Por Jorge Benigno Gómez*
Desde Misiones vemos con preocupación que bajo el discurso de la “modernización” y la reforma laboral, avanza un fenómeno que ya no se limita a las zonas limítrofes: el despojo de derechos básicos que convierte al trabajador en un sobreviviente.
La lógica de la precariedad
Durante décadas, en el ámbito socio-laboral del MERCOSUR, la palabra Paraguay evocaba una dinámica concreta: la del trabajo informal y las maquiladoras. Un país con una economía concentrada, buenas reservas, escasa clase media y empleo sin protección. Jornadas interminables, ausencia de seguridad social, trabajo infantil y precariedad aceptada como destino. Todo esto además con el discurso que el paraguayo o la paraguaya es aguerrida y trabaja de cualquier modo.
Hoy, esa realidad —denominada paraguayización del trabajo— dejó de ser una excepción geográfica en ciudades como Encarnación o Ciudad del Este, para transformarse en una amenaza estructural que se expande en el MERCOSUR y por toda la Argentina. Con el agregado de que, en Argentina, se votó por ese modelo, resignando el sistema de derechos y protecciones sociales.
La paradoja sindical
Aquí aparece una paradoja que venimos observando desde hace más de veinte años en nuestras investigaciones sobre relaciones laborales fronterizas, primero en la triple frontera y luego en todo el MERCOSUR. En cada seminario, encuentro y debate, se pondera el sistema sindical argentino: su capacidad de organización, la protección previsional y social, la cobertura de salud y, sobre todo, el sistema de obras sociales, único en la región por su capacidad de atender enfermedades complejas de trabajadoras y trabajadores.
Mientras la clase trabajadora reconoce y defiende este modelo, los gobiernos avanzan hacia esquemas de desprotección. Es la paradoja de la paraguayización: se admira el sistema argentino, pero se lo desmantela en nombre de la “modernización”.
La frontera ya está en tu vereda
La apertura irrestricta de importaciones y la desregulación impulsada por el gobierno nacional trasladaron las “mesitas” de la informalidad a las calles argentinas. La pérdida de más de 280.000 empleos formales y el cierre de 20.000 empresas entre 2023 y 2025 no son solo cifras: son el espacio que ocupa la precariedad.
La frontera dejó de ser un límite geográfico para convertirse en una condición social. La precariedad se normaliza y adopta nuevos nombres: uberización y control algorítmico.
Uberización: la falsa autonomía
Miles de jóvenes y migrantes ingresan a la economía gig bajo la promesa de ser “su propio jefe”. Pero esa jefatura es ilusoria: lo que se presenta como independencia es, en realidad, un empleo sin contrato, sin protección y sin garantías. La plataforma se apropia de tus bienes —la bicicleta, la moto, el celular— y de tu tiempo, mientras te convence de que la precariedad es libertad.
La supuesta flexibilidad se convierte en una cadena invisible: un algoritmo decide cuánto ganás, qué pedidos aceptás y cuándo trabajás. La presión digital exige disponibilidad permanente, como si la vida entera debiera estar subordinada a la lógica de la aplicación.
El riesgo es completamente individual. Si el trabajador se enferma, sufre un accidente o simplemente no puede conectarse, la plataforma desaparece: no hay obra social, no hay seguro, no hay indemnización.
La “guerra legal” contra los derechos
El actual gobierno argentino sostiene que fue votado para imponer este modelo de despojo de derechos y la reforma laboral argentina de 2026 cristaliza esta guerra legal. Bajo la Ley de Modernización Laboral N° 27.802:
- Indemnizaciones recortadas: se excluyen aguinaldo, vacaciones y extras del cálculo.
- Topes salariales: el monto no puede superar tres veces el promedio del convenio.
- Fin de la ultraactividad sindical: convenios vencidos dejan de tener vigencia automática.
- Digitalización sin garantías: recibos electrónicos y notificaciones digitales que facilitan el control empresarial.
- Fondo de Asistencia Laboral: socializa el costo del despido, pero abarata la salida de trabajadores.
Lo que se presenta como “modernización” es, en realidad, un retroceso al siglo XIX: un trabajador sin red, sin estabilidad y sin voz.
¿Hay salida?
El Observatorio de Trabajo Decente de UNICOM MERCOSUR advierte: la resistencia no basta, se necesita una propuesta colectiva. No se trata de rechazar la tecnología, sino de humanizarla.
El desafío es pasar de la indignación a la organización. Construir una agenda que garantice que el trabajo digno no sea un privilegio, sino un derecho universal, y que ese modelo sea ratificado en las urnas. La paraguayización, la uberización y el control algorítmico sin límites no deben ser nuestro futuro. El futuro debe ser el del trabajo decente, con seguridad social y voz propia.
*Cocoordinador del Observatorio de Trabajo Decente (OTRAF-UNaM-UNICOM)



