Hubo un tiempo en que sobre las abiertas praderas y secas sabanas del sur de África, una subespecie de cebras habitó durante miles de años con una característica única.
La cebra quagga (Equus quagga quagga) fue una subespecie de la cebra de la llanura que hasta el siglo XIX habitó en la región de Karoo (actualmente Sudáfrica).
Debido a la caza indiscriminada y al avance sobre su hábitat natural por parte de los agricultores neerlandeses, la población de quaggas descendió rápidamente hasta extinguirse en 1883.
Cómo se conoció la cebra quagga
La especie fue reconocida oficialmente en 1784 cuando el naturalista neerlandés Pieter Boddaert nombró a la especie Equus quagga quagga en su libro «Elenchus Animalium».

Su nombre se debía a que los pueblos KhoiKhoi, que habitaban en la región, imitaban el sonido de la cebra con una palabra similar a «Kwa-ga».
Lo que distinguía a esta subespecie de cebras era que en la cabeza y el cuello tenían rayas blancas y negras, que gradualmente se volvían más tenues en su torso hasta dar paso a un pelaje color marrón pardo que cubría el resto de su cuerpo.
El naturalista y explorador inglés Williams Burchell escribió en su libro «Zoological Journal», que durante mucho tiempo los viajeros describían al animal como mitad cebra y mitad caballo.
De ahí que en algunas ilustraciones del siglo XVIII y XIX, la quagga tenga una apariencia muy similar a la de un caballo.
Las únicas fotografías de un ejemplar vivo fueron tomadas a una yegua en la Sociedad Zoológica de Londres entre 1863 y 1870, lo que convirtió a la quagga en la primera especie extinta con registro fotográfico.

¿Cómo vivía esta especie?
La quagga vivía en el sur de Africa, mas precisamente en la región de Karoo (actualmente Sudáfrica). Esta región semiárida y de pocas lluvias abarca amplias llanuras abiertas y colinas bajas, lo que le permitía a la especie visualizar a sus depredadores.
La subespecie tenía características muy similares a las cebras de la llanura: pesaban entre 250 y 380 kg y se alimentaban de los pastizales de la región.
Al igual que su par, la quagga formaba manadas de 30 a 50 individuos y se movían en un rango de 20 kilómetros cuadrados, aunque en las épocas de sequía podían llegar a moverse hasta 600 kilometros cuadrados, acompañados de otros animales como de ñus y de antílopes.
El grupo ralentizaba su camino si había un individuo enfermo o lisiado, y si alguno se perdía, el macho dominante emitía un sonido especial para localizarlo.

Sus principales depredadores eran los leones, los leopardos, los guepardos y las hienas. Durante las persecuciones, las quaggas corrían haciendo zig zag y podían alcanzar un promedio de 65 kilómetros por hora.
La causa de su extinción
En 1652, el comandante y comerciante neerlandés Jan van Riebeeck fundó junto a 125 hombres la colonia neerlandesa del Cabo (actualmente Ciudad del Cabo). Este proyecto, financiado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, pretendía establecer un punto de abastecimiento y escala entre los barcos de la compañía que comerciaban con la India.
A comienzos del siglo XVIII, los agricultores neerlandeses -llamados bóeres– avanzaron hacia el interior de la región de Karoo en busca de mejores tierras para el ganado, provocando que las quaggas perdieran poco a poco su hábitat natural.
Para el siglo XIX, la mayor parte del territorio de la región estaba ocupado por los bóeres que utilizaban las tierras para la agricultura y ganadería.
El ecólogo especializado en fauna africana Peter Heywood escribió, en 2022, el libro The Life, Extinction, and Rebreeding of Quagga Zebras, en el que reveló que los agricultores intentaron domesticar a las cebras quaggas para proteger a su ganado de otros animales salvajes.
Sin embargo, las quaggas comenzaron a ser cazadas de a miles a mediados del siglo XIX debido al aumento del valor de su piel, la cual se exportaba para la fabricación de sacos a escala industrial.

Ademas, su carne servía para alimentar a los peones rurales mayoritariamente conformados por los KhoiKhoi.
Las quaggas fueron asesinadas a tal punto que los cazadores extraían las balas de sus cuerpos para reutilizarlas por miedo a quedarse sin municiones.
El zoólogo Ross Pipper publicó en el año 2009 el libro Extinct Animals, donde señaló que la ultima quagga salvaje de la región fue cazada en 1878.
Además, el zoólogo detalló que hubo un intento de programa de cría de quaggas en el zoológico de Londres. Sin embargo, el proyecto fracasó luego de que el macho muriera tras golpearse repetidamente la cabeza contra la pared de su establo.
La ultima quagga murió en cautiverio en el zoológico de Ámsterdam el 12 de agosto de 1883.

«Que a este animal tan hermoso que habitó en gran abundancia se le haya permitido ser barrido de la faz de la tierra es sin duda, una desgracia y vergüenza para nuestra civilización», escribió en 1889 el naturalista británico Henry Bryden en su libro Kloof and Karoo.
Los intentos para recuperar a la especie de la extinción
En 1984, un equipo de científicos de la Universidad de California logró, por primera vez en la historia, secuenciar fragmentos de ADN mitocondrial obtenidos de un trozo de músculo deshidratado de un ejemplar de quagga que llevaba más de cien años preservado en el Museo de Historia Natural de Mainz, en Alemania.
La quagga se convirtió en el primer animal extinto de la historia en tener su ADN decodificado y nació oficialmente el campo de la paleogenética.
El descubrimiento permitió comprobar que la quagga era una subespecie de las cebras de la llanura y en 1987 comenzó el «Proyecto Quagga», el cual tiene como objetivo devolver a este animal a su hábitat natural a través de un programa de cría selectiva.

«La única razón por la que la quagga puede volver a la vida es porque se trata de una subespecie con un código genético similar a la cebras de la llanura«, afirma Eric Harley, experto en genética de la conservación de la Universidad de Ciudad del Cabo.
El proyecto ya cuenta con varias generaciones y está teniendo tanto éxito que los últimos ejemplares nacidos se llaman «Rau quaggas«, en honor al naturalista Reinhold Rau, quien impulsó el proyecto.
«Ya tenemos animales que si les haces una fotografía y la pones junto a algunos de los quaggas del museo, no logras distinguirlo«, apunta Harley.
Sus palabras dejan abierta la posibilidad de que en algún momento, la quagga vuelva a vivir en los lugares de los cuales nunca debió ser expulsada.

