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Ante la hiperconexión, el refugio digital: ponte en modo avión

Serios estudios sostienen que los adultos interactúan con medios digitales -sumando todos los dispositivos- más de once horas al día, y los adolescentes unas nueve, sin contar las tareas escolares (Nielsen Total Audience Report). Muchos jóvenes admiten -según la psicóloga social Jean Twenge en sus estudios sobre la iGen (2017)- hallarse “casi constantemente en línea”.

Es común observar a la salida de las escuelas de enseñanza media, que los estudiantes, apenas franquean la puerta de entrada, inclinan la cabeza sobre las pantallas y no la levantan ni para cruzar la calle.

Un impulso fantasma muy arraigado en la sociedad actual lleva a revisar permanentemente notificaciones inexistentes en el móvil decenas de veces al día. El fenómeno se conoce como FOMO, acrónimo de “Fear of Missing Out”. Quienes lo sienten reconocen su imposibilidad de desconectarse, a partir de suponer que otros están viviendo experiencias interesantes de las que no son parte. Además, no pueden ni pensar en separarse de su móvil, y si por alguna circunstancia ello les sucediera, se les produce una insoportable sensación de vacío.

En ciertas grandes empresas han tenido que adoptar mecanismos para evitar la tendencia, existente en gran parte de su personal, a revisar sus correos electrónicos insistentemente fuera de toda necesidad laboral. El “task-switching” -así se denomina el cambio permanente de la atención de una tarea a otra- fue advertido, entre otros, por informes de la consultora McKinsey & Company- que puso de relieve las repercusiones económicas de estos rasgos casi obsesivo-compulsivos.

Corporaciones internacionales como Volkswagen y Daimler, en vistas que ello afectaba la concentración, la eficiencia y aumentaba la posibilidad de errores, han implementado “reuniones sin laptops” o establecido “zonas libres de dispositivos”, entre otras formas para evitar la hiperconexión dentro del horario laboral.

En estos tiempos de guerra, o, mejor dicho, de guerras en plural, el consumo adictivo de noticias negativas o alarmantes se acrecienta exponencialmente, aun cuando produzcan malestar. Esta pulsión por la búsqueda de novedades o doomscrolling, es la irreprimible tendencia a consumir de manera reiterada y constante malas noticias. Suele comenzar a desarrollarse incluso inadvertidamente, por ejemplo, al mirar o leer algo por curiosidad. Luego, se da con una información inquietante -hoy tan abundante- y a partir de allí el impulso a seguir buscando queda instalado, sea o no una experiencia placentera.

23-9-2016 Uso del celular en clases

Como si esa angustiosa sensación que se genera pudiera erradicarse o controlarse con el recurso homeopático de conseguir más información, se ha argumentado que si se dispone de más información la ansiedad se reducirá. Ocurre lo opuesto.

Por una parte, porque las plataformas, y la mayor parte de la prensa, también, privilegian los contenidos más polarizantes, y son los que más difunden, en tanto los científicos explican que el cerebro humano está programado para prestar más atención a las noticias negativas, y a los riesgos y peligros, pues son las que producen reacciones emocionales más intensas. Es precisamente ahí donde se concentra también nuestra atención, el recurso más codiciado del ecosistema digital.

A bordo de un robot taxi

En esta época numérica y digital no es necesario agitar los brazos en las avenidas ni pedirlos a los gritos; basta con pulsar o deslizar un dedo sobre la app adecuada para solicitarlos para que de inmediato acuda un vehículo autónomo -digamos un robot taxi Waymo- que nos conducirá al destino que hemos elegido de la mano invisible de los algoritmos.

Nos acomodamos, el sistema calcula la ruta y el viaje comienza. El altavoz interno nos informa el trayecto y, casi al pasar, nos menciona cuatro o cinco lugares que podrían interesarnos. Durante todo el recorrido, el sistema nos va observando: registra qué lugares nos llaman la atención, cuánto tiempo miramos por la ventana, si comentamos algo, si sonreímos o si caemos en silencio. Aprende, ajusta, anticipa. En cuanto seleccionamos alguno, el coche cambia de rumbo sin dudar, y al poco tiempo vuelve a ofrecernos nuevas alternativas.

