó entonces otra etapa, ligada al trabajo y al esfuerzo cotidiano. Ingresó al Poder Judicial, donde desarrolló una extensa carrera hasta alcanzar el cargo de prosecretario. Paralelamente pintaba carteles, realizaba letreros comerciales, trabajó en el aeropuerto internacional y continuó estudiando.

«Nunca usé influencias para conseguir algo. Siempre trabajé», resume.

Ese concepto atraviesa buena parte de su relato. Alfredo habla con orgullo del esfuerzo personal y de la importancia de ganarse cada logro. Incluso recuerda que, cuando decidió jubilarse, prefirió dejar su lugar para que alguien más joven pudiera crecer dentro del Poder Judicial.

Una familia atravesada por las pérdidas

Mucho antes de la muerte de Tatiana, la vida ya le había impuesto golpes difíciles de sobrellevar.

Su hijo varón falleció cuando apenas tenía poco más de veinte años. Poco tiempo después murió su esposa. Alfredo reconoce que esas pérdidas dejaron heridas profundas, aunque nunca permitieron que dejara de proyectar el futuro.

Tatiana era la menor de sus hijos. Trabajaba como técnica radióloga, era independiente y tenía una personalidad que su padre define con una mezcla de cariño y admiración.

«Era muy cabeza dura», dice entre sonrisas.

Recuerda que defendía sus ideas, que no retrocedía fácilmente cuando estaba convencida de algo y que muchas veces discutían precisamente porque ambos compartían ese carácter fuerte.

Como cualquier padre, imaginaba que algún día ella formaría una familia, tendría hijos y que esos nietos llenarían la casa cuando él llegara a la vejez.

Ese era el futuro que esperaba.

Los días que cambiaron todo

Cuando recuerda octubre de 2012, Alfredo no habla primero del crimen. Habla de la última noche que vio a su hija.

Habían compartido una reunión familiar. Tatiana pasó buena parte de la noche hablando por teléfono con su novio. Él recuerda haber pensado que se trataba de una discusión más dentro de una relación que llevaba varios años.

Nunca imaginó otra cosa.

Cuando Tatiana desapareció, tampoco creyó que estuviera frente a un hecho criminal. Esperó convencido de que regresaría. Pensó que quizá estaba en la casa de alguna amiga o que había decidido alejarse por unas horas después de una discusión.

«Yo siempre pensé que iba a volver», recuerda.

Con el paso de las horas comenzaron las llamadas, la búsqueda y la incertidumbre. Mientras la preocupación crecía, Alfredo seguía aferrado a la idea de que todo tendría una explicación distinta a la que finalmente encontró.

Hoy reconoce que muchas veces se preguntó si hubo señales que en ese momento no supo interpretar. Había notado tensiones en la relación de pareja de Tatiana, discusiones que consideraba propias de cualquier noviazgo y algunas actitudes que le llamaban la atención. Sin embargo, insiste en que jamás imaginó un desenlace semejante.

Tres días después llegó la noticia más dolorosa de su vida.

El cuerpo de Tatiana había sido encontrado.

Comenzó entonces una investigación que mantuvo en vilo a toda la provincia y que terminó con la condena a prisión perpetua del remisero Juan Ernesto Cabeza como autor del femicidio.

Alfredo asistió al juicio. Observó cada audiencia desde el lugar de un padre que buscaba respuestas, aunque reconoce que nunca sintió la necesidad de enfrentarse cara a cara con el condenado.

«¿Qué le iba a decir?», se pregunta todavía hoy.

Su mirada crítica siempre estuvo dirigida hacia otro lado. Haber trabajado durante décadas en la Justicia le permitió observar el funcionamiento del sistema desde adentro. Por eso sostiene que muchas veces el problema no está en las leyes, sino en quienes tienen la responsabilidad de aplicarlas.

«La Justicia existe. Lo que pasa es que muchas veces quienes la administran la administran mal», afirma.

Aprender a vivir con la ausencia

El tiempo pasó, pero la ausencia nunca desapareció.

Alfredo reconoce que sigue extrañando a Tatiana todos los días. No solamente por lo que ocurrió, sino también por todo aquello que no pudo vivir.

