Para Cristóbal Abrio (32 años, Huelva), convertirse en farmacéutico no fue cumplir su sueño de niño. En realidad, cuando comenzó la carrera de Farmacia, lo hizo más atraído por la química que por la profesión que acabaría ejerciendo.
No fue hasta mitad de sus estudios que hizo clic. Hoy lleva nueve años ejerciendo la profesión y se define como “un apasionado por mejorar la calidad de vida de las personas”.
Su experiencia le ha permitido poder analizar una profesión que, según le explica a La Vanguardia, ha cambiado mucho en los últimos años. La farmacia tradicional ha ido dando paso a un modelo más profesionalizado y centrado en el paciente, en el que la digitalización tiene cada vez más importancia.
Sin embargo, también pone en evidencia las partes negativas de la profesión: “La gente dice que no queremos trabajar. Lo que habría que ver es el porqué”.
Un día entre pedidos, pacientes y “apagar fuegos”
El día a día del farmacéutico no se limita a estar detrás del mostrador. Su jornada, explica, comienza con la apertura de la farmacia y la recepción y preparación de los pedidos.
Eso sí, a la vez llegan usuarios y pacientes que atender, incidencias que resolver y tareas que gestionar. “Hay problemas, como en todos los trabajos. Yo le llamo ‘apagar fuegos’”, resume. Después llega el cierre de la caja y bajamos la persiana.

Aquí, Abrio reconoce que, aunque muchos de sus compañeros disponen de descansos, a él le cuesta desconectar y dejar de pensar en sus responsabilidades laborales.
El problema de los turnos partidos
Precisamente, los horarios son uno de los asuntos que más preocupan al farmacéutico cuando habla de la profesión: el turno partido, que sigue siendo habitual en muchas farmacias.
“Hay farmacéuticos que no quieren trabajar en una farmacia precisamente por el turno partido; prefieren conciliar con sus familias”, indica. Y sentencia: “Lo he dicho siempre, el turno partido te parte”.
Abrio recuerda que se debe garantizar que exista siempre una farmacia abierta para que la población pueda acceder a sus medicamentos cuando lo necesite.
El problema, apunta, aparece cuando esta necesidad se traduce en jornadas excesivamente prolongadas. Por eso, considera que se deberían adaptar los horarios mínimos.
“En España estamos acostumbrados a que siempre haya un establecimiento abierto, sea el que sea, desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche. Habría que aprender a consumir de otra forma para que no sea necesario que esté todo abierto a todas horas”, subraya.
Las guardias, otra dificultad
La situación se complica todavía más cuando entran en juego las guardias. En su entorno, explica, las guardias no se perciben solo como una forma de ganar más dinero a final de mes.
Considera que es una responsabilidad que, aunque necesaria, puede afectar a la vida personal de algunos profesionales. Y apunta que el problema puede ser más notable en el medio rural, donde es más difícil encontrar profesionales y algunas farmacias pequeñas no tienen capacidad para contratar a una persona exclusivamente para cubrir las guardias.
Los pacientes también cambiaron
Más allá de las condiciones laborales, la experiencia ha llevado al farmacéutico a detectar diferencias en la manera en que distintas generaciones entienden su propia salud.
Los pacientes mayores suelen acudir más preocupados por la cronicidad y por patologías como la diabetes o la hipertensión. Entre los jóvenes, en cambio, detecta un interés creciente por el fitness y por conocer los ingredientes de los productos que consumen. “Se toman más en serio comer mejor o hacer más ejercicio que los mayores”, asegura.

Y, aunque la edad no sea un factor determinante, sino que va con el perfil de persona, el farmacéutico comparte una situación, a su juicio, muy típica: “A una persona mayor le puedes decir que se tome un medicamento para el colesterol y lo hará antes que replantearse ir a un nutricionista y comer mejor”.
No esperes al último día para preparar la medicación
Entre las preocupaciones de los usuarios en verano, subraya que adquieren protagonismo los productos de protección solar y para el cuidado de la piel y que, en Huelva, se suma la preocupación por los mosquitos y el virus del Nilo.
Además, destaca otro gran problema: el del abastecimiento. “Hay medicamentos que faltan; aunque es una constante prácticamente todo el año”.
Por eso, uno de sus principales consejos tiene que ver precisamente con la planificación. Antes de un viaje, recomienda no esperar hasta el último día para hacerse con la medicación habitual o necesaria. “No lo dejes para el último día, porque puede haber alguna incidencia o que ese medicamento no esté disponible y no hay margen para solucionar el problema”, aconseja.
A pesar de las dificultades que señala, Abrio asegura que está satisfecho con la profesión que eligió. Si tuviera que volver atrás, probablemente volvería a escogerla.
En este sentido, asegura que lo que más valora no es tanto el medicamento como la relación que se establece con quien acude a la farmacia. “Yo no trabajo con medicamentos. Yo trabajo con personas y con su medicación”, resume.
Detrás de cada receta, cada consulta y cada medicamento hay una persona con unas circunstancias concretas y esa es, después de nueve años detrás del mostrador, la parte de la profesión que sigue confirmándole que merece la pena.
Anna Rodríguez Hurtado, La Vanguardia

