A medio siglo de la masacre de tres sacerdotes y dos seminaristas la Iglesia sigue pidiendo justicia

En la fría mañana del 4 de julio de 1976 los feligreses comenzaban a llegar a la iglesia de San Patricio, en el barrio porteño de Belgrano R. Era domingo y querían cumplir con el precepto. Pero las puertas estaban cerradas. El tiempo pasaba y nadie las abría.

Acaso pensando que los sacerdotes se habían quedado dormidos, un adolescente de 16 años que era el organista del templo se trepó por un costado hasta alcanzar una banderola del salón parroquial. Al entrar no vio a nadie y decidió ir hasta las dependencias.

El impacto que sufrió fue tremendo cuando entró al living y se encontró con los tres sacerdotes de la iglesia y dos seminaristas acribillados bocabajo y alineados sobre una alfombra roja, donde luego se contaron 35 vainas servidas y 15 balas calibre 9 milímetros.

Eran los cuerpos de los sacerdotes Pedro Dufau, de 76 años; Alfredo “Alfie” Kelly, de 43, y Alfredo Leaden, de 57, y de los seminaristas Salvador Barbeito, de 25 y Emilio Barletti, de 24. Sobre el de Barbeito había un dibujo de Quino en el que Mafalda señalaba un bastón de la policía y la leyenda. “Este es el palito de abollar ideologías”.

Pero el mensaje principal estaba en dos pintadas que los verdugos habían hecho en la pared: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria” y “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son M.S.T.M”, en referencia al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.

Con ello el grupo paramilitar quería dejar en claro que los asesinatos que cometieron eran en venganza por la bomba que Montoneros –supuestamente adoctrinados por los religiosos- había hecho estallar dos días antes en el comedor de la Superintendencia de Seguridad de Policía Federal y que causó la muerte de 23 personas.

Luego se supo que en la madrugada dos jóvenes habían visto dos autos con varias personas en su interior, estacionados frente a la iglesia y como uno de ellos era hijo de un general que se desempeñaba como interventor de la provincia de Neuquén pensó que podía tratarse de un comando guerrillero que planeaba atentar contra su padre.

La comisaría envió un patrullero con un oficial que habló tranquilamente con los ocupantes de uno de los autores. Tras retirarse, el oficial le comunicó al hijo del general un mensaje de los integrantes del grupo de tareas: “Si escuchás unos cuetazos no salgás, porque vamos a reventar la casa de unos zurdos”.

Alrededor de una hora después, los jóvenes vieron bajar de los autos a varias personas con armas largas y entrar a las dependencias de la iglesia, pero no escucharon ningún estallido porque, como luego se determinó, los asesinos usaron silenciadores.

Increíblemente, la dictadura culpó a Montoneros por el atroz ataque: “Elementos subversivos asesinaron cobardemente a los sacerdotes y seminaristas. El vandálico hecho fue cometido en dependencias de la iglesia San Patricio, lo cual demuestra que sus autores, además de no tener Patria, tampoco tienen Dios”.

Los sacerdotes sabían que su vida corría peligro. El padre Kelly escribió tres días antes en su diario personal que se había dado cuenta de “la gravedad de la calumnia que está circulando acerca de mí. A lo largo del día he estado percibiendo el peligro en que está mi vida”.

Al día siguiente de los asesinatos, en una misa por los cinco religiosos, el padre Roberto Favre fue más allá de la reivindicación de los religiosos y se convirtió en la primera persona en hablar de las desapariciones delante de altos jefes militares que habían asistido: “Hay que rogar a Dios no sólo por los muertos –sostuvo-, sino también por las innumerables desapariciones que se conocen día a día”.

Incluso a tres meses del golpe abogó por la vuelta a la democracia. “En este momento –dijo- debemos reclamar a todos aquellos que tienen alguna responsabilidad, que realicen todos los esfuerzos posibles para que se retorne al Estado de Derecho que requiere todo pueblo civilizado”,

El periodista Eduardo Kimel, en su libro “La Masacre de San Patricio”, dice que el juez interviniente, Guillermo Rivarola, “no tomó en cuenta una serie de elementos decisivos para la dilucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta” que impidieron identificar a los autores.

Este sábado, al cumplirse medio siglo de la masacre, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, ofició una misa en el templo, atestado de gente, en cuya homilía afirmó los cinco religiosos “no creían en el mesianismo de las armas, de la violencia o de la opresión”.

“Ellos creían en el Rey que se presenta humilde. Su única arma fue el Evangelio; su trinchera fue la parroquia, el barrio, el confesionario, el altar y la cercanía con los más pobres”, subrayó.

Y concluyó: “Hoy lloramos juntos, pero como la sangre derramada hace cincuenta años, nuestras lágrimas quieren ser fecundas, y regar el suelo de una Nación que sigue clamando justicia”.

Redacción

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