Del refugio del juego al depósito de chicos: el triángulo que define al fútbol infantil

El potrero ya no viene de fábrica y hoy la pasión se organiza en las escuelas de fútbol de barrio. Tres o cuatro veces por semana, cientos de chicos y chicas se calzan los botines y salen a la cancha. Pero detrás del alambrado, el panorama se complejiza y abre un debate urgente sobre el rol que cumplen estos espacios en nuestra sociedad.

¿Qué son hoy las escuelas de fútbol? Para muchos, siguen siendo el último refugio del juego puro, un espacio puramente recreativo donde la prioridad es hacer amigos, aprender a compartir y correr detrás de la pelota por el solo hecho de divertirse. Sin embargo, la sombra del “salvarnos con el pibe” asoma demasiado temprano. La obsesión por descubrir al próximo Lionel Messi o “Cuti” Romero o a la próxima joya de exportación, contamina las canchas infantiles, cargando sobre las espaldas de nenes y nenas una presión profesional que no les corresponde a su edad.

En el otro extremo, aparece otra realidad igual de fría: el club o las escuelas de fútbol utilizado como un mero depósito de chicos. Padres que los bajan del auto, los dejan dos horas en manos de un profesor o una profesora y se desentienden, buscando más una guardería que un espacio de acompañamiento. En ese triángulo entre la ilusión desmedida, el abandono sutil y las ganas legítimas de jugar, los profesores se transforman en mucho más que directores técnicos: pasan a ser psicólogos, educadores y contenciones fundamentales. El desafío queda planteado: defender el fútbol infantil como un juego o dejar que se convierta en una timba de frustraciones ajenas.

En tiempos donde la urgencia y la obsesión por el éxito inmediato parecen colonizar cada espacio de la sociedad, las escuelas de fútbol infantil resisten como verdaderos bastiones de resistencia humana y pedagógica.

Inclusión, contención y aprendizaje

Para Ramiro Regalado, licenciado en educación física y formador en el ámbito infantil, estos lugares no son simplemente espacios de entrenamiento físico, sino “espacios de contención, enseñanza y aprendizaje transversal”. Según explica el docente, la clave de su tarea diaria reside en conjugar los contenidos técnicos propios del deporte con valores fundamentales para la formación personal, promoviendo siempre “el buen trato de la pelota, la inclusión de todos los que quieran jugar a este hermoso deporte, la diversión y el respeto por el rival”. Para el profe, la premisa competitiva queda en un plano totalmente secundario: en una escuela de fútbol, asegura, el resultado del marcador de un partido de fin de semana no importa en absoluto, ya que “el resultado más importante es a fin de año, donde los chicos demuestran todo lo aprendido”.

Sin embargo, el trabajo con los niños inevitablemente implica gestionar las expectativas y ansiedades del entorno familiar, un terreno donde muchas veces se proyectan ilusiones desmedidas de salvarse económicamente a través del deporte. Al ser consultado sobre cómo maneja la recurrente situación de padres que creen tener a un futuro Messi en la familia, Ramiro es tajante al señalar que es fundamental ser sumamente transparentes y comunicarles que la decisión de dónde y cómo jugar debe ser “pura y exclusivamente de los chicos”. Aunque reconoce que en la práctica diaria a veces hay chicos que se destacan más que otros, advierte que las familias tienen que comprender que “la voluntad del jugador es lo más importante”. En ese sentido, aconseja fervientemente no presionar a los niños ni “estar atrás del alambrado gritándoles”, recordándoles permanentemente que están en una escuela de formación y no en un club tradicional, donde las lógicas y los manejos institucionales son completamente diferentes.

Del refugio del juego al depósito de chicos: el complejo triángulo que define al fútbol infantil
Ramiro Regalado y uno de sus grupos de chicos.

Esta mirada integral redefine el rol del educador físico, transformando la clase en un espacio donde la técnica y la contención emocional se funden en un mismo ejercicio. Ramiro detalla que, en su labor cotidiana, enseñar valores es un contenido transversal que se aplica en cada segundo de la práctica: desde allí se enseñan valores, se contienen las frustraciones y se felicitan los logros individuales y colectivos. Ejemplifica esta mística de trabajo con postales cotidianas que van “desde mover un arco entre 10 chicos y ver que todos cooperan para un objetivo, hasta a veces jugar con otro equipo para completar la planilla o dejarte hacer el gol por el más chiquito para transmitirle confianza”. En su escuelita, la dinámica imita la histórica mística barrial ya que “juegan los más grandes y los más chicos, como en el campito”. Mantener un grupo bajo estos principios de sana convivencia es una tarea que define como muy desgastante pero inmensamente satisfactoria, sobre todo al ver que los alumnos comprenden que “se están formando para ser buenos jugadores de fútbol y buenas personas”.

