—Atrás de ese pino, un poco más allá. Pasando la tumba de Evita.
El que da instrucciones es un hombre que, en la mañana nublada de este miércoles, trapea el suelo de mármol blanco en el Cementerio de la Recoleta, el barrio más aristocrático de Buenos Aires. Las instrucciones son para llegar hasta la bóveda que perteneció a la familia Girado, un apellido que integra la muy acotada lista de la burguesía terrateniente argentina de los siglos XIX y XX, y que dentro de poco volverá a la vida reconvertida en una tienda de regalos y café al paso. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha publicado una licitación para la concesión de uso y “explotación de carácter oneroso” de ese espacio, pensado originalmente para albergar 12 sepulturas.
Construido en 1822 como primer cementerio público de Buenos Aires, el Cementerio de la Recoleta es una muestra de los tiempos en que el país era una potencia económica emergente y las principales familias de la ciudad competían por construir panteones esplendorosos. Hoy muchos de ellos están en ruinas, con vidrios rotos, mantillas ennegrecidas por los hongos y ataúdes expuestos. Este es el caso de la bóveda de los Girado —ubicada exactamente en la sección 17, tablón 201, sepulturas 1 a 12—, que linda con el muro que da a la calle Junín y es vecina del panteón de la familia Álzaga —otro apellido patricio—, donde descansan los restos de la célebre Felicitas Guerrero de Alzaga: la viuda más joven, rica y hermosa del país, asesinada en 1872 por un pretendiente.

Un poco más allá está la tumba donde recaló el cuerpo de Eva Perón después de un largo derrotero y también —con su obelisco y el cóndor de bronce que lo corona— la del expresidente Domingo Faustino Sarmiento, autor de una de las obras fundantes de la literatura argentina, Facundo. Por allí también se encuentran los restos del escritor Adolfo Bioy Casares, pero no los de su amigo y colega Jorge Luis Borges, que fue descubierto por la muerte en Suiza aunque había manifestado antes su deseo de descansar eternamente en el panteón de su familia en Recoleta, en el mismo predio que los “padres de la Patria”.
De acuerdo con el pliego de la licitación pública, la concesión de la bóveda —que tiene alrededor de 25 metros cuadrados de superficie— será otorgada por un plazo de cinco años y se podrá instalar allí una tienda de regalos, un local de venta de comidas y bebidas y un “área de descanso y soporte” para visitantes que contraten el nuevo servicio de turismo nocturno. A cambio, se cobrará un canon mensual de 1,6 millones de pesos (poco más de 1070 dólares), además del 20% de los ingresos brutos que se obtengan por explotar el servicio de tours nocturnos.
El café funcionará solo en modalidad para llevar, sin la posibilidad de instalar mesas o sillas y tampoco se podrá preparar comida en el lugar. Si bien la licitación dispone claramente esa posibilidad, fuentes del Gobierno porteño señalan que “no existen chances de que se entienda ese espacio como café”. “Como en otras ciudades del mundo, la Ciudad licitó un espacio para constituir un gift shop en el Cementerio de la Recoleta, y se sumará a la tendencia de ampliar la oferta cultural y de servicios como ocurre en los cementerios de Viena, Dublín, Berlín o Londres”, precisaron. Actualmente, el espacio recibe un promedio de 1.816 visitas diarias.

Más de 90 bóvedas han sido declaradas Monumento Histórico Nacional y la arquitectura del cementerio está protegida por ley, de modo que solo se permitirán tareas de restauración. En un anexo de la licitación se incluyen dos imágenes: una del estado actual de la bóveda que corresponde al “antes” y otra generada con inteligencia artificial que muestra el posible “después”. No hay alteraciones en la estructura, pero sí una nueva mano de pintura y la eliminación de las placas conmemorativas que todavía sobreviven sobre las paredes roídas del panteón: la que dedican “Al ingeniero Francisco J. Girado sus compañeros y amigos del Club de Pelota Chascomús”, fechada en 1934, y la que recuerda a Federico M. Girado, firmada por “sus compañeros del Colegio Nacional” en 1913.
La bóveda fue recientemente restituida al gobierno porteño luego de un procedimiento administrativo. Fuentes del Gobierno de la Ciudad aseguraron que estaba en condiciones de disponibilidad hace 10 años y se cumplieron todos los pasos que impone la ley mortuoria (la misma que prohíbe “toda actividad comercial, en sus diferentes formas” dentro de los cementerios), procedimiento que prevé instancias para que los titulares sean notificados y tengan la posibilidad de interponer acciones previamente. Si bien no detallaron el destino de los restos humanos, la ley indica que, si no son retirados por familiares, corresponde enviarlos al osario o al cinerario común.

Este miércoles la bóveda está cercada por unas vallas amarillas del Gobierno de la Ciudad y custodiada por cuatro hombres de seguridad que no solo se niegan a confirmar la localización de la bóveda a sus espaldas, sino que intentan despistar a periodistas que se acercan. “No puede sacar fotos y se tiene que retirar, estamos en medio de un conflicto en este momento”, explica uno de ellos. El martes, cuando los medios locales difundieron la licitación, el periodista Gabriel Levinas registró en el interior de la bóveda al menos una decena féretros. Luego, según escribió, un empleado del cementerio le comunicó que algunos habían sido movidos y le adjuntó una foto de una carretilla cargada de ataúdes.
El hombre que trapea el piso de mármol blanco de una de las bóvedas que todavía recibe el cuidado de su linaje, asegura que se armó revuelo porque “los propietarios están en contra” de la licitación. Les disgusta la idea de que en medio de un sepelio haya gente pululando con un café. “Van a hacer un reclamo. Y esta es gente importante”, advierte. Consultados por EL PAÍS, en el Gobierno porteño no precisaron si han recibido quejas formales hasta el momento.



