Ante la constante presión inmobiliaria, turística y urbanística por toda la ciudad, los negocios emblemáticos de Barcelona, muchos de ellos centenarios, han bajado la persiana, sin muchas alternativas de futuro. En paralelo, esta realidad convive con que Barcelona es Capital Europea del Comercio Local, un sector que aporta el 13,2% del PIB, que genera ocupación de calidad a más de 152.000 personas y que mantiene activo el 90,9% de los locales comerciales, según los datos municipales.
Entre estos negocios, como si se tratase del pueblo galo de Astérix, aún hay establecimientos singulares que resisten las contiendas de “esos locos romanos” –léase: souvenirs, chuches, manicura, empanadillas, supermercados 24/7…– y se han reinventado para poder sobrevivir a la globalización. Además de ser un espacio vecinal referente, los comercios históricos afrontan un nuevo reto: cómo gestionar el relevo generacional y asegurarse una larga vida.
En Barcelona, ahora Capital Europea del Comercio Local, este sector aporta el 13,2% del PIB
Recorremos diferentes barrios para conocer el legado familiar de la farmacia Franquesa de Sant Andreu, la Guantería Alonso y la papelería Raima del Gòtic, Casa Vives de Sants y Fiol de Poble Nou. Todos son conscientes de su resiliencia y capacidad de adaptación. Lamentan que “en los últimos años, el modelo comercial de Barcelona se va pareciendo otras ciudades europeas, con las mismas tiendas, como fotocopias. Son proyectos efímeros que abren y cierran, constantemente”.

Miquel Vives y su hermana Victoria son la cuarta generación de la pastelería Casa Vives, en la calle de Sants, fundada por su bisabuelo Josep en 1895. Es un rincón gourmet, con un obrador con mesas de mármol, donde se elaboran, con mimo, todo tipo de pasteles y bombones. Tanto en la tienda de Sants como en la de la Rambla de Catalunya, combinan la tradición –mantienen dulces típicos para celebrar el santoral– con la innovación técnica. Tienen una clientela fiel, que valora su artesanía, pero reconocen que, a veces, cuesta ver el futuro con optimismo.
“Un negocio histórico, como el nuestro, aporta alma, personalidad y pertenencia al barrio y, por extensión, a Barcelona”, reflexionan. “Necesitamos que la administración nos ayude, con menos burocracia y presión fiscal e invierta en más limpieza –hace unas semanas nos defecaron en la puerta– y seguridad”, piden. “Si no, el relevo generacional se hace cuesta arriba. Aún nos quedan años de oficio, pero ya sé que mi hijo no quiere seguir con la pastelería”, subraya Victoria. “Cada día cierran más negocios emblemáticos. A veces nos sentimos como los últimos mohicanos de Sants”, anuncia Miquel, preocupado.
Las tiendas singulares tratan de resistir la avalancha de souvenirs, supermercados de 24 horas o manicuras
Esta sensación de futuro incierto también la vive Victoria Alonso y su hijo Hugo Peralta, al frente de la coqueta guantería Alonso, de la calle Santa Anna, fundada en 1905. El abuelo de Victoria ya fabricaba guantes de piel en 1890 y ella, tercera generación, persiste en ofrecer la máxima calidad. Con los años, ha ampliado el negocio con abanicos –pintados a mano, verdaderas joyas artísticas– que, en los casos más exclusivos, pueden superar los 1.000 euros. También vende prendas de mercería, fulares, pañuelos, sombreros y gorros.

