Corinthians: aquel fenómeno que sentó las bases para la vuelta a la democracia en Brasil

El club brasileño, hoy rival de Estudiantes, protagonizó en 1982 y 1983 un ejemplar modelo de auto-gestión y gobierno interno. La revolución que comandó el doctor Sócrates (crack del equipo) alcanzó a todas las áreas del club paulista

El Sport Club Corinthians Paulista, fundado en 1910, provocó una revolución que excedió los límites del fútbol. En 1982/83, su dirigencia y el plantel de jugadores cambiaron el modo de administrar el fútbol profesional. Esa forma de gobierno interno (“Democracia corinthiana”) sucedió en plena dictadura de Brasil, que estaba bajo el poder militar de João Baptista Figueiredo.
Resistieron a todos. A la prensa pro-militar de entonces, para la que Corinthians era «un rejunte de anarquistas y comunistas barbudos».
La política permitía a los jugadores poder votar para decidir el método de trabajo, desde el sistema de juego hasta la distribución del dinero. Y todos participaban en un porcentaje de la recaudación, sponsorización e ingresos televisivos, desde las figuras hasta los suplentes, además del cuerpo técnico, médicos, utileros y choferes. A la hora de votar, el sufragio de cada uno valía lo mismo: un voto. Así, por ejemplo, votaban sobre la contratación de un refuerzo o el despido de algún jugador. Se votaba dónde concentrarse y qué día viajar. También se votó a favor de la participación proporcional de los jugadores en la recaudación por la venta de entradas. El sistema se extendía a los deportistas de las distintas disciplinas y a los empleados.

Passarella y Sócrates, en el Mundial ’82

De la mano del doctor Sócrates
Uno de los que motorizó el cambio fue un verdadero crack, que jugara por muchos años en la Selección brasileña. Sócrates, “El Doctor” (era médico cirujano), cuyo nombre era Sampaio de Souza Vieira de Oliveira.
Sócrates creció en un Brasil sesgado por la dictadura militar que gobernó desde 1964 a 1985. Su padre debió quemar sus libros sobre comunismo y socialismo, y era un obsesionado por la filosofía griega: así como Sócrates, estaban sus hermanos Sófocles y Sóstenes. Y Raí —el menor de la dinastía—llegó a ser estrella del San Pablo y el PSG de los 90. Iba a llamarse Jenofonte, pero su madre Giomar evitó otro filósofo en la familia.
“Soy de una generación que no tiene información política y, además, vivimos en el miedo. Hubo personas arrestadas, torturadas y asesinadas a nuestro lado, así que me aislé. Mi proceso de conciencia fue muy gradual”, explicaba sobre sus años de crianza.
El propio Sócrates, en el libro “Democracia corintiana. La utopía en juego”, contó que “los jugadores, acostumbrados al paternalismo del ambiente del fútbol, tenían miedo de participar, y la nueva filosofía del club consistía en darle voz y voto a los jugadores; especialmente, voto. El Departamento de Fútbol informaba al plantel sobre cada medida que iba a tomar. Cualquier jugador podía presentar un tema para llevar a votación”.
Empezó a jugar en el Botafogo. Le dio prioridad a sus estudios y por eso demoró su primera venta, que fue a un grande: el Corinthians. También lo pretendía San Pablo. Cuando consiguió recibirse, además llegó la citación para el combinado verdeamarhelo que clasificó para el Mundial de 1982.
Sócrates nació en 1954 (mismo año que Alejandro Sabella, otro de los futbolistas destacados del continente en aquellos años). Y Sócrates descolló en el Mundial, cuando el 2 de julio de 1982, en Barcelona, Brasil goleó 3 a 1 a la Argentina (con Diego Maradona) y hacíamos las valijas.

La «torcida» más grande del fútbol brasileño

No fue un camino de rosas
Como era de esperar, el periodismo conservador empezó a cuestionar al Corinthians ante cada derrota sin poner en tela de juicio la forma de jugar sino atacando a la autogestión del club. Pero a pesar de los prejuicios, el club estaba organizado.
En una época de represiones, aquella forma de convivir en una institución popular se extendió a la política nacional. Los miembros del Corinthians se erigieron como uno de los brazos del movimiento civil de 1983 para las primeras elecciones a gobernador.
La «Democracia Corinthiana», con aquel joven plantel y los dirigentes, se sumó a la iniciativa Diretas Já (Directas ya), un proyecto del senador Teotonio Vilela que buscaba reformar la constitución para llegar a las elecciones directas, sin necesidad de pasar por un Colegio Electoral, que en realidad era conformado por el Congreso Nacional y que, lógicamente, era favorable a los gobiernos de facto.
Una vez, salieron a la cancha con una remera cuya leyenda fue: “Día 15. Vote”. No era lo único a lo que se atreverían sus jugadores, pues estaban presentes en actos públicos. En el ’83, miles de personas se acercaron al estadio Pacaembú no para ver un partido sino para estar en una manifestación anti-imperialista organizada por el PT (Partido de los Trabajadores) de Lula Da Silva; el trasfondo la primera marcha para pedir las elecciones directas para presidente.
“¡Directas Ya!” reclamaba que las elecciones a presidente sean abiertas al pueblo. Más de un millón y medio de personas salieron a las calles. Y Sócrates prometía: “Si la enmienda se aprueba en la Cámara de Diputados y en el Senado, no voy a dejar mi país”. Entonces, corría el rumor de que los clubes grandes de Europa lo querían contratar.

