«El abandono de las personas constituye un delito»

¿Quién cuida a nuestros viejos?: el caso de la mujer de Candelaria que salió a la calle a pedir ayuda expuso una realidad silenciosa sobre abandono, derechos y desprotección en la vejez. “En primer lugar, el cuidado y la protección de los derechos de las personas mayores están a cargo de la familia”, señaló Alejandro Miravet en una entrevista con Plural. Explicó que esa responsabilidad recae inicialmente en quienes conviven con la persona mayor, como la pareja o los hijos, y, en caso de que viva sola, la obligación legal alcanza a los parientes directos, especialmente a los descendientes. También recordó que esta obligación no responde únicamente a un mandato moral sino que está expresamente contemplada en la legislación argentina y su incumplimiento puede configurar el delito de abandono de persona.

Martes 12 de mayo de 2026. El especialista en gerontología social Alejandro Miravet advirtió que el abandono de las personas constituye un delito, al tiempo que cuestionó la naturalización de la invisibilidad de los adultos mayores y reclamó una transformación cultural y legal para garantizar una vejez digna. Plural, programa periodístico de Canal 4 Posadas, abordó el tema a partir del rescate de una mujer de 88 años que salió a pedir comida a la calle, la semana pasada en Candelaria, y puso en primer plano una pregunta que atraviesa a miles de familias: quién asume el cuidado de las personas mayores.
La imagen de una mujer deambulando por las calles de Candelaria, con dificultades para caminar y pidiendo comida, sacudió a Misiones y trascendió rápidamente a medios de todo el país. Vecinos alertaron a la Policía y al sistema de salud. La mujer fue trasladada a un centro asistencial, recibió atención médica, logró recuperarse y este lunes regresó a su hogar. El episodio dejó al descubierto esa pregunta incómoda y urgente: quién cuida a las personas mayores cuando pierden autonomía y dependen de otros para sostener su vida cotidiana.
Para el especialista en temas de vejez Alejandro Miravet, el caso constituye mucho más que un hecho aislado. Se trata de una expresión visible de una problemática estructural que combina responsabilidades familiares incumplidas, ausencia estatal y una cultura que empuja a los adultos mayores hacia la invisibilidad.
“En primer lugar, el cuidado y la protección de los derechos de las personas mayores están a cargo de la familia”, señaló en una entrevista con Plural. Explicó que esa responsabilidad recae inicialmente en quienes conviven con la persona mayor, como la pareja o los hijos, y, en caso de que viva sola, la obligación legal alcanza a los parientes directos, especialmente a los descendientes.
Miravet subrayó que esta obligación no responde únicamente a un mandato moral. Está expresamente contemplada en la legislación argentina y su incumplimiento puede configurar el delito de abandono de persona.
Según explicó, este hecho de Candelaria presenta características compatibles con esa figura penal, dado que una hija habría tenido a su cargo el cuidado de la mujer, que en realidad estaba sola. “Un caso de abandono de persona puede derivar en penas de uno a diez años de prisión, según la gravedad de las consecuencias”, advirtió.
El señalamiento pone de relieve un aspecto poco conocido: el cuidado de los padres y abuelos no constituye una opción librada a la buena voluntad familiar, sino una obligación legal cuyo incumplimiento puede acarrear sanciones penales.

