La historia nos muestra millares de ejemplos de gobernantes o militares que debieron adoptar resoluciones fundamentales para sus países en tiempos de paz o de guerra. Si el desenlace fue adverso, pasaron a la posteridad como ejemplos de lo que no se debe hacer; si tuvieron éxito, quedaron inmortalizados como genios o audaces líderes.
El fútbol no escapa a esa misma lógica implacable. Y en este escenario, la máxima responsabilidad recae en los dirigentes, quienes tomaron la decisión de contratar a Marcelo Bielsa.
Se puede disentir rotundamente con su ideología política, cuestionar sus actitudes con el entorno, sus eventuales faltas de educación en el trato cotidiano a colaboradores o con la prensa. Sin embargo, hay que reconocerle una obsesión incuestionable por el trabajo, una búsqueda constante por mejorar y la honestidad intelectual de hacerse cargo de cada uno de sus fracasos (como ocurrió en 2002 con Argentina y en 2026 con Uruguay).
Aun así, la pregunta de fondo flotaba en el aire: ¿Era el técnico indicado para el momento de Uruguay post eliminación de la copa 2022? La dirigencia asumió ese riesgo y hoy debe asumir las consecuencias.
Una nómina discutible y el peso de la nostalgia
A Bielsa se le podían reprochar cuestiones tácticas a priori, pero sobre todo la confección de la lista. En un torneo donde la regla exige llevar tres arqueros, resulta incomprensible haber viajado con apenas tres delanteros. Sin embargo, la realidad de la materia prima es insoslayable: objetivamente, no había mejores jugadores en el medio local o internacional para citar.
Uruguay, al haber sido un grande en el pasado, convive desde hace décadas con el peligroso arte de vivir de la nostalgia. Insistir desde la prensa o el reclamo popular con nombres como Luis Suárez era aferrarse al pasado cuando el físico ya no le daba para la alta competencia de una Copa del Mundo. Del mismo modo, resulta insostenible la decisión de llevar a Fernando Muslera (un arquero sin minutos en las Eliminatorias) a afrontar semejante compromiso.
Falta de contundencia y fallas individuales
A pesar de las críticas al estilo, Uruguay no quedó eliminado por un dominio avasallante de sus rivales. De hecho, frente a España, la Celeste llegó con más peligro y claridad de lo que lo hizo la propia Argentina en la final del mundial. Pero la ineficacia arriba y los fallos individuales abajo sepultaron cualquier aspiración.
Muslera pagó cara su inclusión, reeditando una zaga de errores que arrastra desde Sudáfrica 2010 (ante Alemania), Rusia 2018 (Francia) y que en 2026 tuvo sus capítulos fatales ante Cabo Verde y España (donde un remate cruzado le costó el gol y terminó pidiendo el cambio en el entretiempo). Uruguay quedó fuera, en gran medida, por errores puntuales de sus futbolistas en momentos determinantes.
El “veneno” de la generación de 2010 y las internas
Fuera de la cancha, el clima tampoco ayudó. Es para reprochar abiertamente la actitud de varios referentes de la generación de 2010, quienes desde la previa y durante todo el Mundial no hicieron más que tirar veneno en los medios y en el entorno de la Selección. Esas opiniones desmedidas, sumadas a las actitudes de ciertos jugadores del plantel actual que hicieron tambalear la autoridad del director técnico en momentos críticos, terminaron por minar la estabilidad de la delegación.
Se olvida con facilidad la escala real del país: Uruguay tiene poco más de tres millones de habitantes, acumula 76 años sin salir campeón del mundo a nivel mayor y cuenta con una historia llena de ausencias mundialistas. La estabilidad que logró el proceso de Tabárez se ve amenazada cada vez que el ego de las glorias pasadas pretende marcar la agenda del presente.
El futuro: la peligrosa receta de apostar a los ídolos
El horizonte cercano tampoco transmite tranquilidad. La conducción dirigencial parece tropezar de nuevo con la misma piedra al recurrir a la figura de Diego Forlán para el banco de suplentes.
Se repite un error conceptual frecuente en las dirigencias sudamericanas: asumir que un ídolo de la época de jugador tiene automáticamente las credenciales para ser un técnico o un dirigente probo.
El paso de Forlán por Peñarol demostró que la chapa de referente no garantiza gestión ni lectura táctica desde la raya de cal.
Salvo que la experiencia lo transforme, la dirigencia vuelve a apostar al golpe de efecto mediático antes que, a un proyecto sustentable, dejando abierta la puerta para que la historia reciente de tropiezos vuelva a repetirse.
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