‘Didion y Babitz’: cómo nació y se quebró la relación entre dos leyendas de la literatura

«¿Podrías escribir lo que escribes si no fueras tan pequeña, Joan? ¿Te dejarían hacerlo si no fueras físicamente tan inofensiva?». La frase quedó escrita en una carta mecanografiada en 1972 que nunca llegó a destino. Lili Anolik, la periodista de Vanity Fair, la toma como punto de partida para armar Didion y Babitz (Literatura Random House), un libro que no busca tanto reconstruir una amistad como tratar de entender qué pasó entre esas dos mujeres que mejor supieron codificar el ADN de Los Ángeles.

Joan Didion en 2005, en su casa de Nueva York. (AP Photo/Kathy Willens, File)

En el prólogo, la autora establece una analogía cinematográfica que marca el tono de su investigación: «Didion y Babitz es un libro sobre dos mujeres: Joan Didion y Eve Babitz. De identidades distintas e independientes, pero, al mismo tiempo, intercambiables y superpuestas».

Y enseguida aparece la referencia a Persona, de Ingmar Bergman, estrenada pocos meses antes de que ambas escritoras se conocieran, en 1967. Anolik vuelve sobre la imagen de Liv Ullmann y Bibi Andersson frente al espejo para pensar una relación hecha de fascinación, rivalidad y rechazo. “¿No crees que lo entiendo? El sueño desesperado de ser. No parecer, sino ser”, escribió Bergman en aquel guion, capturando ese abismo entre la imagen pública y la autopercepción, un espíritu de vigilancia y vértigo que sobrevuela la relación entre estas dos autoras.

Las cajas guardadas durante años en un armario de Santa Mónica y abiertas después de la muerte de Eve Babitz, en 2021, son el punto de partida del libro. Ahí aparecen diarios, cartas y papeles sueltos. Un archivo íntimo que no termina de aclarar nada: más bien abre nuevas contradicciones. Anolik trabaja ese material como si intentara reconstruir algo roto: escenas, testimonios y recuerdos que muchas veces no coinciden entre sí.

La autora no es imparcial

Desde el comienzo queda claro que la autora no es imparcial. Su relación con Babitz tiene algo de fanatismo –ella misma habla de un «abandono irracional de una fan»– y esa cercanía atraviesa buena parte del libro. Didion, en cambio, aparece más distante, casi inaccesible: «opaca, elusiva y remota». El relato se mueve todo el tiempo entre esas dos formas de mirar.

Didion y Babitz quedan convertidas en dos figuras que, aunque por momentos rozan el estereotipo, ayudan a ordenar el relato. Didion: la «Esfinge» de Sacramento, disciplinada, obsesiva con el control, capaz de volver método incluso su propia fragilidad. Babitz: la «Seductora», criada en el ambiente cultural de Los Ángeles, cómoda en el caos y con una inteligencia que desconfiaba de cualquier solemnidad. «La gente sencillamente no cree que el cotilleo sea algo serio… Yo prefiero averiguar las cosas mediante el cotilleo», decía.

Ese modo de plantarse frente al mundo aparece también en otras situaciones. En 2016, cuando Anolik le preguntó si alguna vez había sentido que los hombres se aprovechaban de ella, Babitz respondió sin vueltas: «¿Qué hombre podría aprovecharse de mí? Lo normal era que me acostara con ellos antes de que tuvieran ocasión de aprovecharse».

Cuando Eve Babitz publicó El otro Hollywood en 1972, la solapa del libro incluía una frase que resumía bastante bien el personaje que el mundo cultural había construido alrededor suyo: «En la vida de todo hombre joven hay una Eve Babitz. Por lo general, se trata de Eve». Babitz era muchas cosas al mismo tiempo: la ahijada de Igor Stravinsky, la mujer retratada desnuda jugando al ajedrez con Marcel Duchamp, la inspiración detrás de L.A. Woman de The Doors y una de las grandes figuras del imaginario californiano de los años en que parecía que el exceso no iba a terminar nunca.

El libro encuentra uno de sus centros en 7406 Franklin Avenue. La casa funciona como punto de encuentro de una escena donde se mezclan música, literatura y cine. Por ahí pasaron nombres que después se volverían legendarios. Un joven Harrison Ford hace arreglos en la casa; Jim Morrison aparece y desaparece entre fiestas y excesos. Didion lo describía como un «misionero del sexo apocalíptico». Babitz, en cambio, lo veía más bien tímido, incluso torpe.

Para Anolik, la escena de Franklin Avenue tuvo para estas dos mujeres «la misma explosiva vitalidad que tuvo para Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald la escena del café Les Deux Magots de París». Ahí aparece otra de las hipótesis del texto: Los Ángeles ya no como periferia cultural sino como un lugar capaz de producir su propia mitología literaria.

Joan Didion. Archivo Clarín.

Ese mundo, que parece expandirse sin límites, está marcado por la oscuridad. El asesinato, en el verano de 1969, de Sharon Tate, de su hijo nonato y de los invitados a manos de seguidores del clan de Charles Manson atraviesa el libro como una sombra persistente. Didion lo describió años después: «Los sesenta no se acabaron verdaderamente para mí hasta enero de 1971, cuando dejé la casa de Franklin Avenue».

Trabajo con las voces

Hay también un trabajo insistente con las voces. Anolik entrevistó a Babitz durante años, en conversaciones irregulares: a veces largas charlas; otras, respuestas mínimas. A eso suma testimonios de gente que orbitó alrededor de ese universo –Bret Easton Ellis, Steve Martin, Courtney Love–. No todo coincide y eso, justamente, es una de las cosas más interesantes del libro: Anolik nunca termina de ordenar del todo la relación entre ellas.

En varios momentos aparece otro tema que atraviesa la historia sin volverse central: el cuerpo. Didion, asociada a una forma extrema de control, incluso físico –»no permitía que la carne se adhiriera a su cuerpo»–. Babitz, en cambio, estuvo más expuesta a la mirada ajena y a comentarios crueles. Mick Jagger llegó a rechazarla «por estar gorda».

Incluso un error editorial termina funcionando como símbolo del libro. Una edición británica de Play It As It Lays (Según venga el juego, novela de Didion que expone la decadencia de la sociedad estadounidense en la década de los años sesenta) utilizó en la portada la célebre foto de Babitz jugando al ajedrez con Duchamp. La imagen parecía mezclarlas deliberadamente, como si las dos hubieran terminado convertidas en una misma postal de California.

“Cómo llevaron la muerte es casi tan revelador como la manera en que llevaron la vida”, señala Anolik. Ambas fallecieron con apenas seis días de diferencia en diciembre de 2021. Eve por complicaciones de Huntington; Joan por el Parkinson. El adiós a Didion fue una ceremonia solemne en la catedral de San Juan el Divino; el de Babitz, un encuentro alegre donde se recordó, entre risas, que tenía “las tetas más grandes de la escuela”.

Joan Didion en 2005, en su casa de Nueva York. (AP Photo/Kathy Willens, File)

Tras la muerte de Joan, un tuit se hizo viral sugiriendo que la escritora había vivido una semana más solo para sobrevivir oficialmente a su rival. Lili Anolik, sin embargo, prefiere otra lectura: Didion no intentaba sobrevivir a Eve, sino reunirse con ella. “Al final, ambas estaban solas de una manera esencial y profunda. Eran, en secreto, lo más parecido a una hermana, una cómplice o un alma gemela”.

Anolik nunca logra definir del todo qué las unía. Y probablemente ahí esté lo mejor del libro.

Didion y Babitz, de Lili Anolik (Literatura Random House)

Redacción

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