Tatiana tenía 32 años, y atravesaba una tormentosa relación de pareja. Su asesino que conducía el remís pasó a buscarla por su casa, oyó una comunicación de ella con su novio y quiso usarla como coartada.

Le hubiese gustado verla crecer profesionalmente, formar una familia y convertirse en esa hija que acompañara sus últimos años.

Sin embargo, cuando habla de ella intenta que el recuerdo no quede reducido al crimen.

Prefiere recordar a la joven trabajadora, a la hija que discutía con él porque ambos eran igual de obstinados, a la mujer que tenía proyectos y sueños propios.

Hoy sus días transcurren de otra manera.

Vive prácticamente solo porque su hija mayor reside en España y sus nietos también hicieron su vida lejos. Lejos de dejarse vencer por esa soledad, ocupa el tiempo en pequeñas tareas. Cuida las plantas, mantiene el jardín, conversa con los vecinos y continúa ayudando a quienes llegan hasta su casa buscando una mano.

Incluso recuerda que durante mucho tiempo se ocupó de cuidar los jardines del edificio donde se desarrolló el juicio por el femicidio de Tatiana. Era una forma silenciosa de mantenerse activo y de no permitir que el dolor lo inmovilizara.

«No me aburro nunca», asegura.

Una fe que sobrevivió al dolor

A lo largo de toda la conversación hay una idea que aparece una y otra vez.

Alfredo dice que sigue creyendo en las personas.

Reconoce que no logra comprender cómo alguien puede ser capaz de causar tanto daño, pero tampoco quiere que esa incomprensión lo transforme en una persona desconfiada.

Por eso sigue ayudando a quien golpea la puerta de su casa. Por eso continúa creyendo que la sociedad solamente puede construirse a partir de la solidaridad y del respeto.

También habla de sus preocupaciones actuales. Le duele la violencia, las guerras, la pobreza y la falta de oportunidades para los jóvenes. Cuestiona a la dirigencia política cuando entiende que pierde de vista las necesidades de la gente y sostiene que quienes ocupan cargos públicos deberían hacerlo con espíritu de servicio y no por intereses personales.

Su mirada no nace únicamente de la experiencia de haber trabajado durante décadas en el Estado. También está atravesada por una vida que le enseñó que nadie está exento del sufrimiento y que, precisamente por eso, la empatía debería ocupar un lugar central en cualquier sociedad.

A los 85 años, Alfredo sabe que no puede cambiar lo que ocurrió ni recuperar a quienes perdió en el camino. Tampoco busca respuestas que probablemente nunca lleguen. Lo que sí espera es que las nuevas generaciones puedan crecer en una sociedad más justa, menos violenta y más solidaria.

Catorce años después del asesinato que conmovió al Chaco, Alfredo Kolodziey sigue siendo el padre que reclamó justicia por Tatiana. Pero también es mucho más que eso. Es un hombre que atravesó pérdidas difíciles de imaginar y que, aun así, eligió no renunciar a una convicción que repite cada vez que tiene oportunidad: todavía cree en las personas.

Redacción

Fuente: Leer artículo original

Desde Vive multimedio digital de comunicación y webs de ciudades claves de Argentina y el mundo; difundimos y potenciamos autores y otros medios indistintos de comunicación. Asimismo generamos nuestras propias creaciones e investigaciones periodísticas para el servicio de los lectores.

Sugerimos leer la fuente y ampliar con el link de arriba para acceder al origen de la nota.

 

De un esguince a una embolia pulmonar: cómo es la cirugía más compleja del mundo y quién es el único médico que la hace...

Ya es complicado leer su nombre en un primer intento, también en un segundo y hasta un tercero. La...

Ya fueron seleccionados los seis finalistas del premio Docentes que Inspiran

La iniciativa de Clarín y Zurich que reconoce a los docentes más inspiradores del país, ya tiene a sus...

Suicidio adolescente: las señales que no conviene ignorar

Alberto Fernández Mateos, integrante de "Hablemos de Suicidio", llegó a la prevención por una historia personal. En 1991, su...
- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí