Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
En 1936, la sismóloga danesa Inge Lehmann publicó un estudio que cambió para siempre la manera de entender el planeta, la demostración de que la Tierra tiene un núcleo interno sólido, rodeado por un núcleo externo líquido, un hallazgo que todavía hoy se enseña en cualquier curso básico de geofísica. Casi noventa años después, su nombre volvió a aparecer en Copenhague, esta vez sobre la puerta de una sala de reuniones, en un hotel de la Vesterbrogade que decidió bautizar cada uno de sus espacios corporativos con el nombre de una mujer clave en la historia danesa, lejos de los nombres genéricos o los números de sala habituales en cualquier otro hotel de negocios. Ese hotel se llama Grand Joanne, y esa decisión de nomenclatura resume bastante bien la lógica que atraviesa todo el proyecto.
Junto a la sala Inge Lehmann hay otras que honran a Tove Ditlevsen, la poeta y escritora que creció a pocas cuadras de ahí y se convirtió en una de las voces literarias más influyentes de Dinamarca en el siglo veinte, y a Asta Nielsen, la actriz de cine mudo que construyó personajes femeninos complejos décadas antes de que eso fuera moneda corriente en la pantalla. La elección no busca ser un simple gesto simbólico dentro de la oferta corporativa del hotel, sino una manera de asegurarse de que, incluso en el espacio menos glamoroso de cualquier hospedaje, la sala de reuniones, quede algo de esa historia flotando en el aire mientras alguien presenta un powerpoint y espera a que llegue el resto del equipo.
El nombre del hotel sigue la misma lógica, aplicada esta vez a la propia fachada del edificio. Grand Joanne rinde homenaje a Johanne Sophie Frederikke von Bothmer, madre del estadista danés Christian Reventlow, uno de los grandes reformistas sociales del siglo XVIII, recordado por mejorar las condiciones de vida del campesinado. Detrás de ese hombre que ocupa varias páginas en los libros de historia había una mujer casi invisible para los relatos oficiales, y el hotel decidió, desde el nombre mismo, empezar a corregir esa omisión.
Un edificio de casi un siglo que cambió por completo de destinatario
El edificio que hoy ocupa Grand Joanne abrió por primera vez como hotel en 1928, sobre la misma Vesterbrogade que conecta la estación central de Copenhague con el barrio de Vesterbro, y durante décadas funcionó como parada de rutina para viajantes de comercio y hombres de negocios. En abril de 2023, tras una renovación integral, reabrió con una identidad completamente distinta, a cargo del estudio sueco Spik Studios, que definió el objetivo del proyecto con bastante claridad, alejarse del gran hotel europeo tradicional para construir un espacio con una sensibilidad abiertamente femenina, con tonos tierra y rosados, ladrillo a la vista, iluminación cálida y mobiliario de líneas curvas.
Esa misma sensibilidad se despliega en las ciento sesenta y dos habitaciones repartidas en seis pisos, desde la Cozy Room más compacta hasta el Penthouse Suite de las plantas más altas, todas con arte curado, techos altos y persianas capaces de bloquear por completo la luz, un detalle especialmente útil durante los interminables días del verano escandinavo. En la planta baja funciona Joanne’s, el restaurante de cocina italiana contemporánea liderado por el chef Ricardo Oteiza, que suele describir su cocina como un espacio sin jerarquías rígidas ni gritos, donde el equipo puede discutir y proponer libremente, una filosofía que se refleja en platos como un risotto de hongos ostra azules o un tiramisú con vino marsala siciliano, acompañados por el café de Prolog Coffee, tostador local del propio Vesterbro.
Al caer la tarde, la vida del hotel sube hasta el sexto piso, donde un rooftop bar sirve cócteles de estación y pequeños platos, con DJs residentes musicalizando la puesta de sol sobre un cielo que suele teñirse de un rosa muy similar al que domina la decoración interior. Esa combinación de arte, historia y gastronomía tiene, además, un correlato geográfico bastante puntual, a pocas cuadras del hotel, en el barrio de Vesterbro, se celebró en 1910 la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Trabajadoras, encuentro que dio origen a la idea que hoy se conoce como el Día Internacional de la Mujer.
Entre salas con nombre de científica, un edificio centenario reconvertido y una terraza que se llena al atardecer, Grand Joanne construyó una manera bastante concreta de sostener esa memoria en el tiempo, sin discursos de más, apenas insistiendo, sala por sala, en poner el nombre de una mujer donde durante casi un siglo solo hubo un número de habitación.
El resto del hotel completa esa narrativa con detalles que no siempre saltan a la vista en una primera recorrida. Buena parte del arte que decora los pasillos y el salón principal está firmado por artistas mujeres locales, entre ellas la pintora lituana radicada en Copenhague Lolita Pelegrime, cuyos retratos íntimos de mujeres de su entorno estuvieron expuestos junto a la barra del restaurante durante distintas temporadas. Esa curaduría rotativa convierte a Grand Joanne en algo más parecido a una pequeña galería con camas que a un hotel de cadena convencional, aunque forme parte, justamente, de una cadena internacional como NH Hotels.
Esa doble condición, la de pertenecer a un grupo hotelero global y sostener, al mismo tiempo, una identidad tan local y tan marcada, es quizás lo que mejor explica por qué Grand Joanne se convirtió en poco tiempo en una recomendación habitual dentro del circuito de viajeros que visitan Copenhague, tanto por trabajo como por placer. El hotel se define a sí mismo como un espacio pensado para que nadie se sienta simplemente un huésped más, sino parte de una comunidad más amplia, sin importar la nacionalidad, la profesión o el presupuesto de quien cruce la puerta, una convivencia que se nota tanto en el lobby a la mañana como en el rooftop al caer la noche.
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