El camino se alarga…, pero la conversación se vuelve cada vez más cercana, más cómplice, como si aquel vehículo conociera mejor que nosotros lo que realmente buscamos.

Así funcionan los algoritmos de recomendación. Entramos a las plataformas buscando una respuesta, una canción, una idea; y, en segundos, nos proponen otras rutas posibles: temas relacionados, videos, artículos o voces que amplían -o desvían- la conversación. Cada elección reconfigura el mapa y cada pausa alimenta su comprensión de nosotros. Mientras tanto, el sistema, al notar lo que más nos retiene, refina su oferta. Su propósito es simple y eficaz: maximizar nuestra atención.

Somos pasajeros de un trayecto que el algoritmo va prolongando con maestría, y que fue diseñado a fin de mantenernos viajando dentro de la pantalla, sin llegar del todo al destino que elegimos.

Existe la creencia de que el acceso a la información de internet es completamente libre. En realidad, en gran medida navegamos dentro de entornos pre-organizados por algoritmos, los cuales priorizan los contenidos que nos hacen permanecer más y relegan otros.

Cuanto más tiempo permanezcamos como usuarios de la plataforma (o como viajeros del robot taxi) mayor valor económico le generamos.

Más aun, la tecnología digital no solo nos brinda información, nos organiza la manera en que pensamos, percibimos y utilizamos nuestro tiempo. En ello reside su poder. Un proceso donde nada es casual.

En el camino emprendido al iniciar una búsqueda en las plataformas, asumimos que los algoritmos han de seleccionar, ordenar y priorizar los contenidos más importantes o relevantes existentes.

Para hacerlo procesan grandes volúmenes de datos -huellas digitales- que, casi sin proponérnoslo, les hemos suministrado: el tiempo que miramos un contenido, qué marcamos, comentamos o compartimos y con quién. Con ese material de hábitos y preferencias construyen nuestro perfil, en base al cual se prepara la información que nos ha de ofrecer.

Nos muestran lo que el algoritmo ha supuesto que nos interesará. Y nosotros pasamos a interactuar con parte de ese contenido, en base a lo cual el sistema se retroalimenta y aprende más, con lo que nos ofrecerá más opciones.

Es de tener en cuenta que en su origen los sistemas de inteligencia artificial solo seleccionaban contenidos sobre la base de lo existente, pero hoy, ya capacitados para generar textos, imágenes, voces, música, etc., producen un flujo de información prácticamente infinito.

Por otra parte, la cada vez más perfeccionada capacidad de adaptar los contenidos a cada usuario y ajustarlos a su gusto, aumenta la probabilidad de que permanezcamos más tiempo conectados.

¿Podría mantenerse inalterable nuestra capacidad de atención?

Hechos y circunstancias

¿Por qué Steve Jobs, creador de Apple, limitó el uso de iPads a sus hijos, y Bill Gates les prohibió a los suyos los smartphones hasta llegados a los 14 años? ¿Por qué Jaron Lanier, pionero informático, se negó a tener cuentas en redes sociales, y Donald Knuth, legendario científico computacional, abandonó el uso del correo electrónico? ¿Por qué ejecutivos de Silicon Valley envían a sus hijos a escuelas Waldorf que limitan estrictamente el uso de pantallas hasta la secundaria?

Necesitamos aulas libres de dispositivos y de chatbots. Si bien no es una idea uniforme, es sí mayoritaria la que se inclina por la prohibición en el ámbito educativo de todo tipo de dispositivos que puedan distraer de la función docente.

Se afirma que el acceso temprano e irrestricto al smartphone se asocia a un mayor riesgo de dificultades emocionales en la adolescencia y en la adultez joven, especialmente cuando el uso intensivo de redes se instala antes de que maduren las capacidades de autorregulación.