Jerarquía constitucional y escasa aplicación
Miravet recordó que en 2022 Argentina otorgó jerarquía constitucional a la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, un instrumento internacional que establece estándares específicos para proteger a este sector de la población.
La decisión obliga a la Nación, las provincias y los municipios a adecuar sus normas y políticas públicas a los principios de la Convención. Sin embargo, sostuvo que esa adaptación todavía no se concretó de manera efectiva.
“Los Estados están en deuda”, afirmó. “Seguimos trabajando con códigos y prácticas desactualizadas frente a un marco jurídico que reconoce y amplía derechos”.
Lejos de reducirse al plano legal, Miravet planteó que el principal desafío es cultural, a partir de la paradoja de envejecer y perder visibilidad.
“Parece que a medida que uno envejece pierde derechos. En realidad los gana, pero muchas veces no los ejercemos ni los defendemos”, sostuvo.
Según su análisis, la sociedad instala la idea de que las personas mayores deben retirarse silenciosamente del espacio público, dejar de producir, de amar, de trabajar y de decidir sobre sus propias vidas.
“Terminamos siendo lo que la sociedad quiere que seamos y no lo que realmente queremos ser”, resumió.
Uno de los puntos más contundentes de la entrevista se centró en los hogares y residencias de larga estadía. Miravet denunció que numerosos adultos mayores institucionalizados ven restringidos derechos básicos, como el sufragio y la sexualidad.
“Las personas privadas de libertad tienen derecho a votar y a recibir visitas íntimas. Muchos adultos mayores en residencias no votan y tampoco pueden ejercer su vida afectiva y sexual”, comparó.
Recordó que el voto para mayores de 70 años es optativo, no obligatorio, pero continúa siendo un derecho plenamente vigente. Por esa razón, presentó hace más de tres años un planteo ante la Justicia Electoral Federal para promover mecanismos que permitan votar a quienes viven en instituciones geriátricas.

La longevidad cambió el mapa social
Miravet explicó que muchas de las estructuras familiares, previsionales y asistenciales fueron diseñadas para una sociedad en la que las personas vivían considerablemente menos.
Cuando se consolidó el sistema jubilatorio, la expectativa de vida posterior al retiro se extendía apenas entre diez y doce años. Hoy, en cambio, puede superar las tres décadas.
Ese cambio demográfico alteró por completo la organización social y familiar. “Tenemos personas de 75, 80 y 90 años que están bien y siguen teniendo capacidad para producir, decidir y aportar”, remarcó.
En ciudades como Posadas, la presencia de personas mayores en actividades laborales se volvió cada vez más frecuente. Pero en ese sentido distinguió dos realidades. Por un lado, muchos continúan trabajando porque la jubilación no alcanza para cubrir sus necesidades. Por otro, existe un enorme capital de experiencia y conocimiento que podría integrarse de manera productiva junto con la energía y las capacidades tecnológicas de las nuevas generaciones.
“Esa combinación puede generar una simbiosis muy valiosa para producir bienes y servicios”, afirmó.

Pensar la vejez desde la juventud
El especialista insiste desde hace tres décadas en la necesidad de incorporar una “mirada gerontológica” desde edades tempranas.
“No hay otra alternativa a la vejez que la muerte”, expresó con crudeza. Desde esa perspectiva, envejecer no representa un fracaso ni una etapa marginal, sino un proceso natural, inevitable y profundamente diverso.
“Nadie envejece igual que otro. Cada vejez está atravesada por una historia, valores, creencias y experiencias únicas”.
en la charla, también resumió su propuesta en una frase que sintetiza toda su militancia: “Los años vienen solos; lo que debemos hacer es darles vida”. Ese objetivo requiere hábitos saludables, vínculos sociales activos, integración comunitaria y el ejercicio pleno de los derechos ciudadanos.
Además, dijo, exige revisar prejuicios arraigados que asocian la vejez con inutilidad, dependencia o decadencia. “La palabra viejo no debería ser un insulto. Al contrario, es bueno ser viejo”, sostuvo.
El desafío de una sociedad que también envejece: el caso de Candelaria mostró la cara más extrema de una problemática que atraviesa a toda la sociedad. La población vive más años, las estructuras familiares cambiaron y el Estado todavía no adapta sus políticas a esta nueva realidad.
Mientras tanto, miles de personas mayores enfrentan situaciones de soledad, dependencia y vulneración de derechos en un contexto donde el cuidado continúa recayendo casi exclusivamente sobre las familias.
La pregunta que dejó el rescate de la mujer de 88 años sigue abierta y adquiere una dimensión colectiva: quién cuida hoy a nuestros viejos y, sobre todo, cómo queremos que nos cuiden cuando lleguemos a esa etapa de la vida.

Redacción

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