Cómo se están informando los jóvenes: entre algoritmos, IA y fake news

El jueves y viernes pasado se desarrolló en Córdoba el 15° Congreso del Foro de Periodismo Argentino donde se debatió sobre la resistencia del periodismo y el desafío de convivir con la Inteligencia Artificial. En ese sentido, muchos de los periodistas presentes analizamos las nuevas formas de consumo y el valor humano del periodismo frente al actual contexto. 

Hoy en día, muchos ven como medios de información a las redes sociales, plataformas de videos y hasta servicios de mensajería. Entre los jóvenes, la situación es particular: son quienes más tiempo pasan conectados y quienes desarrollan buena parte de sus experiencias informativas dentro de entornos digitales.

La desinformación se convirtió en uno de los grandes desafíos de la era digital y en una preocupación creciente para periodistas, académicos, organizaciones dedicadas a la verificación de datos y organismos internacionales que observan con atención el impacto que tiene la circulación de contenidos falsos o engañosos sobre la calidad del debate público y la toma de decisiones de la ciudadanía.

Para conocer cómo se están informando las juventudes y si realmente chequean los datos que les llegan, Hoy Día Córdoba habló con especialistas que advirtieron que la relación entre juventud y desinformación es mucho más compleja de lo que suele reflejarse en algunos diagnósticos simplificados que presentan a las nuevas generaciones como víctimas pasivas de las noticias falsas. Si bien existen riesgos específicos asociados a determinadas formas de consumo digital, también hay capacidades y conocimientos que distinguen a muchos jóvenes de otros grupos etarios.

Si hablamos de información verificada, Chequeado, la organización sin fines de lucro que se encarga de la verificación de las informaciones que circulan en el debate público, es una de las principales referencias en fact-checking de la Argentina. En diálogo con este medio,  Franco Piccato, director ejecutivo, quien también dio una charla en el Congreso de Fopea, destacó que el primer punto que debe quedar claro es que la desinformación no afecta exclusivamente a un sector de la población, sino que constituye un fenómeno transversal que atraviesa a toda la sociedad independientemente de la edad, el nivel educativo o el grado de familiaridad con la tecnología. “La desinformación no hace diferencia cuando quiere dañar. Niños, jóvenes, adultos y adultos mayores están expuestos al daño que busca generar la desinformación”, sostuvo.

“Uno de los grandes desafíos que nos proponemos desde Chequeado, en especial con jóvenes, es poder aportarles cada vez más herramientas para que pongan en juego su pensamiento crítico al momento de consumir contenidos y noticias”, agregó.

Cómo se están informando los jóvenes: entre algoritmos, IA y fake news
Franco Piccato, director ejecutivo de Chequeado.

Por su parte, Natalia Aruguete, periodista, investigadora y doctora en Comunicación Política y Estudios del Periodismo, considera que no existen pruebas suficientes para afirmar que los jóvenes sean necesariamente quienes corren más riesgos frente a la desinformación. “No estoy segura de que podamos afirmar que los jóvenes sean necesariamente el grupo más expuesto o más vulnerable a la desinformación”, señaló.

Incluso, destaca que muchas veces poseen habilidades específicas que les permiten detectar con mayor facilidad ciertos contenidos manipulados, especialmente aquellos producidos mediante inteligencia artificial. “Muchas veces tienen el ojo más entrenado que otras generaciones para detectar intervenciones realizadas con inteligencia artificial en imágenes, videos o audios, simplemente porque están más familiarizados con esos lenguajes y formatos”, explicó.

Cómo se están informando los jóvenes: entre algoritmos, IA y fake news
Natalia Aruguete, periodista e investigadora en Estudios del Periodismo.

Un consumo de información más “incidental”

La transformación más importante quizás no radique en la capacidad de distinguir entre contenidos verdaderos y falsos, sino en la forma en que las nuevas generaciones se encuentran con las noticias.

Durante décadas, gran parte del consumo informativo estuvo asociado a una búsqueda deliberada de información que siempre era ofrecida por profesionales. Las personas compraban un diario, encendían la radio para escuchar un noticiero o se sentaban frente al televisor para conocer las novedades del día. En la actualidad, la lógica funciona de manera diferente.

Según la investigadora, hay una creciente presencia del consumo incidental de noticias: “Lo que observamos es que suelen desarrollar formas de consumo más incidentales. Es decir, se encuentran con información mientras realizan otras actividades en plataformas digitales, ya sea navegar redes sociales, mirar videos o interactuar con amigos, y no porque hayan salido activamente a buscar noticias”.

Esta dinámica implica que la información ya no ocupa necesariamente un espacio diferenciado dentro de la rutina diaria. Una noticia sobre política por ejemplo puede aparecer entre videos mientras se scrollea, en publicaciones compartidas por amigos o conocidos en historias o a través de influencers que siguen. 

Aruguete observa que en muchos casos existe un menor involucramiento con la información vinculada a la actualidad política o a los asuntos públicos, aunque aclara que esto no debe confundirse automáticamente con desinterés o desconocimiento. “Eso puede generar una interacción más superficial o ligera con determinados contenidos, incluidos los falsos o engañosos. Ahora bien, no contamos con evidencia concluyente que permita afirmar que los jóvenes crean más en las fake news que otros grupos etarios”, remarcó.

Los algoritmos y las cámaras de eco

Uno de los debates más importantes de los últimos años gira en torno al funcionamiento de los algoritmos que organizan la experiencia digital de miles de millones de usuarios alrededor del mundo. Las principales plataformas utilizan sistemas automatizados que analizan permanentemente el comportamiento de cada persona para determinar qué contenidos mostrar, cuáles ocultar y cuáles priorizar en los espacios de mayor visibilidad.