Finalmente, el formador analiza el duro contexto socioeconómico que atraviesa la actividad en Córdoba, donde la realidad del bolsillo familiar pesa mucho más que cualquier ilusión deportiva. Ramiro lamenta que el principal obstáculo que enfrentan hoy los espacios deportivos es “la falta de chicos en muchas escuelas de fútbol”, una consecuencia directa de la difícil situación económica que obliga a los padres a empezar a recortar las actividades recreativas de sus hijos. Según revela con preocupación, el fenómeno inflacionario y la pérdida del poder adquisitivo golpearon tan fuerte a los hogares que, “lamentablemente, con el mundial en curso la situación no cambió”, dejando en evidencia que ni siquiera la máxima fiesta del fútbol logra amortiguar el impacto de la crisis en el acceso al deporte de los más chicos.

Otra opinión, la misma visión

Para Pablo Kratina, exjugador de fútbol, director y profesor de escuelas infantiles, es fundamental redefinir el propósito de estos espacios de formación. Kratina sostiene que una escuela de fútbol debe ser, ante todo, “un lugar de encuentro, un lugar donde los pibes puedan sociabilizar, donde los chicos aprendan valores» y, por supuesto, adquieran herramientas futbolísticas. Respecto a la forma de enseñar, el formador es categórico al señalar que no existe otra metodología que no sea el propio juego. Así como el músico necesita tocar la guitarra o el piano para aprender, el exfutbolista insiste en que “el futbolista, si no juega a la pelota, tampoco va a aprender” por más conos que esquive o ejercicios aislados que realice en la semana.

En su visión, la esencia del deporte en la niñez está ligada exclusivamente al disfrute, algo que lamentablemente se ha ido desvirtuando en muchas instituciones. El docente observa con preocupación cómo las escuelas de fútbol actuales han cruzado una delicada barrera, pasando de la recreación a la exigencia de jugar campeonatos y ligas competitivas. Si bien no juzga las diferentes posturas de cada institución, remarca que si un chico se destaca, el camino natural es llevarlo a un club para que siga creciendo, aunque advierte que muchos clubes hoy se encuentran desbordados y con carencias de infraestructura o de formadores debidamente instruidos. En este contexto, la presión familiar se vuelve un factor de distorsión recurrente. Kratina señala que una gran mayoría de los padres cree que puede “salvarse con el hijo”, lo que genera quejas constantes ante la inclusión o exclusión de los niños en los partidos. Frente a esto, opina que la escuela debe garantizar un espacio democrático: “Este es un lugar donde todos se divierten, donde puede jugar el más malo o el más bueno y juegan el mismo tiempo”, recordó, rescatando la mística original de las escuelitas.

Del refugio del juego al depósito de chicos: el complejo triángulo que define al fútbol infantil
Pablo Kratina explicando a sus alumnos.

Esta búsqueda de volver a lo esencial implica un rol docente mucho más humano y cercano, alejado de las lógicas del fútbol profesional. Kratina define su tarea y la de sus colegas desde la humildad pedagógica: “Nosotros no somos profesores. Somos ayudadores de que los pibes puedan divertirse”, explica, detallando que la meta es que el niño pueda desenvolverse feliz jugando a la pelota en el colegio, en el barrio o en un torneo amateur. Por ello, rechaza tajantemente la presión sobre los chicos y describe con tristeza cómo en las finales de fútbol infantil se suele ver a niños llorando por la derrota, muchas veces incentivados por la frustración de sus propios padres o técnicos. Para el director, esta es una angustia artificial, ya que “a los chicos a los cinco minutos esa tristeza se les va” y se ponen a jugar con un amigo o con el celular, siendo los adultos los únicos que se quedan rumiando la bronca del resultado.

Finalmente, el formador reflexiona sobre el límite ético de su profesión, distinguiendo la vocación del negocio del fútbol. Aunque entiende que todos los profesionales cobran una cuota por su trabajo, asegura con firmeza que “el negocio no va con la vocación; la vocación es otra”. Para Kratina, enseñar en la infancia es facilitar el camino para que el día de mañana, sea o no jugador de fútbol, ese niño se convierta en una persona de bien, responsable y con el hábito del estudio incorporado. En un contexto social donde a menudo se imponen lógicas de exclusión y exitismo, el docente concluye que la reconstrucción de estos valores perdidos no es una tarea solitaria, sino una responsabilidad colectiva que involucra a maestros, tíos, amigos, padres y profesores, trabajando en conjunto para que cada pibe pueda salir adelante.

El dolor invisible que encierra a los mayores y atrapa a los adolescentes

Redacción

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