Por: Galo, Maíl.
La obra de Omar Tricarico dirigida por Nico Sorrivas se sumerge en la psiquis de Zuné, un hombre atrapado en un amor de “eternidad líquida” que sacude los cimientos de su propia identidad.
El refugio de la consciencia y la sombra del deseo

La puesta en escena nos traslada a la intimidad del hogar de Zuné (interpretado por Fabián Losada), un espacio que deja de ser físico para convertirse en un mapa emocional. Allí, el protagonista no está solo: convive con su propia conciencia, personificada de manera magistral por Mavy Yunes. Su “ella/él” es el espejo donde Zuné se fragmenta, oscilando entre la crudeza del instinto pulsional y una ternura expuesta, casi sin destino.
Zuné manifiesta su ternura y devoción como respuesta al desamor de una mujer que vive en las sombras de su doble vida. Ella aparece como un espejismo que jura amor eterno y ofrece palabras que sostienen, pero su partida deja tras de sí una soledad que cala hondo. La obra utiliza este vínculo para explorar la dualidad del ser:
¿Somos lo que amamos o lo que recordamos cuando el otro se va?

Al ser una actriz quien encarna su psiquis, se vuelve visible la fractura del protagonista: su parte más poética y vulnerable cobra vida propia, casi ajena a su cuerpo, evidenciando que en su soledad Zuné es un hombre habitado por el eco de lo que ama y de lo que ha perdido.
Crónica de un desamor oculto
La fuerza de esta obra reside en un intercambio dialógico cargado de matices poéticos que exploran los rincones más hondos del afecto. No es solo teatro; es, por momentos, una carta abierta al desamor.
Las conversaciones con esa “voz interna” viran entre la ternura más pura y un instinto de supervivencia emocional, mientras la escenografía refuerza la idea de unhogar que es, al mismo tiempo, refugio y celda de recuerdos.
Cada aparición de ella funciona como un respiro: le jura amor eterno y le entrega a Zuné las palabras exactas para seguir respirando. Pero cuando atraviesa la puerta, el vacío regresa con una violencia silenciosa que lo arrastra hacia una tristeza densa, casi tangible.

Una lucha entre la memoria y la realidad
Alas de Nuez es, en esencia, la representación del poder de enamorarse incluso cuando todo indica que el vínculo está condenado. Con una escenografía minimalista —diseñada por Humberto Rizzo y realizada por Juan Pensado— que potencia el contraste entre la frialdad de la ausencia y el calor persistente de la memoria, la obra invita al espectador a mirarse en ese espejo incómodo: el de los amores que no terminan de irse.

El ritual de la nuez: una analogía de la fractura
La poesía romántica de la obra gira en torno a una imagen potente: él y su amor imposible son como las dos mitades de una nuez, diseñadas para encajar perfectamente, pero condenadas a la separación.
La genialidad de la puesta radica en volver tangible esa metáfora. Antes de ingresar a la sala, se establece un pequeño contrato sensorial: el espectador recibe una nuez. Ese gesto no es decorativo, es conceptual. La coraza externa y su interior vulnerable espejan la dinámica de los personajes.

Al sostener el fruto en la mano, el público entiende —incluso antes de que la obra comience— que lo que está por ver es la historia de una mitad que busca desesperadamente a su par en el vacío.
Buenos Aires: la ciudad filosa que no perdona
La obra de Omar Tricarico no solo ocurre en una casa, sino que está profundamente anclada en una Buenos Aires “filosa”. La ciudad deja de ser un simple telón de fondo para convertirse en una fuerza activa, casi un personaje invisible que condiciona cada decisión, cada silencio y cada herida.
No es la Buenos Aires romántica ni la postal nostálgica: es una ciudad áspera, acelerada, que expulsa a su ritmo boraz. Una ciudad donde el amor, lejos de ser refugio, se vuelve un riesgo. Zuné habita esa tensión. Afuera, la ciudad exige dureza, velocidad, olvido. Adentro, su mundo se detiene, se espesa, se llena de recuerdos que no circulan.
La Buenos Aires que propone la obra no acompaña el proceso del protagonista: lo contradice. Lo empuja a seguir cuando aún no puede, lo obliga a habitar una normalidad que le resulta ajena. Y en ese contraste, la soledad se vuelve más aguda, más visible.

La consciencia: el espejo de un hombre roto
Su “ella/él” no es solo una voz interna, sino una presencia que insiste, que irrumpe, que se niega a desaparecer.
Lo interesante es que esta consciencia no funciona como guía ni como alivio. No ordena: desordena. No calma: intensifica. Expone a Zuné en su contradicción más profunda: querer soltar y, al mismo tiempo, aferrarse a lo que ya no está. En ese ida y vuelta, la obra encuentra su pulso más honesto.
El desdoblamiento no solo revela una fractura emocional, sino también una tensión de instinto y sensibilidad: lo que en él aparece como debilidad, en su consciencia se vuelve potencia expresiva. Es como si su capacidad de amar —y de doler— necesitara salir del cuerpo para poder ser dicha. De este modo, la obra logra algo poco frecuente: convertir la introspección en acción dramática.
Una invitación a habitar la herida
Alas de Nuez no busca respuestas fáciles ni cierres complacientes. Es una experiencia íntima, incómoda y profundamente humana. Invita a quien la ve a recorrer sus propios fragmentos, a reconocer esas historias que, aunque terminadas, siguen latiendo.
Porque en definitiva, la obra plantea una pregunta que queda resonando mucho después de que se apagan las luces:
¿Qué queda de nosotros cuando el amor se va… y qué parte decide quedarse?
Funciones y ubicación
Sala: Teatro El Extranjero
Dirección: Valentín Gómez 3378, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina
Web: http://www.teatroelextranjero.com



