Despertás un día cualquiera, en tus 30. Es una mañana normal, hasta que el espejo te devuelve algo nuevo: una línea finísima en la piel, una sombra distinta bajo los ojos. Te detenés unos segundos más de lo habitual y, sin querer, aparece la incomodidad. Te duchás, te mirás otra vez y notás que tu cuerpo ya no es exactamente el de los 20. Entonces, pensás en posibles soluciones que alguna vez escuchaste: ¿electrodos?, ¿drenaje linfático?, ¿bótox?, ¿ácido hialurónico?
La inquietud o la desesperación que provoca notar el paso del tiempo en el cuerpo son reales. Pero, ¿por qué? Envejecer es un proceso natural, inevitable y, de algún modo, hermoso: el cuerpo cambia, acumula historia, se transforma con lo vivido. Sin embargo, la cultura predominante nos enseña a leer esos signos no como marcas de vida, sino como señales de pérdida.
Aunque el envejecimiento lleva consigo ciertas nostalgias, lo que inquieta no es el paso del tiempo en sí, sino el mandato de resistirlo. Intentar borrar las huellas del tiempo en lugar de entenderlas como parte de nuestra identidad. Guadalupe Sosa, psicóloga especializada en terapias basadas en evidencia y trastornos de la conducta alimentaria, explica que la cultura de la juventud eterna y la industria estética sostienen el miedo a envejecer, convirtiéndolo al final en un negocio.
Son varios los factores que se juegan en el miedo al envejecimiento. Sosa explica que, así como culturalmente le damos mucho valor a la juventud y la productividad propia de ese momento de la vida, la vejez carga con la asociación a todo lo opuesto. “Desde la infancia nos enseñan que el cuerpo tiene que mantenerse joven, delgado, sin marcas del tiempo, y esto nos desconecta de la idea de que el envejecimiento es un proceso natural y compartido por todos”, señala la psicóloga.
Percepciones y género
Como en otros fenómenos, el género también cuenta. Sosa marca que las presiones estéticas son distintas para hombres y mujeres: “Culturalmente, el envejecimiento masculino está más asociado con autoridad, madurez, experiencia y éxito, mientras que el femenino se vincula con la pérdida del sex appeal, el descuido y la invisibilización”.
Gianni Sabbione es músico y cuenta que eligió realizarse un implante capilar “más que nada por una cuestión escénica”. “Vi que me estaba quedando con poco pelo y que no me quedaba bien raparme. Lo hice por decisión propia, sin sentirme presionado”, asegura. Su testimonio muestra cómo, en el caso de los hombres, las intervenciones quizás responden más a deseos personales que a exigencias sociales, que sin embargo siempre pesan. Y es que muchas veces los signos de la madurez masculina incluso se presentan en sociedad como rasgos atractivos: las canas, las arrugas alrededor de los ojos o la barba se perciben como marcas de experiencia, de vida ganada.
El caso de las mujeres suele ser bastante diferente. Gimena Farina, conocida en redes como Cowachas, es una trabajadora e influencer que decidió dejarse las canas por practicidad, después de años tiñéndose. Pero notó que esa decisión incomoda: “Veo en algunas personas preocupación o hasta en un punto enfado porque no tengas ninguna intención de querer verte más joven”.
Aunque abraza el cambio de imagen que viene con los años, Gimena entiende que cada mujer puede tomar la decisión que desee en cuanto a su imagen, siempre y cuando sea desde la consciencia. “Que esas elecciones –explica– sean a partir del conocimiento y no de la ignorancia de un montón de cosas donde nos convierten en usuarias y consumidoras de todo un mercado que se beneficia, justamente, de esta apropiación cultural”.
Redes sociales y estándares inalcanzables
Es imposible ignorar el rol fundamental de las redes en la percepción de la imagen corporal. Las presiones comienzan cada vez más temprano y es común ver a personas que se presentan como médicos estéticos recomendar en Instagram y TikTok el “bótox preventivo” a partir de los 20 años.
Ornella Valentina Gatti, dermocosmiatra, cuenta que sus pacientes llegan al consultorio con expectativas que a veces pueden resultar irreales, y que observa mucho la comparación con figuras de las redes. “Trato de explicarles lo que podemos mejorar, pero siempre teniendo en cuenta la realidad y nunca prometiendo resultados imposibles”, señala.
Quizás, el desafío no sea vencer al tiempo, sino reconciliarnos con él. Aceptar que envejecer no es perder, sino seguir transformándonos. Que las arrugas no son fallas, sino memoria. Y, como sostiene Sosa, “que el cuerpo cambia porque está vivo”. Tal vez, la verdadera belleza esté en animarse a habitarlo, con todo lo que el paso del tiempo deja en él.



