Alberto Manguel con Clarín: “El mejor ensayo tiene hoy menos peso que un grito o un insulto”

El mundo de las letras y las palabras atraviesa la vida de Alberto Manguel. Este escritor argentino, que vive hace años en Portugal y que tuvo un paso fugaz por la Biblioteca Nacional de Argentina, ha dedicado buena parte de su obra a reflexionar sobre el lugar de la lectura en la sociedad contemporánea.

Es un placer dialogar con él, porque siempre combinará partes de su sólida formación cultural con alguna que otra broma de la cultura popular. Y todo en su justa medida. Clarín pudo hacerlo en la Feria Internacional del Libro de Monterrey (México), que lo tuvo como principal protagonista de su inauguración.

–Antes teníamos el libro, ahora infinidad de plataformas y pantallas en las que se lee. Algunos dicen que leemos más que nunca, pero también se cuestiona qué es lo que leemos. ¿Qué está viendo con respecto a la lectura en la actualidad?

–La lectura nunca fue un hecho fijo, ni en el espacio ni en el tiempo. Nace cuando a algún antepasado genial se le ocurre un sistema para poner sonidos en signos visuales y hace unas marcas en una piedra o en un pedazo de arcilla. Inventa un sistema de signos descifrables antes de escribirlos. Hay que entender que todos los soportes de texto y los sistemas de escritura que elegimos modifican al texto. Y lo cambian con un proceso muy curioso. Nosotros pensamos: ‘Bueno, dejamos de lado el manuscrito e inventamos la imprenta’. No, no, no es así. Cuando nace una nueva tecnología, el fenómeno que se produce es que la nueva tecnología declara que la antigua ya murió, y toma prestado su vocabulario. Fíjese, por ejemplo, cuando se inventa la fotografía, lo que se anuncia es que la pintura murió. No sabemos si es así, pero sí que la fotografía toma de la pintura el vocabulario y empieza a hacer retratos, paisajes, naturalezas muertas. Las primeras computadoras imitaban el libro. Recuerdo algunas con encuadernación. Esos procesos que definen la forma de leer se repiten como si progresásemos, pero yendo un paso adelante y dos atrás. Porque ahora lo que usted está haciendo con un texto en la pantalla (en el celular) imita el gesto del rollo de papiro que crea la página a medida que usted lee.

El escritor argentino Alberto Manguel, en la Feria Internacional del Libro de Monterrey.

–Claro, ahora el celular es más parecido al papiro que el libro…

–Sí, sí. Y estos teléfonos imitan la tableta de arcilla que cabe en la mano. Menos práctico para entender el tamaño de un texto. Porque en la tableta usted tenía la epopeya de Gilgamesh en diez cajas con 30 tablillas de arcilla cada una. Podía ver qué dimensión tiene el poema. Ahora usted no puede ver qué largo es el texto a menos que lo desarrolle completamente, o busque cuantas páginas tiene. Pero tenemos que tener cuidado con estas afirmaciones de que ahora es mejor o peor, se lee más o menos. Son cuestiones que le interesan a la estadística y por eso a la así llamada Inteligencia Artificial, que contesta estas preguntas.

Hay que entender que todos los soportes de texto y los sistemas de escritura que elegimos modifican al texto.

La comprensión de los textos

–Hay un problema ahora también con la comprensión de textos, sobre todo de los estudiantes, reflejado en las pruebas PISA…

