“Mon seigneur les recibirá enseguida”, informa uno de los secretarios del príncipe Alberto II de Mónaco, y servidores asentimos ante la solemnidad del término. Se trata del único monarca europeo a quien se le dispensa el mismo título que a los clérigos de alto rango, pero responde a una coincidencia lingüística. “Mi señor” —en francés, mon seigneur—les llaman los monegascos , un país profundamente católico, a sus príncipes, aunque el verdadero tratamiento sea aún más elevado, sublime: “su alteza serenísima”.
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