Borré Instagram por un día y terminé horneando, leyendo un libro, mirando una película y durmiendo una siesta: lo inquietante fue darme cuenta de que ese tiempo siempre había estado ahí

Borrar Instagram puede parecer un gesto impulsivo. Pero la experiencia de Natalia Lagize se convirtió en una radiografía sobre el impacto silencioso de las redes sociales en la cotidianeidad.

Luego de terminar una novela pendiente, una receta improvisada y hasta de tener una pausa reparadora, la joven observó un resultado impactante: las horas para descansar, pensar o disfrutar siempre habían estado ahí.

Esa sorpresa la llevó a reencontrarse con aquello que el hábito automático de mirar el celular le había obstaculizado discretamente. A continuación, sus subidas y bajadas en una jornada inesperada.

El comienzo del desafío sin Instagram

A comienzos de un día en el que sentía todo más pesado, borré Instagram. No desactivé ni eliminé mi cuenta. Simplemente desinstalé la aplicación, lo que para mí es como esconder una culpa.

Pero enseguida me dije a mi misma que fue un modesto acto de autopreservación. Fue entonces cuando empecé mi desafío de un solo día.

Instagram es una de las apps más grandes del mundo. Foto: Denis Charlet / AFP

Por la tarde había horneado un bizcochuelo; terminado un libro que llevaba dos meses pendiente (solo me faltaban treinta páginas); visto una película que había guardado hacía bastante; y hasta disfruté una siesta. Una de esas en las que te despertás y te sentís como nueva.

Las pequeñas (y elementales) pérdidas de tiempo

Hacía bastante que el día no me era tan largo. Fue ahí cuando descubrí que esas horas interminables no eran nuevas.

No había encontrado tiempo extra. Simplemente había dejado de ocupar las que ya tenía. El tiempo siempre había estado ahí, solo que lo había estado empleando en algún lugar del que no era del todo consciente.

Como el resto, siempre supe que Instagram requiere tiempo. Se que esta no es precisamente una gran confesión. Pero creo que la mayoría le resta importancia.

Decimos cosas como: «Debería pasar menos tiempo con el celular» o «necesito un descanso de las redes sociales». Sin embargo, seguimos usándolo porque el daño no parece grave.

Instagram no siempre te roba toda una tarde. Pueden ser cinco minutos mientras se espera al colectivo. Otros siete después de haber respondido un mensaje en WhatsApp. Otros veinte como forma de «distracción» entre obligaciones. Tres minutos después de abrir la aplicación «solo para revisar una cosa».

La red social tiene un alcance global cercano a 1.300 millones de usuarios.

Como cada momento se siente pequeño, no se lo percibe como una pérdida.

Pero las pequeñas pérdidas se acumulan. Se convierten en la textura del día. Se convierten en la razón por la que sentís que no tuviste tiempo para leer, ni para descansar, ni para cocinar, ni para pensar, ni para vivir en tu propia mente sin que la vida de otra persona irrumpa en ella cada pocos segundos.

La paz que no llegó

Me di cuenta de que varias partes de mi día estaban interrumpidas por la distracción virtual. Así y todo, cuando borré la aplicación no experimenté paz, sino que me sentí inquieta.

La importancia de la ocupación del tiempo, incluido lo que se hace en minutos y hasta segundos. Imagen Gémini

Mi mano buscaba el teléfono sin siquiera tener una razón. Terminaba una pequeña tarea e inmediatamente quería meterme en la pantalla. No porque necesitara información. No porque alguien me estuviera esperando. Simplemente porque mi cerebro había aprendido que cada pausa debía llenarse.

Fue incómodo darse cuenta de eso. Pero pasado un rato, las pausas fueron distintas: habité el vacío. Y entonces empecé a hacer cosas.

No fueron cosas impresionantes, pero sí reales. Fueron todas las que ya mencioné, y de las que si bien me valí de pantallas (específicamente para aprender a hacer la torta y ver la película), dejé de comparar mi vida con la de desconocidos y gente que apenas conozco.

Ya de noche sentí que había vivido un día lleno de altibajos. Todo este tiempo había subestimado la facilidad con la que se fragmenta la atención, así como lo que deja esta red social en mi mente.

Cuando cierro la aplicación, una parte de ella sigue dentro de mi. Un video, el viaje o el cuerpo de alguien. Sus logros, sus relaciones, su lujoso departamento y hasta la “foto casual” que probablemente le requirió al menos una decena de intentos.

Influencers exhiben vidas lujosas en Instagram, entre otras cosas. Foto: Instagram/@itsvaleriaandcamila.

Sin ello, mi atención no llegó a ser perfecta. Pero sí se volvió menos fragmentada.

Recuperar las habilidades olvidadas

La siesta fue la parte más reveladora. Estaba acostada en la cama, pero sin citas tristes, videos divertidos, ni gente que aparenta tener vidas «más organizadas» que la tuya.

Con la novela convertí la lentitud en un placer. En Instagram es todo lo contrario. La cosa dura seis segundos y se reemplaza inmediatamente.

Observé que mi cerebro aún sabe cómo seguir una oración, que me puedo preocupar por un personaje ficticio, y que puedo esperar.

La lectura y la posibilidad de empatizar con personajes ficticios.

Eso me pareció extrañamente esperanzador. Quizás mi atención no se había desvanecido, sino que estaba constantemente ocupada.

Borrar o no borrar ¿esa es la cuestión?

Desde aquel día me surgió más de una vez la pregunta de si debería borrar Instagram para siempre. Pero eso suena demasiado dramático.

Me surgió otra pregunta que considero mejor: ¿qué busco cuando entro en las redes sociales?

¿Quiero reír? ¿Estoy evitando una tarea? ¿Busco inspiración o intento escapar de mi propia vida? Esa pregunta me produjo un cambio al punto de que dejé de regalar mi tiempo y volví a ser dueña de algo olvidado: nuestra humanidad más genuina.

Redacción

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