Poco más de 50 años tardó en finalizar el documental Erase una vez en Harlem (Once Upon a Time in Harlem), una producción que nació como un rechazo natural a los estereotipos racialmente degradantes que los productores de cine blancos proyectaban en sus películas. El documentalista William Greaves, nacido el 8 de octubre de 1926 y fallecido en 2014, comenzó a esbozar esta idea en 1969 y que se pudo terminar recientemente por su hijo David y su nieta Liani.
“Me quedó claro que a menos que nosotros, los negros, comenzáramos a producir información para el cine y la televisión, siempre habría una distorsión de la imagen negra”, señaló en aquel momento William Greaves.
Tres años más tarde, en 1972, comenzó a trabajar en lo que consideraba el material audiovisual más importante que jamás había filmado: un largometraje que reunía a figuras supervivientes del llamado “Renacimiento de Harlem”, un período entre las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado en el que la vida intelectual y artística de ese barrio tuvo una poderosa actividad que incluía nuevas expresiones culturales, que iban de la literatura, a la música, a la danza y las artes pláticas. En aquel momento se llamó “New Negro Movement”.
Harlem empezó a convertirse en un distrito negro a comienzos del siglo XX y a partir de 1919 se consolidó como un barrio negro con numerosos clubes de jazz. En 1920 era la capital cultural de la comunidad negra y centro de la actividad jazzística en Nueva York.

Greaves centró el documental en un cóctel en la casa de Duke Ellington, en agosto de 1972, en un intento por tomar de primera mano las voces de músicos, bailarines, escritores y pintores que habían vivido aquel período transformador para la vida cultural afroamericana y que corría el riesgo real de pasar al olvido. El realizador invitó al cóctel a los supervivientes de aquella época que pudo localizar; algunos no se habían visto en décadas. Entre ellos estaban el pianista Eubie Blake (1887-1983) y el cantante y compositor Noble Sissle (1889-1975); el pintor Aaron Douglas (1900-1979), el escritor Richard Bruce Nugent (1906-1987), el poeta Arna Wendell Bontemps (1902-1973) y el fotógrafo James Van Der Zee (1886-1983).
Si bien el encuentro se realizó en la casa de Ellington, Duke no pudo estar presente por un problema de salud y la anfitriona fue su hermana Ruth. La reunión se filmó con cuatro cámaras y dos equipos de filmación que estuvieron recorriendo el departamento para captar conversaciones y, sobre todo, transmitir esa pasión con la cual hablaron los protagonistas de aquellos años venturosos en Harlem. “No hubo nada preparado, la idea fue que todo fluyera con naturalidad”, según contó David Greaves.
Fueron cuatro horas en las que el grupo compartió recuerdos entrañables, anécdotas y humor que fueron abriendo la puerta para un gradual intercambio sobre política, idioma y legado.

David Greaves, que tenía 22 años en 1972, participó de la filmación bajo la dirección de su padre. “Él era consciente de las personas involucradas en esta película y de su importancia. Mi padre creía que eran personas extraordinarias y nosotros estábamos allí para capturar lo que sucedía”, contó a Nadia Khomami, de The Guardian.
La fortaleza del documental
Buena parte de la fortaleza del documental reside en la espontaneidad que sobrevolaba el encuentro. Se habló, por ejemplo, sobre si el término negro debería descartarse en favor de afroamericano, de la lucha anticolonialista y de los mensajes del activista Marcus Garvey (1887-1940), que propuso un “panafricanismo” y un apoyo incondicional a la diáspora africana y el regreso físico o espiritual a África, y del poeta Langston Hughes (1902-1967), que sostenía que los artistas negros debían expresarse libremente sin miedo a la crítica o desaprobación de la sociedad blanca ni de las clases altas negras que buscaban asimilarse a la cultura eurocéntrica.
En el documental Aaron Douglas reflexionó sobre el jazz: “Se consideró una revolución en relación con otros géneros, pero para nosotros no lo fue”. El pintor no cae en el error de separar ingenuamente a la música de sus connotaciones socio-culturales, de ahí su afirmación acerca de que el jazz es una expresión natural de la situación por la que atravesó la comunidad negra.

Para Greaves estas conversaciones siguen teniendo actualidad: “Es un debate que aún continúa si deben llamarse negros, afroamericanos o personas de color y también sigue existiendo la cuestión de qué debe hacer la diáspora en relación con África”.
El filme tiene dos momentos especiales, por un lado, el llamamiento de Haile Selassie a la Sociedad de las Naciones, en 1936, frente a la invasión italiana a Etiopía, que le recordó a Greaver a Volodymyr Zelensky buscando el apoyo de la comunidad internacional frente a la invasión de Rusia y, por el otro, la violencia racial en los Estados Unidos y las imágenes que acompañan el poema The Lynching contra los linchamientos, que termina con la imagen de una joven blanca observando la escena con “una alegría diabólica”.
La actualidad del racismo
La actualidad del racismo en los Estados Unidos se reaviva, por así decirlo, con la llegada de Donald Trump al gobierno. Sobre los ataques del presidente al Museo Smithsonian, en agosto de 2025, por su programación centrada en la raza dijo David Greaver: “Uno lo ve y piensa, Dios mío, ¿quién es éste? ¿Por qué hace este tipo de cosas, como querer borrar la experiencia de la comunidad negra en los Estados Unidos? Así es él y simplemente tenemos que aceptarlo”.

La filmación tenía como destino formar parte de una película sobre el Renacimiento del Harlem titulada From These Roots, que Greaves padre terminó en 1974 y en la que utilizó sólo material de archivo. Todo el material del cóctel quedó de lado. En tanto, Greaves se convirtió en un importante referente del cine independiente con 70 películas, entre ellas la emblemática Symbiopsychotaxiplasm (1968), pero siempre creyó que Erase una vez en Harlem sería su obra cumbre, y aunque dedicó buena parte del resto de su vida no la pudo terminar.
Su viuda, Louise Greaves, continuó trabajando en este proyecto hasta su muerte en 2023, y pudo digitalizar poco más de 18.000 metros de película de 16mm. David con su hija Liani terminaron el proyecto.
En su charla con The Guardian, Greaves admite que todo el proceso de reunión del material para la película lo llevó a comprender mejor a su padre. “Al leer apuntes en sus libros sobre filosofía oriental descubrí las raíces de sus creencias sobre el dolor, el sufrimiento y la conciencia. Era un tipo mucho más complejo de lo que me había imaginado”, señaló.

“Mi padre decía que si hay algo que te afecta visceralmente, déjate llevar”, añadió el hijo al mencionar una de las enseñanzas de su padre sobre el arte de filmar.
David junto con su esposa, Bernice Green, que editan Our Time Press, un periódico comunitario sobre la comunidad negra en Brooklyn, cumplió su sueño de poder estrenar la película a tiempo para el centenario de su padre, en octubre de este año. “Mi padre era apreciado por quienes conocían el cine documental, pero no gozaba del reconocimiento que tiene en la actualidad. Erase una vez en Harlem debería consagrarlo como un cronista de la historia de los afroamericanos”, concluyó.
El documental se estrenó ayer, viernes 16 de octubre, a través de un acuerdo con la empresa cinematográfica NEON y Cinetic Media.
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