Bajo Flores, la represión vista desde los estudiantes: “hablan de esfuerzo y no dejan trabajar”

El jueves a la noche llegan por el grupo de whatsapp de la escuela las imágenes del brutal desalojo, de vecinas gritando desesperadas, de un montón de patrulleros y camionetas – de esas que transportan a los cabezas de tortuga – estacionados en la puerta de nuestra escuela. Primero que nada pensé en nuestros pibes y sus familias. Y después me puse a pensar cómo abordarlo al día siguiente que tenía clases, porque la escuela no es una isla.

Había pensado comenzar con la clase para que los chicos no pierdan contenido. En primer año justo tocaba el tema de las primeras civilizaciones humanas, de cuándo nos empezamos a separar del resto de los animales y su “ley de la selva” de todos contra todos. ¡Qué paradoja de la involución! ¿no?

Pero no fue posible. Mientras escribía “la Mesopotamia antigua…” como título del trabajo en el pizarrón escucho “¿viste la cantidad de ratis que hubo ayer? estaban re zarpados”. Y enseguida la mitad de los alumnos que tenía ese día empezaron a charlar de lo que había pasado, preocupados, dolidos.

Le pregunto al primero ¿vos que viste? “vi que la policía le sacaba las cosas a la señora que venden comida en Riestra y Bonorino. Le sacaron las cosas, tiraban la comida al piso, se las pisaban. No les avisaron nada ,fueron de una y le tiraron todo” ¿Y vos qué pensás de eso? “que está mal, porque la señora está vendiendo para llevar algo para su familia” ¿y de los policías que pensás? “y… que son re verdugos”.

“Yo vi a tres policías que estaban pateando en el piso a dos pibes que están en situación de calle y le gritaban que tenían que respetar la vía pública” y ellos no respetarán a nadie. Se sumó otro a contar, porque los pibes siempre quieren contar lo que les pasa, aunque no siempre encuentren donde o con quien. Y siguió “vi cómo sacaban a las señoras que venden comida” ¿y vos qué pensás? “que son todos re ortivas y que se vayan a la mierda”.

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“Yo también vi cómo le sacaba las cosas a las señoras. Para mí estuvo mal, porque le tiraron todo, le sacaron la parrilla y se la llevaron. Algunos llegaron a guardar algunas cosas antes que se las saquen, pero le sacaron todo”. ¿Y cuánto hace que esa gente estaba ahí? “hace banda” ¿y de qué van a vivir ahora? “y… no sé… en la calle”, dice mientras se encoge de hombros. Y luego se lamenta “ahora no vamos a poder comprar más comida, le sacaron la carpa que tenían en la calle, le sacaron todo. Yo le compraba pollo broster, arroz chaufa, salteado, todo eso… y ahora no van a poder vender más”.

Y la cosa siguió durante el recreo. Me acerqué a dos alumnas que no tenía su curso ese día y que sé que vivía en el barrio. Y les pregunté. “Yo vi cómo sacaban las cosas, hasta los carteles les robaron a la gente que trabaja ahí hace mucho” ¿y ahora qué van a hacer? “y van a estar más pobres, no van a tener ni para comer. Eso está muy mal. Son unos hijos de p***, piensan solo en ellos. La gente ahí está trabajando para que su familia pueda comer”.

Y siguen: “mi tía dijo que se enteró que quieren hacer una ley para sacar a todas las villas”. “sí, mi mamá me dijo lo mismo, me voy a quedar sin casa. Mi mamá iba a tener una reunión en ‘madre del pueblo’ con los otros vecinos para ver qué hacer”

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Cuando terminó de hablar con las nenas se me acerca el preceptor que sabía que estaba haciendo esta nota y me dice “pregúntale a él”. Le pregunto a otro alumno que me cuenta “mi tío tenía una venta de pollo, un restaurante. Le sacaron el techo, el cartel, apenas alcanzó a salvar el horno que también se lo querían llevar”. ¿y vos qué pensás de eso? “Y que está mal, porque estaba trabajando. Se esforzó mucho para poder comprar todas esas cosas y se la sacaron”.