El espacio dedicado a la enseñanza debe mantenerse libre y aislado de toda distracción digital. Conviene, además, concientizar a niños y preadolescentes de que en ese ámbito la presencia del teléfono es innecesaria e indeseable.

Varios estudios han mostrado que la mera presencia del móvil, aun sin usarlo durante las clases, drena los recursos atencionales, deteriora la memoria y reduce la capacidad de aprender.

Fijar límites desde la infancia a la dependencia tecnológica es la forma más eficiente de alfabetización temprana en el uso responsable de la atención.

Por dicha razón ya no pocos países han seguido o se hallan en vías de seguir el ejemplo de Australia, pionera en prohibir el uso de las redes sociales a menores de 16 años, como Suiza, Austria y Dinamarca, Francia, Países Bajos, Noruega, Finlandia y varios países europeos más.

También los mayores requieren protección. Las personas mayores atrapadas en la dependencia digital requieren, como los menores, acompañamiento y límites en el uso que hacen de los dispositivos.

El aislamiento empuja a las personas mayores hacia las pantallas como ventana al mundo, y al principio (en la época de la pandemia) sus efectos fueron inicialmente positivos: mayor contacto familiar, más estimulación cognitiva y combate a la soledad, etc. Pero llegó el reverso.

Hay un ejemplo en un artículo de Jean-Claude Gerez en Le Temps (24.03.2026) bajo el título «Mi hija me prohíbe usar el móvil». La escena: el salón de una casa en Jacareí, cerca de San Pablo, Brasil, donde Doña Neolida, de setenta y tantos años, mira con fastidio un concurso televisivo. No porque le guste, sino porque su hija le corta el wifi cada tarde, pues la anciana era capaz de pasar el día entero viendo videos en Instagram y TikTok, sin hablar con nadie. Además, había perdido dinero con juegos en línea. El caso es muy revelador: comenzó con el inocente Candy Crush y terminó en juegos de pago que obligaron a alertar al banco.

Para el articulista se trata de un fenómeno silencioso que crece mientras el debate público se concentra en los jóvenes. Los especialistas, a su vez, entienden que el declive cognitivo natural de la vejez -especialmente en las zonas cerebrales vinculadas al autocontrol- hace a los mayores especialmente vulnerables a las fake news y las estafas digitales. La conexión permanente a las pantallas aleja a los mayores de lo que más requieren: contacto físico real y vínculos sociales auténticos.

Unir dos conceptos: economía y ecología de la atención.

Se hallan estrechamente vinculados y ofrecen miradas complementarias sobre un mismo fenómeno, la economía que se refiere a la concentración del disputado y limitado recurso, y la ecología, que propone preservarla como un bien humano esencial.

Si bien es cierto que en un entorno como el actual, saturado de estímulos digitales, la atención se fracciona y disemina, según Yves Citton en The Ecology of Attention, lo que hace difícil articular la lógica económica con la ecológica. Sin embargo, esa articulación se vuelve imperiosamente necesaria y depende, en última instancia, del ser humano.

Byung-Chul Han, en La sociedad del Cansancio, dice que en este mundo de hiper automatización e hiperconexión, nadie explota ni exige a otro, sino que somos nosotros mismos quienes nos auto-explotamos, urgidos por la presión de rendir, optimizarnos y hacerlo todo.

Devenir tecnológicamente dependiente equivale a aceptar la “esclavitud voluntaria” que ello implica.

Es claro que ello no implica rechazar frontalmente la tecnología, lo cual ni siquiera postularon los rebeldes del movimiento ludita encabezados simbólicamente por Ned Ludd, en la Inglaterra de los albores de la Revolución Industrial. Es personal, e implica la auto imposición por resistir la tendencia a la hiper conectividad y a rescatar nuestra soberanía atencional.

