Ahora que sí nos ven

Una sábana de hotel pintada con aerosol acaso puso el reclamo por Malvinas ante más ojos que sesenta años de diplomacia. Lo que esa escena enseña sobre la visibilidad, y sobre quiénes más la están peleando. El acto visibilizó el reclamo como nunca antes.

Por Jorge Víctor Ríos, Licenciado en Comunicación Social

Sábado 18 de julio de 2026. La sábana era de un hotel de Atlanta. Según reconstruyeron los medios, hinchas argentinos la pintaron con aerosol ese mismo miércoles y la arrojaron al césped cuando terminó la semifinal. Giovani Lo Celso la levantó, la desplegó junto a Otamendi y Lisandro Martínez, y las cámaras hicieron el resto: «Las Malvinas son argentinas», en letras negras, frente a una Inglaterra recién eliminada, ante una audiencia de miles de millones de espectadores de todo el planeta. En 1986 la revancha había sido muda, jugada en el cuerpo de Maradona; cuarenta años después, el reclamo se volvió texto.
Lo que siguió tiene el beneficio de lo medible. Las imágenes se viralizaron en minutos y la conversación saltó de las redes a las tapas de los diarios de medio mundo. Según Google Trends -una herramienta que no mide la justicia de una causa sino la dirección de las miradas-, las búsquedas mundiales sobre las Islas Malvinas crecieron un 2.400% en la semana, el mayor salto desde que existen registros comparables, en 2004. En el Reino Unido el interés subió un 1.700% respecto de la semana anterior, con picos puntuales que superaron el 5.000% interanual. Y entre las consultas que más crecieron hay una que merece leerse dos veces: «las malvinas son argentinas o inglesas meaning». Una generación británica nacida después de 1982 le preguntó a un buscador qué significa la frase que acá se aprende en la escuela antes que las tablas. El reclamo lleva 193 años; la pregunta, tres días.

Hagamos foco en esa asimetría, porque revela algo incómodo. La Argentina no descubrió esta semana que las Malvinas son argentinas: lo sostiene ante las Naciones Unidas desde la Resolución 2065 de 1965, que reconoce la existencia de una disputa de soberanía y llama a negociarla. Cada año la posición se expone en el Comité de Descolonización con argumentos históricos, geográficos y jurídicos, y cada año esa exposición ocurre ante salas que el mundo no mira. Tener razón es condición necesaria de las causas justas; la escena de Atlanta recuerda que nunca fue suficiente. Gayatri Spivak dedicó un ensayo célebre a ese problema: los subalternos hablan todo el tiempo, y el mundo organiza cuidadosamente su sordera.

La reacción británica completa la lección. The Sun tituló «arrogancia argentina» y calificó la pancarta de «repugnante»; el gobierno del Reino Unido le pidió a la FIFA que investigara, y la FIFA abrió un expediente disciplinario porque su reglamento prohíbe los «mensajes políticos» en la cancha. El antecedente que maneja el organismo es elocuente: en 2012 sancionó a un futbolista surcoreano por mostrar una pancarta sobre los islotes que su país le disputa a Japón. Los reclamos territoriales de las potencias viajan en portaaviones y no necesitan cartel; los de los países periféricos caben en una sábana y reciben expediente. Jacques Rancière llamó a esto el reparto de lo sensible: todo orden social decide de antemano qué se ve, qué se oye y qué merece la etiqueta de «político». Los himnos, los homenajes militares y las banderas estatales del propio Mundial circulan como paisaje; siete palabras pintadas con aerosol alcanzaron para que un tabloide, un gobierno y una federación coincidieran en que eso no se hace ahí.

Quien se haya indignado con esa respuesta -con el «no eran las formas», con el «no era el lugar»- tiene ya en el cuerpo el dato central de esta columna. Guardémoslo por un momento.

