Hubo un momento en que una invitación a la Met Gala confería más autoridad que visibilidad. Quienes subían esas escaleras no necesitaban amplificar su imagen: ya definían el gusto. En 2003, cuando la entrada costaba 3.500 dólares, la crítica Cathy Horyn la describió como “la fiesta más cara de la ciudad”. El patrocinador era Gucci, Tom Ford estaba en la cima de su influencia (aún no se medía en cuestión de seguidores o likes) y el detalle (4.000 peonías en los centros de mesa) no era exceso, sino lenguaje. El gusto era el tema. El gusto era el argumento.
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