Por Carolina Garcia Dutriez y Carolina Saichann directoras de Nuuma
En compañías de todos los tamaños y de rubros muy distintos, se repite una situación: un líder delega una tarea, siente el alivio momentáneo de haberla delegado y, semanas después, vuelve a encontrarla sobre su escritorio. A veces regresa igual; otras, disfrazada de una pregunta, una excepción o un «necesito que lo veas vos».
El diagnóstico más habitual apunta a quien recibió la tarea: todavía no tiene suficiente experiencia, no genera la confianza necesaria o necesita más capacitación. Sin embargo, antes de llegar a esa conclusión, conviene revisar qué se delegó y qué margen de decisión tiene esa persona para cumplir con su responsabilidad.
Un ejemplo frecuente es el de alguien a cargo de la atención de un área, con buen criterio y conocimiento de los procedimientos, pero que deriva cada excepción hacia su superior. Un cliente plantea una condición distinta, un proveedor pide un ajuste o aparece una situación que no estaba contemplada. Como nadie definió hasta dónde puede resolver sin consultar, la decisión vuelve al líder. La tarea se delegó, pero no la autoridad necesaria para resolver situaciones imprevistas.
Delegar la ejecución de una tarea no equivale a transferir la capacidad de decidir cómo resolverla. Cuando una persona no puede actuar ante situaciones que se salen de lo previsto, su margen de acción queda limitado y termina necesitando autorización, incluso cuando cuenta con los conocimientos necesarios para evaluar las alternativas.
¿Por qué cuesta tanto delegar decisiones? Muchas veces, al líder le resulta difícil soltar el control y considera que decidir personalmente es más rápido o reduce los riesgos. En quienes construyeron un negocio durante años, también puede pesar el temor a que otra persona se equivoque y genere un problema. A esto se suma que el conocimiento y los criterios que orientan las decisiones suelen estar concentrados en el líder y no siempre se explicitan para que otros puedan aplicarlos.
Esta dinámica tiene un costo concreto: las decisiones se demoran porque deben esperar un lugar en la agenda de una sola persona, los procesos se interrumpen y los líderes terminan revisando las mismas excepciones semana tras semana, en lugar de ocuparse de las responsabilidades que requieren su intervención.
Frente a estas situaciones, una respuesta habitual es sumar capacitación, seguimiento y controles. Sin embargo, primero hay que identificar qué limita a la persona. Si carece de los conocimientos necesarios para evaluar alternativas, puede requerir capacitación, desarrollo o acompañamiento. Si cuenta con esas herramientas, pero necesita autorización para avanzar, el problema está en el grado de autonomía que la organización le permite ejercer. Ambas situaciones también pueden coexistir.
La delegación puede fallar, además, cuando se asigna una tarea sin explicar suficientemente su objetivo, el resultado esperado o los criterios que deberían orientar el trabajo. Si el resultado no es el esperado, suele atribuirse a una falta de capacidad o experiencia, cuando quizás faltaron contexto, herramientas o acompañamiento inicial. Por eso, es necesario asegurarse de que la persona comprenda qué debe lograr y cuente con los recursos necesarios para hacerlo.
En un caso, el dueño de un negocio había delegado numerosas tareas, pero el equipo seguía consultándole permanentemente y el negocio continuaba dependiendo de él. Durante el proceso identificó que había delegado la ejecución, pero no las decisiones. También apareció un temor concreto: después de tantos años de construir y hacer crecer el negocio, le costaba aceptar el riesgo de que otra persona pudiera equivocarse y generar un problema. El trabajo consistió en implementar una metodología para delegar decisiones de manera gradual, una por una, definiendo márgenes de actuación y revisando los resultados.
En otra empresa, un mando medio había recibido el pedido de desarrollar mayor ownership y dejar de escalar tantas decisiones. Sin embargo, cuando intentaba ejercer esa autonomía, su propio jefe intervenía, tomaba las decisiones o incluso se comunicaba directamente con el equipo. Había una contradicción entre lo que se le pedía y lo que efectivamente podía hacer. En este caso, fue necesario hacer visible esa dinámica y diseñar una conversación para redefinir el espacio real de decisión del mando medio.
Ambas situaciones muestran que no alcanza con pedirle a alguien que asuma más responsabilidades: también hay que revisar las condiciones en las que trabaja. Para que la delegación funcione, es necesario definir qué puede resolver cada persona, cuáles son los límites de su actuación, con qué información debe contar y en qué situaciones corresponde consultar. También hay que acordar cómo se revisarán los resultados y qué hacer cuando una decisión no produzca el efecto esperado.
La falta de un marco claro no solo afecta la organización del trabajo, sino también el desarrollo del equipo. Cuando cada excepción, duda o desvío vuelve hacia arriba, las personas pueden ganar experiencia en la ejecución, pero difícilmente desarrollen criterio y capacidad para resolver por sí mismas. Si las decisiones relevantes terminan siempre en el mismo lugar, también puede disminuir el incentivo para asumir responsabilidades, proponer alternativas y hacerse cargo de los resultados.
Para evitarlo, el acompañamiento inicial debe complementarse con una instancia posterior de feedback. Conversar sobre cómo fue la experiencia, qué dificultades aparecieron y qué podría resolverse de otra manera permite identificar los criterios que necesitan mayor claridad, las herramientas que faltaron y las decisiones que pueden quedar en manos del equipo en adelante. Así, cada experiencia se convierte en una oportunidad para ampliar progresivamente su margen de actuación.
Delegar mejor requiere definir los resultados esperados, establecer criterios para tomar decisiones y acordar cuándo es necesario consultar. Pero también exige sostener esos acuerdos en la práctica: acompañar el proceso y revisar los resultados sin recuperar la decisión ante la primera dificultad.
La autonomía no se construye de un día para otro. Se desarrolla a medida que las personas cuentan con conocimientos, criterios claros y oportunidades para decidir y aprender de los resultados. El desafío para quien lidera no es dejar de intervenir por completo, sino reconocer cuándo su participación es necesaria y cuándo una decisión puede quedar en manos de alguien más dentro de la organización.
Descubrí más de LatamNoticias
Suscribite para recibir las entradas más recientes en tu correo electrónico.