–Problema de los ciudadanos. La mitad de la población de los EE.UU. votó por Trump. ¿Qué quiere decir esto? No es que tengamos menos comprensión de un texto literario. En el conjunto, es un movimiento que permite a gobiernos totalitarios controlar a la población. Lo sabían muy bien Mussolini, Hitler y Stalin. Cuando usted puede convencer a la población que no es suficientemente inteligente para reflexionar no les da tiempo a reflexionar. Es el método de Trump, por ejemplo, de no crear una situación absurda, sino cien al mismo tiempo. Usted no sabe si apagar este fuego, apagar este otro. No sabe en qué dirección buscar los problemas para solucionar. Eso se consigue restringiendo la educación, la reflexión y la imaginación. ¿Cómo un gobierno, o los que gobiernan, o los que financian a los gobiernos, hacen eso? Hay varias maneras. Primero, lo más obvio, todo gobierno totalitario censura, quita libros de la biblioteca, no financia instituciones culturales, cierra universidades y centros culturales. Lo que ya sabemos y lo que están haciendo Milei y sus compinches en Argentina. Eso es básico. Pero al mismo tiempo inundar la comunicación social de discursos que no permiten la reflexión porque no tienen profundidad. Empezó con el cambio de discurso político a fines del siglo XX, pero había gente que sabía usar el lenguaje. Ahora se convirtió en una ristra de insultos. ¿Cómo va usted a reflexionar con alguien que dice “hijo de puta, le doy con la motosierra”? Es parte de la misma estrategia.

El escritor argentino Alberto Manguel posa, durante la inauguración de la edición 34 de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Monterrey (México). EFE/Miguel Sierra

–En el caso de Argentina, no hubo cierres sino desfinanciamiento, debilitamiento económico de los lugares de la cultura.

–Si usted le quita el dinero a una institución, no es necesario cerrarla. La pobre Universidad de Buenos Aires, uno de los lujos intelectuales del siglo XX, es una miseria ahora.

–Me llama la atención que le hice una pregunta con respecto a la comprensión de texto y usted le dio una dimensión absolutamente política, casi como determinista.

–No hay actividad humana, porque somos seres sociales, que no sea política. Podemos no ser conscientes de ello, pero cada vez que usted hace una declaración, elige ir al cine, decide viajar a Miami, es una decisión política.

–Sin embargo, por ejemplo, el gobierno de Milei impulsa un plan de alfabetización de los alumnos.

–¿Y en qué consiste?

–Cada provincia diseña e implementa un plan de alfabetización. Y la Nación apoya.

–Como cuando regalaban computadoras a todos los chicos durante el kirchnerismo y no tenían electricidad para cargar la computadora. Mire, es muy conocidos: en Roma se llamaba pan y circo.

El escritor argentino afincado en Lisboa, Alberto Manguel. Foto: Archivo / EFE

–¿Usted cree entonces que el problema con la comprensión de textos de los chicos tiene que ver con un plan político?

–Sí. No quiero parecer paranoico y decir que hay un complot universal, pero lo cierto es que hemos permitido, porque somos todos responsables, que un grupo pequeño de amorales, codiciosos, psicóticos controlen las sociedades. Las medidas que están imponiendo van a llevar a la destrucción del mundo como lo conocemos y tal vez de la especie humana. No les importa. La avaricia y la codicia es suicida. Dante cuando habla de los pecados dice que el principal es la avaricia: la representa como una loba famélica, que mientras más come más hambre tiene. Y es la que engendra todos los otros pecados.

–¿Cuál podría ser un mensaje para padres o docentes que quieren que los chicos lean bien?

–No tengo un mensaje. No trabajo para ninguna compañía de correo. Pero no hablemos de padres, hijos, educadores. Es todo lo mismo. Es un problema fundamental de haber perdido el prestigio de la palabra. Hasta ahora yo confiaba que, más o menos, lo que yo tenía que decirle usted lo percibía y daba un sentido a mis pobres palabras. Ahora ya no es así: el ensayo más logrado tiene muchísimo menos peso que un grito y un insulto de un Milei o de un Trump. Hitler lo sabía muy bien, pero gritaba durante 6 horas. Ahora, como nuestra atención es más corta, gritan durante 5 segundos y eso es la declaración política del Presidente de la República.

Borges, la IA y las bibliotecas

–¿Cuál es el rol de la biblioteca pública hoy, en la era de la IA?

–Es un error histórico creer que una biblioteca, cualquiera, consistió alguna vez en solo libros en los estantes. Tomemos el ejemplo de la biblioteca emblemática de Alejandría, de la que no sabemos nada o poco, pero es el emblema. Ahí había rollos, tabletas, pergaminos, objetos. Los bibliotecarios de Alejandría o los reyes ptolomeos que querían juntar en ese edificio todos los textos del mundo sabían que no eran solo rollos. Una biblioteca en la sociedad de lo escrito es el emblema del poder. Pero ese símbolo político no es unilateral. Los gobiernos pueden decidir hoy que no van a financiar ese emblema, pero no quiere decir que triunfen. Porque otros sectores silenciosamente se rebelan y siguen buscando maneras de crear bibliotecas de una forma u otra. Hay muchas experiencias.