A la conversación se suma otro que desde la esquina de su casa también vio como le sacaban las cosas a la gente que trabajaba: “algunos tenían algo para vender en la vereda de su casa, para sobrevivir y le sacaron todo. Yo pienso que está mal, porque se esforzaron mucho para comprar esas cosas, y viene la policía y sin decir nada se las tira la basura”.

Termina el recreo. Volvemos al aula. Me toca ahora con tercer año. “Vamos a empezar a estudiar la Revolución Francesa”, les digo a modo de introducción: “el pueblo tenía hambre, el precio de los alimentos, subía los ricos y poderosos no pagaban impuestos. Y el rey se la pasaba dándose todos los lujos. Si protestabas te reprimían. Y si al rey no le gustaba tu cara, considérate detenido o muerto”. Ya habiamos estudiado el concepto de monarquía absoluta, y ahora veíamos como terminó. “¿Saben cómo terminó el rey? con la cabeza separada de su cuerpo. Deberían aprender los gobernantes a no hacer enojar a su pueblo”.

Nuevamente introduzco la clase y empiezo a escuchar los murmullos sobre el día anterior. Como ya el curso estaba trabajando me acerco a los del fondo que hablaban al respecto: “un amigo tenía un carrito con el que había montado una peluquería y se lo sacaron. Con eso le daba de comer a la hijita” ¿Y ahora de qué va a vivir? le pregunto. “Y… no sé capaz le conviene hacerse transa, porque eso es lo único que te da guita en serio en la la villa. Y si le das su parte de la policía sabes que estás tranquilo.”

Algún moralista se puede horrorizar de esta afirmación. Pero los pibes aprenden mucho más de lo que ven, que de lo que le dicen ¿Cómo quieren que aprendan “el esfuerzo del trabajo” si ellos ven que a quienes se esfuerzan la policía le roba sus elementos de trabajo y los basura, mientras a los transas nadie los toca? Esto es lo real, que gobierno tras gobierno les vienen enseñando, y que en la escuela tratamos de mostrarle otro camino, a contracorriente.

La noche anterior, cuando vi los vídeos me quedé pensando en lo que habíamos hablado en la escuela al mediodía, finalizando la jornada de mejoramiento institucional. Nuestra escuela, la media 3 del distrito 19 “Carlos Geniso”, cumple un rol muy importante en acompañar a los pibes. No le cierra las puertas a nadie. Vienen a estudiar, a encontrarse con sus amigos. Allí encuentran nuevos conocimientos, pero también alguien que los contiene, que los apoya, que intenta desarrollar sus talentos. Que lo valora mientras el gobierno, los medios y un sector de la sociedad les escupen la cara solo por ser “villeros”. Sí, como hizo la policía con las señoras que vendían comida en Bonorino y Riestra.

Y si eso ocurre en nuestra escuela es por la voluntad de los docentes que elegimos quedarnos ahí. Que hacemos un esfuerzo que va mucho más allá de nuestra tarea docente, y sin cobrar un peso extra por hacerlo. Pero ahora a unos tecnócratas que jamás pisaron una escuela (y menos una de barrio como la nuestra) se les ocurrió que eso tiene que cambiar. Con amenazas y chantajes (y con la complicidad de la conducción de la mayoría de los sindicatos, menos Ademys que nos acompaña) nos quieren obligar a romper todos los equipos de trabajo que nos costó años construir.

En una escuela a la que no todos los docentes quieren ir, quieren meter una reforma llamada “BA aprende”, impuesta desde arriba sin consenso de la comunidad educativa. Y que va a dejar a muchos de los docentes históricos de la escuela, que son una referencia para los pibes y para las familias, en la calle. Igual que a las señoras que vendían comida en Bonorino y Riestra.

Los criterios formales de los tecnócratas, los criterios de “orden” de los fachos, intentando aplastar los criterios humanos más elementales: la dignidad de la vida de cada uno de nosotros.

Pero el barrio sabe que puede contar con nuestra escuela y nuestra escuela sabe qué puede contar con el barrio ¿sabrán los gobernantes que no les conviene hacer enojar a su pueblo?

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Redacción

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