“Tenemos tienda online y contamos con clientes internacionales, pero sobrevivir en el Gòtic es durísimo con las obras de La Rambla, la masificación del turismo y los que quieren comprar barato, sin valorar que tenemos piezas únicas”, reconoce. El establecimiento es su pasión, pero también su cruz. “Siempre explico que además de mi hijo, tengo una hija: la tienda. Pero, la verdad, no tengo vida personal porque trabajo 10 horas diarias y, encima, en verano abro en domingo”.
Hugo, formado en informática, aún duda si seguir en el negocio familiar: “me gusta el producto y el trato con la gente, pero nos han robado en varias ocasiones, he tenido que perseguir corriendo a una ladrona… Hay mucho sacrificio y esfuerzo”, observa. Además, denuncian que “la calle Sant Anna está sucia, huele a meado, es estresante y mantener el estatus de negocio histórico, sin ayudas, es complejo”.
Fiol, cien años enmarcando felicidad
El 2026 es un año para enmarcar. Por lo menos, para Salvador Olaria Riera, su mujer Pilar Figueras y su hijo Salvador, tercera y cuarta generación de la tienda de enmarcación y cuadros Fiol, que celebra su centenario. Para conmemorarlo, han creado un auca con la historia de la casa ilustrada por Kap. “Enmarcamos momentos felices”, dicen. Son de los pocos fabricantes de marcos que quedan en activo: “El 70% de los que había a inicios del 2000 han desaparecido. Tiene mucho mérito llegar a centenarios”, cuentan. “Nos diferenciamos en que construimos los marcos en nuestro taller de Trinitat Vella y ofrecemos un trato personalizado”, apunta, con orgullo, el veterano comerciante. A sus 80 años, sigue reivindicativo: “Hay que defender al pequeño comercio y reducirle la presión de los impuestos. También nos cuesta mucho encontrar personal”. A pesar de un mercado tan cambiante, Salvador hijo cuenta con un stock de 900 referencias para vestir con litografías, imágenes digitalizadas o fotos, tanto casas como hoteles.
Para colmo, les toca hacer de guías turísticos gratuitamente, ya que la librería de viejo que protagoniza La sombra del viento está inspirada en su comercio. “Hay días en que solo hay turistas que quieren hacer fotos y apenas entra un euro. Nos desconcierta nuestro futuro”, alertan. Eso sí, también, se llevan alegrías: “Una turista de Nueva Zelanda que hacía 10 años que no visitaba Barcelona, vino y nos dijo que la parada en nuestra tienda era obligatoria porque le encantaba”.
A pocos metros, en la calle Comtal está Raima, la papelería más grande de Europa, creada hace 40 años, en un edificio del siglo XVI, por Núria Raja y que ya está trabajando el relevo con su hijo Nil Muntané. En 2018 pasaron de dos plantas a seis y Nil creó el rooftop, como espacio cultural, donde se celebran eventos y conciertos. También se han digitalizado procesos para mejorar la atención al cliente.
“Hay días en que solo vienen turistas que quieren hacer fotos y apenas entra un euro en ventas”
En estas décadas, Núria reconoce que “todo ha cambiado: la dimensión, los canales de venta, la manera de consumir… Pero lo más importante continua intacto. Seguimos creyendo en el trato humano, en el conocimiento del producto y en la importancia de hacer el trabajo con detalle. Son nuestros valores”. Les encanta tener turistas como clientes, pero desearían que “los barceloneses y el resto de catalanes viniesen al Gòtic y a Raima, que lo recuperen como suyo. Este barrio es su ciudad”.

Reivindican que “Barcelona necesita comercio con identidad. Cuando desaparece una tienda histórica, pierde una parte de su carácter. Es evidente que hay dificultades: los alquileres, los cambios de hábitos de consumo… Pero también hay una oportunidad para los negocios que ofrecen algo que no se puede comprar solo con un clic: experiencia, conocimiento y confianza”, como es su caso. Imposible entrar en Raima y no enamorarse de su estética y de la alegría que desprende el local y su equipo, siempre atento.
Los alquileres de los locales y el cambio de hábitos de los consumidores lastra al comercio local
En la calle Gran de Sant Andreu, la farmacia Franquesa presume de cuatro generaciones desde el 1923, en un edificio histórico construido en 1842. Los hermanos Jordi y Joan Franquesa y Daniel, el hijo de este último, regentan un local rehabilitado que mantiene todo el patrimonio modernista e, incluso, una caja registradora con más de un siglo. La clave del éxito de mantenerse en el barrio, con una clientela fiel, es “la creación de fórmulas magistrales propias. Elaboramos nuestros cosméticos para mejorar la salud de nuestra gente”, detalla Jordi.
Con el máximo de productos naturales y una atención exquisita, tienen clientes de todas partes, gracias a internet. Daniel, la cuarta generación, está encantado de trabajar en la empresa familiar, rodeado de tanta historia. “Tuve claro que quería ser farmacéutico, no por imposición, sino por vocación. Aprendo mucho de mi padre y mi tío. Es un lujo”, concluye.