El escritor argentino Alberto Manguel , en la Feria Internacional del Libro de Monterrey.

–¿Que podría pensar Borges acerca de la IA y la posibilidad de que una máquina construya cuentos y libros?

–Borges sabía que ya Cicerón había imaginado que, si uno tira unos cubos con letras de oro, en algún momento armarían un verso. Es una idea muy antigua que a Borges le interesaba y entonces construyó esta Biblioteca de Babel, la universal donde la mayor parte de los textos no tienen ningún sentido: son una ristra de letras. Una A, otra A, después una B.

–Quizás esa sea la diferencia, que la máquina de IA le construye un sentido…

–Tenemos que recordar que son máquinas estadísticas que pasan por estas posibilidades hasta que logran “En un lugar de la mancha…”. Si intentamos estadísticamente construir un texto poniendo letras juntas para lograr que algo pueda ser leído con sentido, puede ocurrir. Así es la máquina estadística. No crea, sino arma estadísticamente. No tiene emociones, sino imita emociones. Hay una definición de la mente psicótica: es la persona que, porque no tiene la capacidad de empatía -algo en su construcción neurológica no se lo permite-, es capaz de imitar una empatía y una personalidad simpática para relacionarse con los otros. La IA es una máquina estadística que sabe construir buenas imitaciones. Sabiendo eso, usted hace lo que quiere. Es como ver un Van Gogh y lo pintó José García, que es un muy buen imitador. Es falso. Ahora, no cambia nada de la pintura que usted vio, pero cambia el contexto. No fue la mano de Van Gogh que puso la pintura, sino este imitador. No fue Cervantes que escribió ese texto, sino una máquina estadística que analizó las contribuciones de Cervantes e hizo una imitación de Cervantes.

La IA es una máquina estadística que sabe construir buenas imitaciones.

La Argentina, desde afuera

–¿Cómo está viendo la Argentina hoy?

–Siento un enorme afecto y agradecimiento a la Argentina, donde pasé mis años de secundaria. Tuve la suerte de ir al Colegio Buenos Aires con profesores extraordinarios de manera que mi educación fue tal que cuando intenté ir a la universidad me aburrí en el segundo año y no seguí porque lo habíamos visto todo en el colegio, pero de manera más íntima, más interesante. Desde afuera a veces se perciben cosas que no se perciben desde dentro. Se ve que, desde la primera tiranía de Rosas en el siglo XIX, después la dictadura popular de Perón, la dictadura militar atroz, el populismo de Kirchner, el capitalismo neoliberal codicioso de Macri, etcétera. La única excepción que se me ocurre es tal vez Alfonsín. Es difícil mirar desde afuera un país que parece ser una sucesión de gobernadores corruptos, concluyendo con este payaso que tenemos ahora, que es una lección para los que aún creen que el ser humano es un ser racional. Veo la Argentina ahora con enorme tristeza. Es como ver a una persona muy querida morir de un cáncer gravísimo y una demencia incurable.

–¿Qué le dejó su paso por la Biblioteca Nacional?

–Un enorme respeto por los bibliotecarios. Cuando me propusieron ese puesto, yo dije voy a aceptar por respeto a la educación que tuve en el Colegio Buenos Aires, a Borges y porque quizás pueda ayudar a los que verdaderamente trabajan en la biblioteca a quitarles algunos obstáculos. Inocentemente pensé que podía hacerlo, pero me olvidé que la política, sobre todo en Argentina, no es un diálogo entre opiniones distintas, sino una batalla campal entre hinchas de fútbol. Pero hay bibliotecarios serios que desde hace años están haciendo un trabajo de mártires y si la Biblioteca Nacional aún existe es gracias a ellos.

Redacción

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