Para Piccato, este mecanismo puede favorecer dinámicas que terminan fortaleciendo la circulación de información engañosa o sesgada. Sobre esto afirma: “El sesgo de confirmación es una de las armas que la desinformación utiliza y el consumo algorítmico favorece esa dinámica”.

El sesgo de confirmación es la tendencia de las personas a buscar, interpretar y recordar información que coincide con sus creencias previas, mientras prestan menos atención a aquellos datos que podrían cuestionarlas, y a su vez, los algoritmos deciden no mostrar ese tipo de contenidos. 

“Todos en el ecosistema digital estamos expuestos a contenidos que el algoritmo selecciona para mostrarnos en función de nuestros intereses. Eso crea cámaras de eco o burbujas de filtro”, explicó el referente de Chequeado.  Estas burbujas pueden reducir el contacto con opiniones diferentes y reforzar la sensación de que determinadas ideas son compartidas por una mayoría más amplia de la que realmente existe.

Sin embargo, Aruguete advierte que sería un error atribuir toda la responsabilidad a la tecnología y desconocer el papel activo que tienen los propios usuarios en la construcción de sus entornos informativos. “Las plataformas digitales tienen lógicas algorítmicas diferentes, pero comparten un objetivo central: captar y retener la atención de los usuarios durante el mayor tiempo posible. Su modelo de negocio depende de ello”, aseguró.

Las investigaciones muestran que las personas suelen sentirse más atraídas por contenidos que confirman sus posiciones políticas, culturales o ideológicas, aun cuando tengan acceso a información diversa.

“Los algoritmos funcionan muchas veces como un espejo y una amplificación de preferencias que ya existían. Más que encerrar completamente a los usuarios en una burbuja hermética, las plataformas suelen reforzar ciertas tendencias de exposición selectiva y hacer más visibles aquellos contenidos con mayor capacidad de generar interacción”, agregó la especialista.

Evitar las noticias por cansancio informativo 

Junto con la desinformación, otro fenómeno comenzó a captar la atención de investigadores y medios de comunicación: el creciente cansancio informativo que experimentan amplios sectores de la población.

La exposición permanente a conflictos políticos, crisis económicas, guerras, desastres ambientales y hechos de violencia urbana genera en muchas personas una sensación de agotamiento que termina modificando sus hábitos de consumo.

Sobre esto, Aruguete indicó que el fenómeno es cada vez más frecuente en distintos países y explicó: “Las noticias negativas tienden a generar emociones desagradables, como ansiedad, impotencia, enojo o cansancio. Cuando las personas sienten que la información las abruma o que no pueden hacer nada frente a los problemas que se presentan, muchas veces optan por desconectarse”.

Esta decisión no necesariamente implica indiferencia frente a la realidad, muchas veces funciona como una estrategia para reducir la carga emocional asociada al consumo informativo. “No se trata necesariamente de desinterés por lo que ocurre, sino de una estrategia para protegerse del agotamiento emocional que produce la exposición constante a conflictos, crisis o malas noticias”.

El desafío para los medios es que frente a este escenario, deben informar sobre problemas relevantes y cotidianos sin contribuir al desgaste emocional de sus audiencias.

IA y creadores de contenido 

Otro aspecto central para comprender la relación entre los jóvenes y la información tiene que ver con la transformación de las fuentes consideradas confiables.

Durante gran parte del siglo XX, la autoridad informativa estuvo concentrada en los medios periodísticos que funcionaban como intermediarios entre los hechos y la ciudadanía. Actualmente, ese monopolio se encuentra fragmentado por la irrupción de nuevas voces con enorme capacidad de influencia.

Piccato observa que muchos jóvenes recurren cada vez más a creadores de contenido e influencers para informarse sobre distintos temas. “Los jóvenes encuentran en la figura de creadores de contenido e influencers fuentes a las que están recurriendo para informarse, porque valoran las voces auténticas y prefieren el vínculo con personas antes que con marcas tradicionales”, explicó.

Además, los formatos utilizados por estos creadores suelen adaptarse mejor a las dinámicas de consumo contemporáneas, caracterizadas por videos cortos, transmisiones en vivo y contenidos diseñados para dispositivos móviles.

Por otro lado, la irrupción de Inteligencia Artificial Generativa agregó una nueva dimensión al problema de la desinformación por la posibilidad de crear textos, imágenes, audios y videos con apariencia realista en cuestión de segundos.  “Los chatbots pueden ser buenos co-pilotos, pero la verificación siempre debe ser de las personas”, sostuvo Piccato sobre el tema.

Por su parte, la especialista insiste en que el problema excede las capacidades técnicas de los sistemas. “La inteligencia artificial agrega un nuevo desafío porque facilita la producción masiva de contenidos verosímiles a muy bajo costo”, explicó.

Pero Aruguete considera que el verdadero riesgo aparece cuando esos contenidos circulan en contextos de fuerte polarización política o de baja confianza institucional: “La pregunta relevante no es solamente si una IA puede producir información falsa, sino qué ocurre cuando esa información circula en entornos donde las personas ya tienen predisposiciones previas, identidades políticas fuertes o desconfianza hacia determinadas fuentes”.

“La IA amplifica un problema que ya existía: la dificultad de construir consensos mínimos sobre qué información consideramos confiable”, concluyó.

En este escenario, la alfabetización mediática, la educación digital y el fortalecimiento del pensamiento crítico se convierten en herramientas claves para que las nuevas generaciones puedan desenvolverse en un entorno informativo cada vez más complejo. 

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Redacción

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