Ganador en el campo de juego
El Corinthians no defraudó en el plano futbolístico. Se llevó dos campeonatos paulistas, 1982 y 1983.
Haciendo historia, el 12 de diciembre de 1982 superó al San Pablo 3 a 1 en la final del Brasileirao, en el estadio Pacaembú (el mismo donde Estudiantes había jugado la segunda final con Palmeiras por la Libertadores 1968).
Luego, el 11 de diciembre de 1983, el «Timao» venció en semifinales a Palmeiras por 1 a 0 (gol de Sócrates) y llegó a otra final y con San Pablo. Para esa ocasión Corinthians salió al campo con una bandera: “Ganar o perder pero siempre en democracia”. Ganó 1 a 0 y dio la vuelta olímpica. Ese triunfo era, además, una provocación explícita hacia la dictadura.
Curiosamente, en esos días, en la Argentina empezaba a vivirse el embrión del futuro campeón de la Copa del Mundo de México. Era el gran equipo de Estudiantes, dirigido por el doctor Carlos Bilardo, que se alzaba con el torneo Metropolitano “Soberanía Nacional”, el 14 de febrero de 1983. Entonces, en la cabeza del presidente de la AFA Julio Grondona maduró la idea de tener a Bilardo al frente de la Selección Argentina.
Pero la movida política que tenía a Corinthians como bandera, a pesar de los esfuerzos y de un largo debate que se dio entre marzo de 1983 y abril de 1984, políticamente no alcanzaba el número de votos necesarios para convertirse en enmienda. La enmienda no se aprobó por 22 votos
Fue a partir de ese resultado vivido fuera de la cancha que Sócrates cumplió con su palabra y abandonó el país. Pasó a la Fiorentina de Italia (tuvo de compañero a Daniel Passarella). La Democracia Corinthiana se diluyó, pero el germen quedó activo en los brasileños.

Sócrates prometió que volvería al país algún día y que deseaba morir un domingo en el que el Corinthians celebrase un campeonato. Como en una película, se dio tal cual imaginaba. El domingo 4 de diciembre de 2011, antes del decisivo encuentro entre Corinthians y Palmeiras, los futbolistas del Timão y 50.000 personas hicieron un gesto en silencio, aquel del puño en alto que Sócrates acostumbraba después de meter un gol. Hubo minuto de silencio y dos horas después, el Corinthians alzaba el quinto campeonato brasileño de su historia y hacía realidad la última voluntad de Sócrates.

Quedaron sus palabras como un legado: “El fútbol es un  deporte colectivo. Cuanta más fuerza colectiva exista, cuanto mayor es la amistad, la complicidad y el compromiso colectivo, mayores son las posibilidades de vencer”.

“Nadie entenderá lo que digo, ya que nadie vive lo que yo vivo. No somos los dioses que la gente quiere que seamos. Por eso no me gusta la palabra “ídolo”. Para mí lo más importante no es ni la fama ni el dinero. No sirve de nada, que me den mucho dinero, porque solo voy a jugar bien si estoy satisfecho con las condiciones de trabajo”.

“Siento que soy especial, pero no puedo explicarlo. Le tuve miedo a esto desde chico. Siempre estuve obligado a ser el mejor hasta que fui a la Universidad. Solamente después del examen de ingreso decidí dejar de intentar ser el mejor para convertirme en el mismo que todos los demás. Quieren que el jugador solamente juegue. No puedes pensar, ni participar, nada. No puedes ir a un bar a tomar una cerveza con amigos, no puedes ir a ver un show, una película, y mucho menos tener una opinión política. Porque todos saben que el jugador tiene una tremenda influencia política. Solamente el mismo jugador no lo sabe. Y siempre podan en la raíz. Si reaccionas, pierdes tu trabajo. Y si los máximos dirigentes lo quieren, ya no juegas en ningún lado”.

Redacción

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