Por Redacción Vive CABA
La reciente reflexión de Sandra Russo sobre el nonsense no es solo una curiosidad literaria; es una cartografía de la Argentina actual. Al igual que Alicia al caer por el agujero del conejo, la sociedad argentina parece haber aterrizado en un escenario donde las leyes de la lógica, la economía y la empatía han sido invertidas. En este «país de las maravillas» de la nueva derecha, el ajuste es libertad, el desmantelamiento del Estado es progreso y el insulto es la forma más alta de diplomacia.

La construcción de una realidad paralela
El eje central de la derecha contemporánea, encarnada hoy en el gobierno, no es solo la aplicación de un programa económico ortodoxo, sino la destrucción del sentido común. El «sinsentido» funciona como una técnica de gobernanza: se emiten declaraciones contradictorias, se niegan datos estadísticos evidentes y se crean enemigos imaginarios para desviar la atención de lo tangible.
Cuando se habla de un «superávit» fiscal a costa de la parálisis total de la obra pública y el hambre de los jubilados, estamos ante una metáfora del Sombrerero Loco. Es un éxito contable que habita en un vacío social; un número que brilla en una planilla de Excel mientras las calles de la Ciudad y el Conurbano muestran una realidad de persianas bajas y comedores desbordados.
El asalto a lo público y la mística del individuo
La crítica a la derecha actual debe centrarse en su capacidad para mercantilizar hasta los deseos más profundos. Bajo la bandera del individualismo extremo, se intenta convencer al ciudadano de que cualquier forma de organización colectiva —desde un sindicato hasta un club de barrio o la universidad pública— es un obstáculo para su «desarrollo».
En la Ciudad de Buenos Aires, este modelo se siente con especial rigor. La gentrificación, el aumento desmedido de los alquileres y la priorización de los negocios inmobiliarios por sobre los espacios verdes son la traducción urbana de este pensamiento. La derecha no ve ciudadanos; ve unidades de consumo. El espacio público, que debería ser el lugar del encuentro, se convierte en un terreno de disputa donde el que no puede pagar, queda afuera.
La crueldad como política de Estado
Quizás el punto más alarmante del «sinsentido» actual es la reivindicación de la crueldad. Ya no se trata solo de gestionar mal; se trata de celebrar el dolor del «otro» (el trabajador estatal despedido, el artista sin subsidio, el científico desprestigiado). Esta narrativa busca romper los lazos de solidaridad básicos que sostienen a una nación.
Como planteaba Russo, el peligro de vivir en el nonsense es que, si se habita en él lo suficiente, uno termina olvidando que las cosas pueden ser de otra manera. La tarea del periodismo y de medios como Vive CABA es, precisamente, restaurar ese sentido: recordar que detrás de cada metáfora presidencial hay una familia que no llega a fin de mes y que no hay libertad posible sin justicia social.
Conclusión: Salir del espejo
Desarmar el discurso de la derecha requiere más que solo indignación; requiere volver a la lógica. Exigir que las palabras vuelvan a significar lo que significan. Si el ajuste duele, no es «saneamiento»; si el Estado se retira de la salud y la educación, no es «eficiencia», es abandono.
Es momento de dejar de mirar el espectáculo de la política a través del espejo deformante que nos proponen y empezar a reconstruir una realidad donde el bienestar común vuelva a ser el eje de la discusión pública.



