Ante el estancamiento económico y las dificultades de gestión, el Ejecutivo vuelve a echar mano al viejo recurso del chivo expiatorio. El relato falaz que busca responsabilizar al movimiento feminista por problemáticas estructurales.
Cada vez que los números de la economía o los indicadores sociales muestran fisuras difíciles de disimular, el discurso oficial activa un mecanismo automático: recurrir a los enemigos preferidos de su batalla cultural. En el tablero retórico del oficialismo, los «pañuelitos verdes» y el movimiento feminista reaparecen con una insistencia casi obsesiva como la causa originaria de males diversos, desde el descenso en la natalidad hasta el deterioro del tejido social.
El procedimiento recurre al clásico nexo falaz. Se toma un fenómeno complejo y multicausal —como la transformación en la curva demográfica o las dinámicas laborales contemporáneas— y se le asigna una explicación reduccionista y lineal, culpando a las conquistas de derechos conseguidas en las calles en los últimos años. La evidencia y las estadísticas muestran un escenario muy distinto: la caída en los índices de natalidad, por caso, responde a tendencias sociodemográficas globales que se vienen registrando desde hace años en toda la región, mucho antes de las discusiones legislativas más recientes.
Sin embargo, el rigor de los datos poco importa cuando la prioridad es construir un enemigo a medida. En un contexto marcado por el ajuste en áreas sensibles y la pérdida del poder adquisitivo, señalar con el dedo al feminismo o a la agenda de géneros cumple una función política precisa: canalizar el malestar, segmentar a la opinión pública y ofrecer un chivo expiatorio cómodo.
No se trata de un exabrupto ni de una improvisación discursiva. La fijación del Presidente con la marea verde busca reponer una polarización identitaria ahí donde los problemas concretos de la vida cotidiana demandan respuestas estatales. En la disputa por la narrativa, responsabilizar a las luchas colectivas del pasado reciente sigue siendo el atajo preferido para evitar dar explicaciones sobre las urgencias del presente.



