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el mismo mimo y la misma estima por las piezas. La misma delicadeza y el mismo trato a la fiel clientela y a la que se estrena. Entre tanta noticia de tiendas que cierran para siempre, de negocios que han visto cómo la pantalla y la globalización robaba ventas y los que se han despedido por falta de relevo, destaca la nueva etapa de uno de los establecimientos emblemáticos de Barcelona. La tercera generación de la joyería Sant asegura el futuro del negocio familiar trasladando y actualizando el espíritu que reinó en Petritxol a uno de los callejones con más encanto del Eixample, el pasaje Mercader.
“Mi idea era fusionar la herencia de nuestra joyería con una visión más personal; renovar el proyecto manteniendo la esencia”, mantiene Caroline Sant Chalois, nieta de Ramon Sant Mercader, que junto a sus primos Alfons y Rafel Serrahima, abrieron en 1931 la joyería en el número 1 de la calle Petritxol. Una apuesta valiente que al principio cuestionaron, por atrevida, su padre y su tía, Eduard y Mercè Sant, al frente del negocio desde los años setenta.
El nuevo establecimiento aúna 95 años de herencia joyera con una visión más personal y contemporánea
En grandes ocasiones, mantener la esencia solo es posible cambiando el resto. Caroline quería para la joyería un entorno que diera continuidad al planteamiento del nuevo establecimiento. Con la segunda generación a las puertas de la jubilación –puertas imposible de cruzar del todo cuando el oficio es vocación– Caroline empezó a buscar una nueva ubicación. “Los astros se alinearon y dí con este local, que reformamos íntegramente”, explica. Petritxol, por pasaje Mercader. Curiosamente, el nombre de la calle coincide con el del segundo apellido del fundador.

Un año de obras después, detrás del sobrio escaparate de Sant se abre el nuevo espacio, donde las joyas clásicas de la casa, los solitarios o las series trenzadas, comparten protagonismo con piezas contemporáneas. “Toda la fabricación es artesanal y aún nos hacen piezas hijos de los que las hacían al principio”, cuenta Caroline. El taller original, que en los setenta se separó de la tienda, llegó a ocupar a una treintena de artesanos.
Desde los catorce, Caroline ayudó en Petritxol siempre que podía y, además de licenciarse en Derecho, aprendió el oficio junto a su padre, su tía y todo el equipo de artesanos. Los diseños respiran su talante viajero y cosmopolita –estuvo, por ejemplo, un año trabajando con un joyero en Amsterdam– y su pasión por las piedras (sea un brillante, una tanzanita, ópalo negro, o una turmalina). Recorre muchos kilómetros para encontrarlas y comprarlas. Jamás una piedra sintética en Sant.
El nuevo establecimiento ha sumado, a los clientes habituales, a pasavolantes, turistas extranjeros y extranjeros residentes. “Con muchos clientes hay una relación de amistad, hemos hecho anillos de compromiso para nietos de clientes”, mantiene. Se impone la discreción de todo buen joyero. Aquí también se reforman piezas. Además, la exclusividad no está solo relacionada con el precio: “Defendemos la artesanía y también que pueda estar al alcance de todos los clientes, por ejemplo, de los jóvenes que compran una primera pieza”.
El nuevo establecimiento del pasaje Mercader no acaba en la tienda a pie de calle. En la planta baja, Caroline ha dado un paso más a la conexión con el mundo del arte que siempre ha militado Sant con un espacio en el que ahora, porque irá variando, expone obras de la pintora italiana Nicoletta Gatti y vasos de Murano.