Esta indignación tiene historia puertas adentro. A los soldados que volvieron de Malvinas en 1982 los desembarcaron de noche, les pidieron silencio, los retiraron (el Gobierno y los medios) de la escena pública durante años: se trata del proceso que quedó nombrado con una palabra del politólogo Alain Rouquié, «desmalvinización». Los veteranos pelearon décadas para ser vistos, reconocidos, contados. Por eso lloraron esta semana frente a una sábana. «Esto para nosotros es algo grande», dijo un excombatiente ante las cámaras. Lisandro Martínez, consultado por esas lágrimas, respondió que no podían fallarle al pueblo argentino. La causa era la de siempre; lo inédito era la escala de la mirada.
Esa estructura -tener razón y no ser visto, hablar y no ser escuchado, irrumpir y que la discusión se mude hacia las formas- excede largamente los reclamos territoriales. Es la experiencia cotidiana de las poblaciones que, dentro de cada país, ocupan el lugar que la Argentina ocupa en el orden mundial: mujeres, personas LGBTI+, pueblos indígenas, comunidades racializadas, migrantes, personas con discapacidad; minorías y también mayorías dispersas o dispersadas. Cuando una marcha corta una avenida, cuando una bandera de colores cuelga de un balcón, cuando un pañuelo se multiplica hasta volverse marea, la operación es la de Atlanta: arrojar una sábana al centro del estadio donde el sentido común juega de local, y forzar la mirada. La respuesta también suele ser la de estos días -no son las formas, no es el lugar, para qué tanto escándalo-, dicha esta vez con nuestro propio acento. Judith Butler lo explica con la idea de marcos: encuadres previos que deciden qué vidas se ven, cuáles se lloran y cuáles ni siquiera se registran como pérdida. Correr ese marco, lento y ruidoso a la vez, es el trabajo de toda lucha por la visibilidad.
Por eso una de las consignas más coreadas del feminismo argentino dice, precisamente, «ahora que sí nos ven». Nació como canto de marcha -«ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven»- y nombra el umbral que Atlanta acaba de ilustrar a escala planetaria: el momento en que una causa deja de existir solo para quienes la cargan y empieza a existir para los demás. El observatorio que cuenta los femicidios en la Argentina lleva ese nombre, Ahora Que Sí Nos Ven, porque hasta contar a las muertas exige que antes alguien acepte mirarlas. Los excombatientes lo saben desde 1982. Y el Reino Unido lo aprendió esta semana, cuando millones de sus ciudadanos le preguntaron a un buscador por unas islas que creían fuera de discusión: nadie le pregunta a Google por aquello que nunca vio. Al día siguiente, a contramano de The Sun, el columnista Simon Jenkins pidió desde The Guardian que Londres retome las negociaciones, y hasta se preguntó si no será la semifinal la que termine de empujarlas: las islas, escribió, «no pueden ser británicas para siempre».
El domingo la selección juega la final y habrá de nuevo una audiencia planetaria disponible; y esta vez la sábana tendría hasta permiso: según reportó Sky Sports, el grupo de trabajo que comparten la Casa Blanca y la FIFA dio luz verde para que la bandera reaparezca si la Argentina sale campeona, aun con el expediente de la semifinal todavía abierto. Lo que el miércoles ameritó investigación llega al domingo con autorización: la frontera de lo decible se corrió de un partido al otro, y a la vista de todos. Pero la enseñanza de la semana no depende del resultado. La pancarta (el trapo, la sábana, el cartel) de Atlanta dejó intactos los expedientes de la diplomacia y multiplicó, en cambio, la cantidad de personas que saben que hay algo en disputa; ese saber compartido es el punto de partida de cualquier restitución, en el Atlántico Sur y en todas partes. Quedan, desplegándose cada semana, sin permiso de nadie, ante tribunas que miran para otro lado, todas las demás sábanas. La próxima vez que una de ellas corte una avenida y alguien pregunte para qué tanto escándalo, conviene recordar Atlanta: quienes la sostienen están haciendo lo mismo que hizo Lo Celso, por la misma razón, ante una tribuna que, en vez de ovacionar, silba.

Redacción

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