Barcelona, ciudad sin minigolf

Hay quien dice que Barcelona lo tiene todo. Que es una ciudad total. Pero no, en Barcelona no hay un solo minigolf. Y sí, se puede vivir sin estos homenajes a la precisión, la paciencia, el pulso, los rebotes y y el temple, pero no deja de ser curioso que la ciudad de los prodigios lleve décadas de espalda al golf en miniatura. En otros países es un deporte de culto, con federación propia, con campeonatos, pero por debajo de los Pirineos se ha convertido en una anécdota veraniega, una actividad vacacional, una pachanga familiar. La hemeroteca, sin embargo, demuestra que no fue siempre así: 100 años atrás, la sociedad aristócrata se pirraba por una noche de copas y golfito.

En Barcelona hay un puñado de simuladores de golf, esos tees virtuales que permiten matar ensayar el drive sin coger el coche para ir a Sant Cugat, Sant Feliu, Llavaneres o Matadepera. Pero si uno busca la experiencia del minigolf, no queda otra que salir del término municipal. Y muy hacia fuera. El más cercano está dentro del parque recreativo Karting Minilandia, uno de esos complejos de toda la vida asidos a la autovía de Castelldefels. Son 18 agujeros, renovados hace poco más de un año, con sus obstáculos, puentes y diminutas construcciones.

El minigolf de la autovía de Castelldefels, una instalación de toda la vida

El minigolf de la autovía de Castelldefels, una instalación de toda la vidaJudith de la Hinojosa

Se echan de menos los loopings o los traicioneros lagos, pero cumple con todo lo que uno espera de una jornada de minigolf en la que, por supuesto, las puntuaciones se apuntan a mano en un diminuto papel. Un poco más lejos, en Sitges, está El Vinyet, con hoyos de tierra que también pasaron por un proceso de chapa y pintura en el 2025. En Salou está Los Peces, un clásico de la Costa Daurada. Hacia el norte tienen la opción del Bowling Golf Calella, y en la Costa Brava hay campos en Blanes, Lloret, Playa de Aro, Palafrugell, Empuriabrava o L’Estartit, muy solicitados por los turistas de países del norte de Europa con mucha más afición.

No muy lejos…

El más cercano a la gran ciudad está en Viladecans, en una ladera de la autovía de Castelldefels

Es tal el desdén por esta práctica que apenas existe documentación sobre la historia del minigolf en la capital catalana. No está muy claro cuál fue el primer campo que se instaló en la ciudad, pero sí se puede afirmar que todo se precipitó a principios de los años 30, cuando los ecos de la guapura europea y estadounidense trajeron esta menuda afición a la ciudad. Para desempatar, nada mejor que bucear un buen rato por la imprescindible hemeroteca de La Vanguardia. La edición del 9 de enero de 1931 habla de la “próxima inauguración de un golf miniatura en Barcelona”, concretamente, en la calle Esperança, en lo que hoy es el barrio de La Bonanova.

Inicios señoriales

“Por tratarse de un deporte muy aristocrático, el acto ha despertado mucho interés entre los distinguidos invitados”, rezaba ‘La Vanguardia’ en 1931

En abril de ese mismo año se da cuenta de la apertura del minigolf de la sociedad Golf Condal “en su local de la Rambla de los Estudios”. “Por tratarse de un deporte muy aristocrático, el acto ha despertado mucho interés entre los distinguidos invitados”, rezaba este diario en sus columnas de Sociedad. Ese mismo año se inauguraron campos en el salón de fiestas del Hotel Orient, el complejo de atracciones Maricel Park de Montjuïc y la sala de variedades Excelsior. También el Tibidabo tuvo uno entre 1931 y 1939. Un siglo atrás, en Barcelona podías elegir entre media docena de golfs en miniatura, la inmensa mayoría de ellos, vinculados a las clases más pudientes de la ciudad.

Imagen aérea de Numància con la Diagonal, en los años 70, donde estaba la sala Bikini con su reconocible minigolf en el jardín

Imagen aérea de Numància con la Diagonal, en los años 70, donde estaba la sala Bikini con su reconocible minigolf en el jardínLV

Aguantaron pocos años, pero en 1953 hubo un interesante brote verde en la sala Bikini, entonces situada donde hoy está el Decathlon de Illa Diagonal. La sala de fiestas quiso emular el sueño americano con un espacio abierto que incluía bolera y minigolf. La Barcelona olímpica se llevó por delante la discoteca. En su lugar se instaló el primer rascacielos horizontal de la ciudad, un centro comercial que llevaba la firma de los arquitectos Rafael Moneo Vallés, Manuel de Solà-Morales i Rubió. Poco después, en 1995, salvó los platos el Maremagnum, que en su azotea al raso instaló el Central Golf, con nueve hoyos de hierba artificial. Desaparecieron a principios de siglo y la ciudad se quedó huérfana. Y así hasta nuestros días.

Salto de nivel

Existe una Asociación Española de Minigolf, pero no ha habido manera de impulsar la afición ni a nivel público ni en el ámbito privado

¿Qué ha pasado para que la cultura del minigolf no cuaje? Es una suma de factores que este diario ha comentado con José Luis Hinojosa, presidente de la Asociación Española de Minigolf, una voluntariosa entidad, más amateur que profesional. A principios de la década anterior lo intentó junto a un grupo de amigos, todos de la Comunidad de Madrid, pero no hubo manera. Dice que no hay demanda, que los minigolfs tampoco quieren ir mucho más allá del ocio, que el golf, por el buen clima, y a diferencia de Suecia o Alemania, “aquí se lo come todo”, y que tampoco desde la cosa pública están por la labor “porque no es un deporte olímpico”.

Puede que no sea olímpico (tampoco lo es el golf), pero hay pocas cosas en esta vida tan gratificantes como volver a casa como flamante vencedor de una partida de minigolf.

Redacción

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