Ello debe lograrse antes de sucumbir en una hiper dependencia tecnológica, pues en ese caso las pantallas dejan de ser solo una simple herramienta más, para convertirse en su hábitat, en una “pecera digital”. Una vez en ella, salir exige un esfuerzo consciente y deliberado.

Existen múltiples alternativas que han sido experimentadas exitosamente en la práctica.

Cambios mínimos de la vida diaria

Las propias plataformas tienen listadas estrategias o prácticas -minimalistas y maximalistas- que pueden ayudar a alejarse del agotamiento que produce la sobre utilización tecnológica. En algunos casos se trata de «hacks», trucos o atajos inteligentes, muy simples, como no estar siempre disponible, reservar franjas para correo, mensajería o noticias, o bien auto fijarse plazos sin pantallas. Se recomienda, asimismo, desinstalar apps de la pantalla principal; pasar las pantallas a «escala de grises»; desactivar los «globos» de notificación (circulitos rojos con números sobre las apps, dado que son disparadores de ansiedad) y hacer lo mismo con los iconos de las apps diseñados con colores vibrantes.

Muy efectivo resulta alejarse físicamente del móvil, colocándolo en otra habitación (ya que la capacidad cognitiva disminuye solo por tener el móvil cerca), y en ningún caso usar el celular como despertador (pues tienta a mirar noticias o redes sociales al solo despertar).

La solución no es desconectarse del ecosistema o entorno digital sino de lo irrelevante, y retornar a la vida real, a recuperar las amistades analógicas u otro tipo de compañías, fuera de las que cultivamos en las pantallas.

El integrarse en clubes de lectura o de caminatas, participar en reuniones donde no se admitan móviles, preferir los “silent cafés” sin Wi-Fi, y o los restaurantes que prohíben tales dispositivos e invitan a sus clientes a depositarlos en cajas bloqueadoras, suelen resultar las opciones menos exigentes y de mayor efectividad.

Una estrategia maximalista tomada de la religión judía. La observancia del Shabbat, es un precepto judío milenario, que todo creyente debe respetar y transmitir, que consiste en preservar un espacio para la oración, el estudio y la vida espiritual. Desde el atardecer del viernes hasta el anochecer del sábado se debe desconectar de lo cotidiano y cesar toda forma de trabajo o actividad. Incluso, los observantes más estrictos se abstienen también del uso de computadoras, televisión o dispositivos digitales, y hasta del uso de ascensores, salvo si estuvieren dotados de temporizadores (Sabbath mode).

Estafas tecnológicas en  adultos mayores

De esa práctica nació la idea del “Sabbath digital” o “Tech Sabbath” (expresión acuñada por Tiffany Shlain y Ken Goldberg en EE. UU. hacia 2010) el cual, a diferencia de aquél, es secular y se limita a la desconexión -por 24 horas a la semana- de pantallas, móviles, redes sociales, correos electrónicos y streaming.

Se trata de una idea aspiracional y de una micro resistencia individual dentro de un sistema que empuja en sentido contrario.

Para contrarrestar la tecnología que multiplica la información se ha redescubierto algo elemental: el valor de la pausa, la lentitud y el silencio.

Supongamos que nos decimos a nosotros mismos lo que habrá oído al iniciar un vuelo “… en preparación para el despegue, coloquen sus dispositivos electrónicos en modo avión y manténganlos así…”. Ello se impone para evitar interferencias con los sistemas del avión, y dado que, como seres humanos necesitamos desconectarnos de móviles, laptops y otros aparatos en protección de nuestro sistema de atención, intentemos colocarnos en “modo avión” en tierra.

Modo avion. Un consejo para desconectar

La disponibilidad permanente no es neutra. Nuestra atención es un sistema vulnerable y esencial que debemos preservar y evitar su agotamiento. ¿O es que estamos tan conectados que hemos olvidado que podemos desconectarnos?

Puede ser una experiencia de reflexión, inmersiva, inédita y necesaria. Vale el intento.

Redacción

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