Periodista: El presidente Trump no las tiene todas consigo, pero no por ello abandona el centro de la escena. Para ser un ganador nato, suma contratiempos varios dentro y fuera del país. El Tribunal Internacional de Comercio, con sede en Nueva York, canceló los aranceles de importación de 10% que impuso bajo la sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. Irán, por su parte, no se avino a las condiciones del memorándum de 14 puntos que el presidente promovía para alcanzar un acuerdo de paz rápido.
Gordon Gekko: Las guerras continúan, digámoslo así, “pacíficamente”. La sentencia adversa del tribunal sólo rige para los demandantes específicos, dos compañías pequeñas y el Estado de Washington. Trump perdió una escaramuza, ni siquiera una batalla, y en fallo dividido, 2 a 1. La guerra comercial no ceja ni se interrumpe, aunque en perspectiva, es la crónica de una muy lenta retirada. Y la guerra en Irán también prosigue. A pesar de los espasmos de violencia, de las amenazas y las discrepancias, que son notorias, el cese de fuego oficial se mantiene.
G.G.: Comenzando por él, que fue quien empezó la guerra.
P.: Perro que ladra, no muerde.
G.G.: Sabemos que muerde. Pero hace semanas que prefiere ladrar.
P.: La tregua es frágil, pero dura. No se revoca cuando no costaría nada hacerlo. ¿Por qué?
G.G.: Por conveniencia, y por el déficit de diplomacia para revertir la situación en el estrecho de Ormuz.
P.: Digamos todo: EEUU perdió la confianza de que se puede retomar el control de Ormuz por la fuerza.
G.G.: No es imposible, desde ya. Pero sí demasiado costoso y no existe disposición de afrontar ese precio. En rigor, en los cálculos que alentaron el inicio de la guerra no se consideró el problema. Recuerde que la idea que prevaleció era la de un cambio de régimen en Irán al estilo de Venezuela. Por último, EEUU podría recuperar Ormuz, pero sostenerlo en el tiempo sería prohibitivo. Con buen tino, Trump busca una solución por otro camino.
P.: Después de todo, su arte es el de negociar y no el de conducir una guerra en serio.
G.G.: Trump es muy transaccional. Y la oportunidad de hacer un negocio rápido por la vía de las armas, ya sabe que fue un error de cálculo. La guerra se prolonga y es un pésimo negocio. Lo tiene claro desde la segunda semana del conflicto: hay que ponerle un punto final. Cuanto antes, mejor. Irán quiere lo mismo, más allá de la dificultad de conocer quién es el que tiene el poder de decisión. Pero la guerra, y el amateurismo de Trump, le permitió probar el fruto prohibido, y ahora no quiere soltarlo.
P.: No quiere soltar el control de la navegación en Ormuz, pero tampoco el programa nuclear ni el uranio altamente enriquecido.
G.G.: Ormuz es el obstáculo que no consigue doblegar. Todo lo demás se puede camuflar en el papel de un acuerdo “aceptable”. Por eso Trump quiere, pero no consigue cerrar la transacción. Su desesperación es, a la vez, el aliciente de Irán para no dejar pasar la oportunidad y sacar provecho de esta gran ocasión. El Trump que decía que se iba de la región y que el que quisiera petróleo y gas se lo comprara a él, o lo viniera a buscar por su cuenta al Golfo, era música para los oídos de Teherán. Pero solo fue un posteo en Truth Social, la oferta tampoco está disponible.
P.: En ese marco, la visita de Trump a Xi Jinping en Beijing, la primera de un presidente de los EEUU en la última década, adquiere una relevancia mayor.
G.G.: No lo dude. Los iraníes ya estuvieron allí diez días atrás. El petróleo y el gas y la urea que están bloqueados son los que China (y fundamentalmente Asia) utilizan para sostener su actividad económica. Es su futuro el que está en la picota. Y China depende de la navegación a través de una gran diversidad de estrechos para abastecerse. Es potencialmente un talón de Aquiles de su comercio. No puede aceptar el precedente que Irán quiere instalar.
P.: En ese sentido, está alineada con la posición de Trump. O debería estarlo.
G.G.: Que la visión estratégica de Trump sea confrontar con China, y que ahora requiera su ayuda, en un punto que también es una debilidad de Beijing, revela la magnitud de sus desaciertos. Pero, el hecho es que el error ya se cometió, y ahora hay que subsanarlo. Y China debe ser parte de la solución, aunque no la única parte. Una coalición multinacional lo más amplia posible debería resolver el entuerto de Ormuz como antes lo hacía, tácita y pacíficamente, el sistema multilateral que Trump se llevó por delante. Reflotar el rol de Naciones Unidas sería la pantalla más apropiada.
P.: Mientras tanto, el problema no se resuelve. Y hay una crisis de energía incubándose por detrás, aunque nos hayamos acostumbrados al barril de crudo de 100 dólares. ¿Cuánto se puede dilatar la situación y no pagar consecuencias más dolorosas?
G.G.: China cortó sus importaciones de crudo en abril. Inesperadamente. Y, junto con el aumento de los embarques desde EEUU, explican un alivio que tampoco se vaticinaba, sobre todo, en el mercado de entrega inmediata.
P.: Cuyo precio convergió a los de los futuros, y no al revés.
G.G.: Correcto. Hay todavía mucho petróleo en alta mar, EEUU puede reforzar los despachos, China reducir sus compras y echar mano a sus reservas. Pero la producción cae y la diferencia se cubre con el agotamiento de los inventarios (y la suba de precios que modera la demanda). ¿Cuánto tiempo más? No se sabe. Pero los inventarios se acaban. Y así, el aumento de precios quedará cada vez más con la responsabilidad de nivelar oferta y demanda hacia delante. Lo que vemos hasta ahora es una transición relativamente suave, mucho más que la experiencia de Ucrania en 2022, aunque el shock actual es potencialmente cuatro o cinco veces mayor.
P.: Los mercados, en el fondo, apuestan a que Ormuz se reabrirá pronto.
G.G.: Y China participa de la misma, que es el dato más interesante. Por eso optó por importar menos y consumir sus stocks.
P.: La inflación en alza es la contrapartida de esta película.
G.G.: Los precios minoristas subieron 0,6% en abril en EEUU después de trepar 0,9% en mayo. La inflación interanual se elevó a 3,8%. Nos arrimamos ya al doble de la meta anual. Y esta es la transición suave, mitigada por el decaimiento de los stocks. La inflación núcleo, la mediana y la súper-núcleo todas subieron 0,4% en abril.
P.: El problema es más serio de lo que parece.
G.G.: Pero todavía la actividad no pisó el freno. Hay sectores, como la producción de bienes de consumo en EEUU, que aceleraron su dinamismo para no quedar atrapados más adelante por la escasez de energía, los trastornos de logística y una mayor suba de precios. Los mercados, como dijimos, descuentan la reapertura de Ormuz a tiempo. Si no es así, ahí sí veremos la doble tenaza de un parate económico, o una recesión, con una inflación todavía más rápida.
P.: Lo que por cierto no está metido en las cotizaciones.
G.G.: La apuesta implícita es que la gravedad de esa situación va a proveer la presión internacional suficiente para fabricar una solución política. Es una apuesta fuerte, desde ya. Al filo de la navaja.

